El tintero olvidado

(A mi padre)

Hace más de cincuenta años, los niños utilizábamos tinteros y plumas metálicas para escribir; no es como ahora, que usan preciosos bolígrafos de colores capaces de ilustrar cuadernos maravillosos.

Un tintero era un pequeño frasco, lleno de tinta, en el que se mojaba continuamente con una plumilla que se introducía en un palo largo y redondo, llamado «palillero».

Me parece que fue mi tía María, que era también mi madrina, quien me había comprado aquel tintero, de marca Pelikan, que era el que mejor tinta contenía de todos los que se vendían en las papelerías.

Era por mayo del año 1954 cuando los maestros me seleccionaron para realizar un examen muy importante, aunque, si digo la verdad, no sabía bien cual era su finalidad. El caso es que don Antonio López, mi maestro, se empeñó en elegirme como uno de los alumnos que habrían de representar al Colegio de Linares. Y a pesar de ser el niño más pequeño de todos los que nos presentábamos, se ve que don Antonio tenía mucha confianza en que pudiera hacer un buen papel.

Creo que ni mis padres sabían que ese día por la mañana temprano habría de realizar un examen extraordinario, que no tenía nada que ver con los otros exámenes normales que hacía en mi clase de sexto curso.

Después de desayunar mi vaso de leche y mi pan con aceite y azúcar, me dirigí al colegio.

Allí, en aquel salón enorme que destinaron para el examen, nos mantuvieron más de hora y media. Ahora recuerdo que no sólo fueron preguntas de aritmética, geografía o catecismo, sino también unas cuestiones especiales, que se llamaban test y servían para medir la inteligencia o la memoria, según oí a algún maestro.

Cuando terminó la sesión, nos mandaron al recreo; pero yo, que me creía que el examen había terminado, me fui a casa, a contarle a mis padres lo que había tenido que hacer. A mi casa se tardaba más de cinco minutos en llegar, pero yo fui corriendo, de tan nervioso como iba. Cuando llegué, mi madre y mi tía intentaron averiguar lo que había hecho, aunque yo no tenía muy claro lo que me habían preguntado, pues eran preguntas que no solía hacerlas don Antonio. Mas, de pronto, echaron en falta el tintero, que era nuevo y había costado sus buenas pesetas, y me dijeron que volviera al colegio para recogerlo.

Cuando llegué al colegio, me pasé enseguida por el salón de actos y allí había varios maestros que me apremiaban a reemprender el examen. Entonces supe que éste no había terminado, sino que había un descanso que coincidía con el recreo. Al acercarme al pupitre que ocupaba antes, comprobé que el tintero y el palillero con su plumilla corona seguían en el mismo sitio, como esperándome a que los recogiese. Ellos, el tintero y el palillero, sí parecían saber que las pruebas no habían acabado y permanecían en su sitio descansando, como tomando fuerzas para ayudarme a terminar bien la siguiente sesión.

Por fin, terminó definitivamente el examen y me marché a casa, esta vez con el tintero nuevo de marca Pelikan y mi palillero con la plumilla corona en la cartera.

Al acabar el curso, mis padres, mi hermano y yo marchamos de vacaciones a Valencia, donde teníamos mucha familia; y, al volver, una enigmática carta nos estaba esperando. En ella se decía que el niño fulanito de tal (ése era yo con mis nombres y apellidos) había aprobado aquel examen de hacía dos meses y era seleccionado para ingresar en la Escuela de Magisterio de la Sagrada Familia de Úbeda.

No fue fácil para mis padres tomar la determinación de enviarme a aquel internado, pues, aparte de otras consideraciones que en otra ocasión expondré, la economía de la casa no era muy boyante y difícilmente se podría reunir el dinero necesario para comprarme todas las cosas que se exigían como dote para ingresar en el colegio. Finalmente, mi padre pidió un préstamo en la fábrica donde trabajaba, que se lo concedieron enseguida por tratarse de un colegio religioso.

Y así comenzó un camino inesperado para mí al que contribuyó, sin duda alguna, el olvido de un tintero de marca Pelikan.

No queremos dar importancia al destino, pero estoy convencido de que éste nos reserva muchas sorpresas en la vida. En ocasiones, pienso que el destino juega con las personas como si éstas fuesen muñecos a los que les coloca unas cuerdas invisibles que va moviendo, moviendo, a veces suavemente, en otras con violencia, hasta acoplarlas según sus deseos, recordándome aquellas marionetas que veíamos en los teatrillos de la feria del pueblo.

El destino jugó conmigo un extraordinario papel, puesto que, de no haber ido a recoger mi tintero de tinta Pelikan, no hubiera terminado el examen y no habría podido ingresar en el colegio de Úbeda. ¿Qué hubiera sucedido entonces? Nadie lo sabe, pero no es fácil deducir que, aunque fuera de momento, mis estudios se hubiesen truncado y, posiblemente, la vida hubiese tomado una orientación completamente distinta, más dura e incierta de lo que fue después. Pero, aún pensando así, no sabremos nunca lo que el destino nos hubiese deparado. Quizás, quizás… hubiese sido más generoso; quizás, quizás… se hubiese comportado más cicatero; pero eso queda guardado en el arca misteriosa, donde se archiva el destino de cada persona.

Valencia, diciembre de 2007.

 

jafarevalo@gmail.com

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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