Recuerdos de la SAFA – 49: El Padre Prefecto (II)

Recuerdos de la SAFA – 49: El P. Prefecto (II)

Al revés que con nosotros, a quienes nos infundía un pánico cerval, el P. Prefecto era mucho más tolerante con los mayores, los de la Primera División. Les permitía cosas inimaginables para nosotros, les ayudaba en muchas de sus actividades, y hasta les levantaba castigos a cambio de una severa perorata en su despacho, que estaba en el distribuidor a la derecha, justo antes de la puerta de salida a la explanada.

El P. Prefecto con alumnos, en la explanada de talleres, un domingo de 1961

El padre Prefecto era un hombre joven, de poco más de 30 años, recién ordenado pero muy seguro de sí mismo, lo que sorprendía dada su edad y su inexperiencia. Con el tiempo aún me sigo preguntando cómo el Rector le confió tamaña responsabilidad, saltándose a otros muchos curas más duchos y solventes.

Sólo verle ante tí te imponía: alto, fuerte, activo, andando a grandes zancadas mientras revoloteaban las faldas de su sotana. Siempre parecía saber qué hacer o a dónde ir. Las pocas veces que le vimos sonreir, sus incisivos superiores montados uno sobre el otro de daban una vis cómica, que relajaba el susto que su autoridad producía y que le hizo ganarse algún que otro mote, que no reproduzco por no citarme a mí mismo. Pretendía ejercer una especia de paternidad venerable, que le llevaba a generar lo mismo genialidades que caprichos, que todo el mundo teníamos que aguantar estoicamente.

De izda a dcha: El Director del Grupo Escolar, el P. Prefecto, el P. Rector y el Director de la Escuela de Magisterio. En el centro, de gala y emplumado, el Sr. Ministro.

Al padre Prefecto, al parecer de origen humilde de un pequeño pueblo de la vega malagueña, le seducían las formas sociales, el cuidado personal, la elegancia en lo externo, las buenas formas; en una palabra: sentía fascinación por el aparato y la ostentación. Detestaba los pantalones vaqueros, los pelos largos, las patillas pobladas y las zapatillas de deporte.

Ya estando en Magisterio me reprendió en el patio de columnas por llevar puestas las botas blancas que nos daban a los miembros del equipo de baloncesto, y me dijo que antes toleraba unas botas envejecidas que “esas cosas”; porque las primeras eran propias de trabajadores y lo segundo un capricho.

Tampoco se cortaba un pelo en revisarnos el atuendo a la hora de salir los domingos, incluso el lustre de nuestros zapatos. Era un hombre que exigía para nosotros “brillo y nivel social”. En 1º de Oficialía, a mi amigo el feo lo mandó de vuelta al dormitorio a cambiarse de calzado, que por cierto no tenía, con lo que yo me volví con él y le presté mis botas, tras lustrarlas y empaparlas de Kanfor, con lo que más o menos pasaron la revista.

Edificio de aulas de Oficialía

Cercano el final de ese curso, el P. Prefecto me llamó a su despacho. Eso podía ser cualquier cosa, pero desde luego, nada bueno. Temblando, caminé a lo largo del pasillo de aulas, crucé el distribuidor y me dirigí al pasillo de despachos de la derecha. Toqué con pánico la puerta, y al oír “¡Pasa!” abrí una rendija y musité: “¿Da usted su permiso, Padre?”. De pie ante su mesa esperé un rato, porque estaba mirando unos libros de arte, a los que era muy aficionado. Pude reconocer una lámina doble de Goya, porque era la portada de un libro de F.E.N., y otro de un pintor que entonces no reconocí (luego descubrí que era Rafael). Tenía puesto un disco de música clásica en el tocadiscos, pero encima de un montón de LPs vi uno de Paul Anka… Vaya batiburrillo, pensé. Levantó la vista y me indicó un sillón de madera y cuero ante él. Fue al grano sin cortarse un pelo: el Padre Espiritual que nos había dirigido los Ejercicios Espirituales le había comentado que yo había demostrado interés y creía que ahí podría haber una vocación. Recordé a ese cura y la insistencia que mostró en el tercer día de ejercicios sobre si yo había sentido la llamada divina. Recuerdo que no le dije ni sí ni no, temeroso de meter la pata de una forma u otra. Pero eso de que el Prefecto te prepare la plaza en el seminario ya era demasiado, así que con la vista baja y tartamudeando le dije que nada de nada, y que eso de coger los hábitos ni se me había pasado por el magín. Se me quedó mirando, me dijo que lo pensara bien, que una oportunidad como esa no se presenta más que una vez en la vida, y sin insistir mucho ante mi nueva negativa, me despidió diciendo “ya hablaremos”. Y hasta hoy.

El P. Prefecto. Sevilla 2000

Muchos años después de salir de la SAFA, en una reunión de profesores en Sevilla, coincidí con un jesuita que ejerció en Úbeda y que abandonó la orden y los hábitos. Al comentarle que entre mis recuerdos destacaba el miedo que pasábamos todos ante la hipótesis de que el Prefecto nos pillase en un renuncio y que lo teníamos por un ser terrible, me dijo que el mismo Navarrete estaba convencido de que desarrollaba un mandato divino, el de elevar nuestro nivel cultural y social y salvar nuestras almas, y que buena muestra de ello era el hecho de dirigir un colegio con dos mil alumnos y un centenar de profesores sin más bagaje previo que su fe y su entrega. No me convenció el argumento, pero desde luego explicaba la solemnidad pomposa de que se rodeaba.

