“Barcos de papel” – Capítulo 01 d

4. Los niños que nunca fracasaban.

Tres meses después, el sacerdote se presentó en la escuela a última hora de la tarde. Por su forma de mirar, noté que hablaba de mí con el maestro. Supongo que le diría que no era un niño demasiado travieso y que tenía buena memoria, porque, al mes siguiente, recibimos una carta diciendo que me habían admitido en el colegio de los jesuitas de Buenavista, un pueblo a sesenta kilómetros del mío.

La última tarde que pasé en el pueblo no me dejaron salir de casa; vinieron a despedirme algunos familiares y, aunque mi madre les decía que en el internado no necesitaría dinero, me dieron unas monedas. Mi abuelo hablaba muy bien de los internados. Decía que eran campos de adiestramiento, donde algunos niños captaban, con gran facilidad, cosas muy importantes que los niños rodeados de comodidades nunca lograban aprender. Como la mayoría de gente, en aquel tiempo, creía en las palabras del refrán famoso: «La letra, con sangre entra». Por eso, pensaba que los niños moldeados en la rigidez de los internados eran capaces de conquistar el mundo.

En su opinión, triunfar era el resultado incuestionable de un tiempo dedicado al estudio y a la educación. A una dura etapa de formación, seguía el éxito como la consecuencia del trabajo y del esfuerzo. Algo parecido a esas series de números que se suceden según un orden lógico. No tenía en cuenta las variables personales ni la importancia del azar; no sabía que cualquier decisión tomada a la ligera influye en nuestra vida de manera irreversible; ni sabía ‑y si alguien se lo hubiera dicho, no lo habría creído‑ que el carácter de los niños se forja en el ambiente familiar, con un trato amable y comprensivo. De esta forma, se consigue una personalidad fuerte y vigorosa.

Es cierto que algunos de mis compañeros lograron grandes metas en la vida, pero otros quedamos marcados para siempre.

Cogidos de la mano y envueltos en una fría neblina de febrero, recorrimos de madrugada las calles de mi pueblo. Recuerdo que los zapatos me hacían daño, pero no dije una palabra. Después de cinco horas de viaje, llegamos a las puertas del colegio, un antiguo caserón, húmedo y sombrío, a las afueras de Buenavista. Yo era muy poca cosa: un niño que había vivido pegado a las faldas de su madre, enclenque y delgadito, que presentía lo que me esperaba. No entendía el significado de las palabras “interno” e “internado”. Pensaba que la palabra correcta sería linterno y que se trataría de alguna cosa relacionada con linterna, palabra que me sonaba más, porque mi abuelo tenía una para bajar a la bodega, cuando se iba la luz.

Mi madre tiró de la cadena que había junto a la verja de hierro de la entrada, sonó la campana y nos abrió una mujer menuda y vivaracha: Yolanda. Enseguida llegó también un sacerdote, alto y serio, que, después de saludar a mi madre, se dirigió a mí.

—¿Cómo te llamas?

—Alberto Ruiz Alonso, para servir a Dios y a usted.

—¡Hombre! ¿Quién te ha dicho que respondas así?

—Mi madre —contesté, bajando la cabeza—.

—Muy bien. Yo soy el padre Velasco y espero que seamos buenos amigos.

—Sí señor.

Sabía que aquella mañana me quedaba solo. Esta vez no era otra burla de mi madre para asustarme, como cuando bajaba la maleta de encima del armario, se ponía los zapatos de tacón, y me decía que se marchaba a Madrid porque me había portado mal. Yo me ponía de rodillas, llorando, y le prometía que, en adelante, me portaría bien. Nunca he sentido tanta angustia como cuando hacía aquellas escenas, ni he llorado con tanto desconsuelo. A los siete años, nadie puede entender que su madre lo pueda abandonar.

Después de unos minutos hablando en voz baja, mi madre y el cura se miraron en silencio y, por sus miradas, adiviné que había llegado el momento. Ella me cogió la cara entre sus manos y me dijo:

—Alberto, hijo mío, tienes que ser fuerte. Sé que esto será muy duro para ti, pero el día de mañana me lo agradecerás. Prométeme que serás bueno y obediente. ¿Quieres darme un beso?

—Y yo, ¿no me voy? —le dije, mirándola a los ojos y bajando la cabeza—.

—Pobrecillo mío. Tú te quedas aquí para hacerte un hombre de verdad. Pero puedes estar seguro de que vendré a verte siempre que pueda. Déjame que te abrace.

—¿Y si me pongo enfermo…? —dije, colgado de su cuello—.

Fue un beso triste, como son los besos que preceden a la separación. Parece que la estoy viendo, vestida de negro, con aquella expresión de tristeza que helaba el alma, mientras hacía esfuerzos para disimular sus ganas de llorar.

Alguien dijo que morimos un poco en cada despedida y he pasado gran parte de la vida despidiéndome. Ya no siento la pena. Cuando es profundo, el dolor seca los sentimientos. La vi desaparecer tras la verja, sin volver la cabeza. Los dos sabíamos que pasaría mucho tiempo hasta que nos volviéramos a ver. Allí terminaba una etapa de mi vida y empezaba otra muy difícil. ¡Qué duro resulta hacerse hombre!

 

roan82@gmail.com

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