Recuerdos de la SAFA – 50: El Padre Prefecto (III)

Recuerdos de la SAFA – 50: El Padre Prefecto (III)

Había un momento en que el P. Prefecto levitaba: la lectura pública de notas al final de las evaluaciones trimestrales. Sentado en el centro de la mesa, desde lo más alto de la tarima, flanqueado por el tutor seglar y el cura inspector del grupo,  con todos los alumnos sentados inmóviles en los pupitres, el P. Prefecto procedía a la lectura de notas.

Uno por uno éramos citados y mientras el interfecto permanecía de pie en posición de firmes le leía el boletín, con especial atención a las notas de Conducta. Si no tenías suspensos y las notas de comportamiento no bajaban del ocho, te miraba y musitaba un “Bien” desganado. Pero si suspendías alguna te reprendía con severidad, diciendo que no merecías el puesto que ocupabas y que había muchos niños que estaban fuera y querrían entrar.  Pero si las notas eran malas en comportamiento el cielo caía sobre tu cabeza y un Zeus tronitronante descargaba sobre ti: un dos en conducta podía mandarte en ese momento a tu casa. Raro era el que soportaba el chubasco sin que sus ojos se anegaran de lágrimas.

Mi compañero de pupitre este primer año de colegio, un chico de una pedanía de Peal de Becerro, literalmente sincopaba en estos actos. Siempre estaba asustado pero en momentos como éste estaba al borde del colapso nervioso. Cada día, cuando entrábamos en la clase y el profesor de turno, tras rezar la jaculatoria oportuna, decía “Podéis sentaros” ya empezaba su martirio. Lo mismo daba que el profesor colgase un mapa de España con ríos y cordilleras o que escribiera en la pizarra un problema de quebrados o que iniciase un dictado. Yo notaba cómo se refugiaba en sí mismo, como si éso le salvase del martirio. Cuando empezaba la clase se hacía un silencio absoluto y todos nosotros, con los codos sobre el pupitre y la mirada baja, esperábamos a que el profesor nos fuera preguntando la lección de aquel día. El profesor abría un pequeño bloc con tapas azules y nos miraba, uno a uno, como tratando de adivinar los que habían estudiado y los que estaban in albis, como decía él. Mi compañero paseaba la vista por las paredes y por el techo y me miraba de reojo, y en su rostro se reflejaba el miedo y la tristeza del que no se ha aprendido la lección y teme que le pregunten.

A cada pregunta del profesor había quien levantaba la mano y decía su respuesta. Si el profesor se sentía satisfecho por la misma, sonreía y hacía anotaciones a lápiz en el pequeño bloc de pastas azules. Si no le satisfacía o el preguntado se quedaba en silencio, le soltaba algún comentario negativo o sarcástico, le ordenaba sentarse y anotaba con más ímpetu en su bloc azul con un lápiz rojo grandote.

Mi compañero nunca levantaba la mano. De cuando en cuando sonreía tímidamente para disimular y esperaba impaciente el final de la clase. Si por malaventura el profesor le preguntaba nunca contestaba, permanecía con la cabeza baja y lloraba en silencio. El profesor entonces se enfadaba y le decía que era un vago, que no estudiaba y que si seguía así le expulsarían del colegio. Yo trataba de consolarle pero era tarea estéril, porque no cejaba en su desconsuelo.

Supe que mi compañero no podía evitar llorar calladamente porque cuando se despidió de sus padres le dijeron que a ver si era capaz de hacerse un hombre de provecho y que si le echaban del colegio ya sabía lo que le esperaba en el campo. Desde entonces estaba en un permanente estado de ansiedad. Para él era muy difícil ser un buen alumno y hacerse un hombre de provecho, como nos exigían los curas. Se ponía a estudiar Matemáticas o Geografía y siempre tropezaba con problemas que no sabía resolver; o listas de sierras, de golfos o de ríos que era incapaz de aprender de memoria. Algunas noches, mientras dormíamos el resto de los compañeros él se levantaba y sigilosamente se iba a los lavabos donde se pasaba horas estudiando. Sus resultados apenas mejoraban.

A menudo pedía a los compañeros más preparados que le ayudaran a solucionar algún ejercicio, pero teníamos que tener cuidado porque estaba prohibido hablar en tiempo de estudio. Sabía que si le sorprendían preguntando le pondrían mala nota en conducta y en aplicación, y al que le respondiera, lo mismo. A veces hacíamos sus tareas en los recreos sentados en el pretil del campo de deportes o bajo los porches si llovía.

Cuando escribía a su casa siempre decía que en el colegio le trataban muy bien, que estaba muy contento, que aprendía mucho y que tenía muchos amigos. No era verdad, pero no quería que sus padres se preocuparan ni que quien les leyera sus cartas, pues los dos eran analfabetos, se enterase de su tortura.

Tras la habitual lectura trimestral de notas, tras la sonora reprimenda del P. Prefecto, mi compañero, acongojado, con el rostro abotargado de tanto llorar y con unos hipidos que no le dejaban respirar, pedía permiso para ir al baño. Yo también pedí autorización para acompañarle y nos quedamos allí todo el resto de la hora. Ese día ni comía pues su desconsuelo le impedía tragar bocado.

A final de curso, vi a sus padres esperándole en la explanada para ir juntos a la estación de autobuses. El Prefecto los había llamado a su despacho y ya había hablado con ellos. Con un porte humildísimo se mantuvieron al margen, pegados a la garita del portero, mientras algunos compañeros nos despedíamos de él. No tenía apenas palabras, solo una mirada larga y tristísima mientras sostenía su maleta de cartón amarrada con una guita. Al año siguiente, no volvió al colegio. No volví a saber de él.

Recuerdos de la SAFA – 48: El Padre Prefecto (I)

Recuerdos de la SAFA – 49: El Padre Prefecto (II)

 

Autor: José Luis Rodríguez Sánchez

Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de Magisterio de la SAFA de Úbeda (AAMSU)

5 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 50: El Padre Prefecto (III)”

  1. Tristísimo y con mal final lo que nos has relatado en este capítulo; pero real como la vida misma; y más en aquellos oscuros años…
    Seguiré leyéndote y enterándome de tantas cosas a las que no tuve acceso por ser externo y más joven. Sigo muy interesado…
    Un abrazo, José Luis.

  2. Cuando en las notas aparecía un suspenso, se enmarcaba con un círculo rojo. Digo el pecado, no el pecador. Preguntado un hijo por su padre, el por qué de ese círculo rojo alrededor del suspenso, la contestación fue harto ingeniosa: papa, es que esa es la asignatura más importante.

  3. Muy bien escrito y muy emotivo. Reflejas fielmente la situación anímica de tantos de nosotros cuya alternativa de futuro hubiera sido bastante complicada. Yo también tengo anécdotas, relacionadas con el P. Navarrete, de una desconsideración y desprecio que te helaban el alma. Magníficos reportajes los que nos regalas. Un abrazo.

  4. No puedo añadir nada a lo que los tres compañeros han escrito. Siendo positivo, me alegro de que unos eventos tan duros de nuestra formación, de nuestra juventud aparezcan por escrito. Tengo que decir que nada de esto se escribió en la antigua web, mucho más almibarada. Es bueno que estas cosas se sepan; pueden enseñar algo a las generaciones más jóvenes y mostrar a todos la parte que no se repetirá en la educación de los chicos. En esencia, todo se debió a una larguísima postguerra que nunca parecía acabar, a la pobreza, a la escasez de oportunidades que eran administradas por gente sin preparación, sin caridad y sin merecimientos.

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