“Los pinares de la sierra”, 166

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- La visita de la abeja reina.

Aquella mujer era la sofisticación de la belleza y un inmenso placer para la vista. Los nuevos, sobre todo, se la comían con los ojos. Todos los días no se conoce a una mujer que se mueva con tanta elegancia y naturalidad. Rendidos a su atractivo, centraron en ella todas las miradas, encendieron algunos cigarrillos para aliviar la tensión y tomaron unos tragos de cerveza.

―Seré muy breve, queridos compañeros: agradezco al señor Portela que me haya invitado a estar hoy entre vosotros, por quienes siento tanta admiración. En ocasiones, me he planteado subirme al autocar para conocer los secretos de esta profesión, reservada a personas con especial capacidad de lucha y entusiasmo. Me gustaría deciros algo que no sepáis: algún truco, una fórmula mágica; pero no los hay. Para vender solo se necesita la ilusión de un niño y la fuerza de un adulto. ¿Estáis de acuerdo? El deseo debe ser superior a cualquier conocimiento que os pretendan enseñar. Por lo tanto, no permitáis que os roben vuestros sueños y no dejéis que nadie se alegre de vuestros fracasos. Solo eso. ¿Verdad que he sido breve?

Algunos, que esperaban tomarse a broma sus palabras, pensando que diría cuatro frases de cortesía, al ver la cara de atención de Roderas y los veteranos, cambiaron de actitud para escuchar con atención el resto del discurso.

―¿Por qué me miráis de esa forma? ―dijo soltando una sonora carcajada―. Ya he terminado; solo me queda deciros un par de cosas para finalizar: la primera es que el domingo subirán a la finca tres autocares, y espero que comprendáis el esfuerzo de la empresa; y la segunda, que –al final del trimestre– ganéis el mayor premio en efectivo que jamás se haya entregado en Edén Park. Muchas gracias a todos.

Y cruzó las piernas con un movimiento, picante y atrevido, que los dejó sin habla. Nunca, hasta entonces, un gesto como aquel les había parecido tan sexi, tan deliciosamente sensual, tan provocador. Sus piernas, fuertes y poderosas; las rodillas y aquellos zapatos de tacón…, fue una imagen sensual e insinuante, con una extraordinaria carga erótica. Con toda la cuadrilla puesta en pie, sonó una atronadora ovación que interrumpió Martini, pidiendo la palabra para una original intervención.

―Gracias, señorita Méler. Su agradable presencia llena de luz este sótano tan cochambroso y poco acogedor. Muchas gracias por su presencia. Permítame que le diga que las abejas obreras estamos deslumbradas ante la belleza de nuestra reina.

Esta vez no solo hubo aplausos, sino alboroto, bullicio, griterío y jolgorio. Martina se tapó la cara con las dos manos en un intento muy femenino de ocultar su sonrojo. Paco pidió silencio, agradeció a Martini sus palabras y, aprovechando que el ambiente se había relajado, tras las intervenciones, invitó a los vendedores con más experiencia a que explicaran alguna anécdota interesante.

Todos recordaron alguno de esos momentos mágicos, que se cuentan con la satisfacción con la que se describen los sentimientos de un amor lejano. Roderas desveló el truco de los cupones y aseguró que lo había intentado sin éxito con un colega, durante cuatro meses, hasta que el otro perdió la fe y se alejó de él.

―Cuando dijo que me dejaba, ¿sabéis qué hice? En vez de rendirme, busqué un nuevo socio y dos semanas después Mercader y yo acertamos el cupón. Así es la vida. Ganamos cien mil pesetas y el otro nada.

Los nuevos lo escuchaban como un oráculo, como si les contara historias de ficción, pero aquello era una realidad tan cierta que Mercader no dejaba de reír al recordarla. Excepto Eduardo Villa y Fidel Ezcurra, todos relataron algunas experiencias, unas vividas y otras inventadas ―aunque hubo más de las segundas que de las primeras―. Una de las que hizo más gracia fue la del sorteo que le tocó al señor de La Almunia de doña Godina, gracias a la prodigiosa intervención de la Virgen del Pilar. Fidel Ezcurra parecía un niño el día de su cumpleaños; con su lengua de trapo, decía que jamás había disfrutado tanto como aquella tarde. Y Martina no creía que hubieran podido convencer al bombero de que su ascenso a cabo se debía a la recomendación del alcalde de Barcelona. Martini Rojo contó su fracaso con el señor Recasens, y Fandiño la cuidadosa preparación de su estrategia para endosarle al señor Gálvez las nueve parcelas que ahora los llevaban de cabeza. ¡Qué risas! ¡Qué aplausos! Parecía que se habían reunido para celebrar una fiesta, en vez de para resolver un asunto tan delicado.

Hacia las diez de la noche, Portela dijo que era hora de empezar el ensayo general. Los vendedores nuevos se levantaron, estrecharon la mano de Paco con gran respeto, y fueron saliendo mientras repetían como una cantinela: «Gracias, señor Portela, hasta el domingo». Un camarero empezó a recoger las copas de los que se acababan de marchar, y Paco se acercó a Soriano para decirle al oído.

―Anda, llama a María Luisa a ver si ya ha resuelto el problema del domingo.

roan82@gmail.com

 

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