El Padre Prefecto tenía una elevadísima opinión de sí mismo, lo que le llevaba a tener serias discrepancias con sus hermanos en la fe y con los profesores, muchos de los cuales le minusvaloraban por su escasa preparación y andamiaje intelectual. Pero nada de esto le arredraba, y seguía pontificando a diestro y siniestro sin cortarse un pelo.

Salón de Actos y aulas de Oficialía

Muestra de esto fue la anécdota acaecida con la conferencia del P. De Sobrino, un jesuita aún joven, de aspecto distinguido y con un don de palabra extraordinario, que terminaba de llegar a España procedente de Estados Unidos.

“¿Cómo que de dónde? Pues de América. ¿De dónde van a ser los Estados Unidos? Y a ver si no interrumpimos, que es una falta de educación”.

P. de Sobrino

En el salón de actos, sobre el escenario, se instaló una gran mesa, desde donde el ilustre invitado nos dirigiría la palabra. A su derecha, el padre Bermudo, Rector del colegio; y a su izquierda, el padre Prefecto de Estudios y Disciplina. El resto de religiosos ocupaba las sillas del público, como nosotros.

Cuando el Rector presentó al ilustre visitante, fue leyendo su larga lista de libros y titulaciones académicas: doctor en Filosofía, en Teología, en Teodicea, en Metafísica, en Ontología, y ¡doctor en Filología! Nosotros creíamos que los doctores lo eran en Medicina, mire usted por dónde…

Una vez presentado, el padre De Sobrino comenzó a disertar sobre un sinfín de asuntos interesantísimos, con ese lenguaje claro, ameno y sencillo con el que hablan los sabios.

Más de dos horas nos tuvo boquiabiertos, comentando la forma de comer de los americanos, el efecto de la música en las vacas de las granjas, los ruidos que hacen los coches, la festividad del Día de Acción de Gracias, curiosidades sobre actores y actrices, la técnica utilizada para separar las aguas del Mar Rojo en Los Diez Mandamientos y cómo, en América, un Cadillac multiplicaba su valor si llevaba la firma ‑¡en oro!‑ de una estrella del celuloide, como Kirk Douglas o Marilyn Monroe. De paso aprendimos que en americano Cadillac se decía /kodilak/, Douglas, /daglas/ y Marilyn Monroe, /merlin monrou/. Asombrados nos tenía…

Al finalizar, nos invitó a preguntarle sobre otras cuestiones que pudieran interesarnos. Se levantaron un sinfín de manos.

P. Prefecto 1967

El padre Prefecto, siempre seguro de sí mismo, había estado observando todo el tiempo con cierta pelusilla. Al empezar el coloquio, tras una pregunta de un alumno de la Primera División a la que el orador respondía pausadamente, el Prefecto se armó de valor, decidió que había llegado el momento de intervenir y, saltándose las más elementales normas de cortesía, cortó en seco al conferenciante para aclararnos que:

– «Lo que el padre De Sobrino quiere decir…», y siguió largando a su leal saber y entender.

¡Una interrupción genial y un patinazo de antología! Las caras del Rector y la del P. De Sobrino eran todo un poema.

Durante años fue la comidilla de toda la SAFA, incluidos curas y profesores, la indiscreción del Prefecto y su increíble audacia para corregir, en público, a un ilustrísimo Doctor en Filología y muchas cosas más,  elocuente orador en varios idiomas. El Padre Prefecto de Estudios y Disciplina era así.

(Continuará…)

Recuerdos de la SAFA – 48: El Padre Prefecto (I)

Recuerdos de la SAFA – 50: El Padre Prefecto (III)

 

 

 

Autor: José Luis Rodríguez Sánchez

Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de Magisterio de la SAFA de Úbeda (AAMSU)

3 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 49: El Padre Prefecto (II)”

  1. Un respeto, José Luis; no era el P. Sobrino, sino el P. DE Sobrino; de Sobrino Merello, primo de Rafael Alberti Merello, ni más ni menos. La escena que tú cuentas, con de Sobrino contándonos batallitas de los EEUU, me parece estar viéndola ahora mismo. A mí, de Sobrino me pareció un personaje muy arrogante, pagado de sí mismo, que venía a ilustrarnos (i.e., chulearnos) a nosotros, tan inferiores y tan poca cosa, sobre las maravillas de los EEUU donde él había vivido (creo que llegó a ser agregado cultural de la embajada española en Washington, D,C. y, se dice, confesor de Sofía Loren). Y sí, nos contó anécdotas de Kerk Daglas, Merlin Monrou y otros. De Sobrino volvió al colegio alguna vez más; recuerdo cuando vino al presentarnos, como buen spoiler, la peli Vencedores y Vencidos, tal vez en 1963. De Sobrino fue provincial de la Bética entre 1961 y 1967 y, digo yo, que tuvo que tener algún papel en el nombramiento de Navarrete Loriguillo para un cargo para el que, este, no estaba mínimamente preparado.
    Por lo demás, respecto a Navarrete me reservo un comentario para tu próxima entrega sobre el personaje. Versará sin duda sobre el pavor y rechazo que siempre me causaron las personas que tienen la potestad, ellas solas, de desgraciar las vidas de tantos.
    Gracias por tu crónica.

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