Empaticemos

Leí que el nobel de literatura Orhan Pamuk decía que, para contar verdaderas historias, para escribir una buena novela, hay que sentir “compasión” por los personajes. Bueno, no pretendo corregir a todo un premio nobel, pero tal vez quiso decir “empatía” (o no se le tradujo bien el sentido de sus palabras). Porque una cosa no lleva a la otra obligatoriamente y tampoco el autor ha de sentir compasión alguna por según qué personajes; es como si al escribir sobre Hitler (por un suponer) uno sienta compasión por él y no por sus víctimas.

Que la empatía es otra cosa, debiera ser evidente. Porque la empatía nos lleva hacia el otro, tratando de conectarnos con él; nos pone “en el lugar de…” para bien o para mal. Y así, por el bien o por el mal del otro, podremos tenerle simpatía, afecto e incluso amor; o antipatía, desprecio u odio.

La empatía nos lleva a comprender (lo que no obliga a aceptar o a rechazar automáticamente).

Ahora, en los tiempos que corremos, trato de ejercitarme en empatía. Así, creo, podré entender lo que sucede y así formular mis juicios. Sí, de acuerdo, la cosa es imperfecta, nadie me puede asegurar (ni lo pretendo) que este ejercicio no tenga sus fallos, siendo el primero el de falta de información o de datos; pero creo que es, dentro de lo que tenemos, lo más aceptable para posicionarse ante el mundo.

Encuentro, por el contrario, que, en gran número de personas, este sentido de la empatía no es ya que no se ejerza, es que ni se tiene. Pues, si no, ¿cómo explicar tanto desafuero, tanto acto criminal, tanto engaño, tanto disparate o tanto ejercicio del descrédito ante lo que se siente como contrario a lo nuestro? El posicionarse en el lugar del otro debe serles realmente muy difícil o penoso.

Y yo, en cambio, los comprendo.

Comprendo a ese desgraciado, salido del fondo de los tiempos y de su miseria; a ese don nadie que va a provechando todos los resortes que encuentra para trepar y salir del fango y olvidarse de inmediato de su procedencia, machacando con ahínco a los que quedaron abajo. Es mera depredación.

Muchos de esos son los que hoy están en política o en puestos directivos y ejecutivos de empresas, con la mera intención de exprimir el sistema en su beneficio, arrimados, eso sí, a los que siempre estuvieron ahí arriba. Hinchados estamos de conocer casos y más casos, de esos denominados “de corrupción”, que no dejan de ser consecuencia clarísima de lo que vengo en exponer. Aquí, en Almería (donde circunstancialmente recalo), leo sobre lo que se denomina “caso del Poniente” y donde, entre otros, está implicado el ex alcalde de El Ejido, señor Enciso, ya procesado y expulsado de esa alcaldía, pero al que se le dio cargo directivo en una empresa de tratamiento de los plásticos y otros servicios, y al que se le ve en una fotografía, dándose la gran mariscada ¡en París!; y ríase usted de lo que se vio a los sindicalistas sevillanos (a los que, por cierto, se les sigue recordando como si hubiesen sido los únicos).

Yo los comprendo, de veras, a Enciso y demás ralea; me pongo en su pellejo y es que me saliva la boca. Los de arriba también parecen entenderlos (y comprenderlos); pero, puestos a comprender, ¿por qué no comprenden ni entienden a los de abajo?; ¿por qué no se ponen en el lugar del que cobra el salario mínimo?; ¿en el del que se queda sin ayuda alguna?; ¿en el de que no ve horizonte laboral?; ¿en el de…? ¡Hay tantos casos en los que deberían situarse para entenderlos y, consecuentemente, obrar en su dirección, que ya es reiterativo el ir desgranándolos una vez más!

¿Tanto cuesta la empatía?; ¿tanto cuesta, en definitiva, ser humanos? Un «Ande yo caliente y ríase la gente» tiene sentido como regla de bajo vuelo, de andar por casa; pero, para los asuntos que conciernen a miles, si no millones, de ciudadanos, ¿puedo lanzar un «¡Que se jodan!» o un «Si tu hija no puede estudiar, que no estudie» y seguir tan campante?

Sí, me pongo en el lugar de ellos; pero ellos no se ponen en mi lugar (ni creen que les hace falta). Y así van las cosas.

Cuando escribo, pienso en las personas que se sienten como yo y, aunque no lo pretenda realmente, creo que hay quienes entienden, comprenden y se adhieren a lo que en mis escritos expongo. Escribir para los demás (y no solo para satisfacer la egolatría personal o al clan familiar) es bueno y necesario. En mis novelas (no publicadas o a medias), trato de situarme en los diversos papeles asignados, porque, si no es así, pobremente podría hacer creíbles a esos personajes; mas no quiere decir que les tenga a algunos compasión, aunque sí respeto por lo que son o por lo que representan. Quizás alguno sale de ese fondo turbio que todos tenemos, de inconfesables apetencias, de oscuros sentimientos; pero no por ello, aunque lo empatice, me sería menos odioso. Y se riza el rizo: odiándolos se odia uno mismo.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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