“Un día en las carreras”

Por Fernando Sánchez Resa.

Una vez que el ciclo anterior (Cine dentro del cine) había sido más dramático que cómico, los gerentes del Cineclub “El Ambigú” hiciéronse eco de la persistente sugerencia de las incondicionales cinéfilas: poner un ciclo de películas humorísticas que provocase alegría en el cuerpo y distensión en la mente, durante el mes de junio de 2014, para finalizar (felizmente) el curso cinematográfico. Y así lo hicieron…

Por eso, Andrés y Juan programaron el ciclo Playtime, un viaje de París a Innisfree pasando por Chamberí, con cuatro estupendas películas: Un día en las carreras, de Sam Wood (1937); Playtime, de Jacques Tati (1967); El tigre de Chamberí, de Pedro Luis Ramírez (1958) y Hombre tranquilo, de John Ford (1952); en la seguridad que reportarían contento y desinhibición al público asistente…

La hora de empezar el jueves, día 5, fue un poco más tarde de la habitual: a las ocho de la tarde; y con escasa asistencia. Las razones pudieron ser múltiples: Un día en las carreras (A Day at the Races, 1937), de Sam Wood, es un filme que bastante gente había visto ya; y que algunos podrían juzgarlo un tanto obsoleto, por sus casi ochenta años de antigüedad, con largos cuadros musicales que se intercalan en el desarrollo de la película, que no suelen pintar demasiado (si se analizan con la visión actual), aunque tengan el don de imprimir continuidad y desarrollo a la historia que cuenta. No obstante, Un día en las carreras es un filme notable y con un humor efectivo para toda clase de públicos, siendo nominada al Óscar a la mejor dirección coreográfica, por la canción “All God Children Got Rhythm”.

Es una película que muchos hemos visionado, incluso más de una vez, en la que los famosos Hermanos Marx (solo tres, pues el cuarto se retiró, comprobando que no se le daba bien este tipo de trabajo) repiten, como nos explicó Andrés, los hilarantes gags y cuadros cómicos que ya triunfaron en la anterior película de los cuatro hermanos: Una noche en la ópera, que aunque parecen actuaciones sencillas y que salen fácilmente, sin embargo tienen detrás muchas horas de repetición y perfeccionamiento; como le pasaba a Charles Chaplin en sus trabajos cinematográficos. Hay que tener en cuenta que las películas de los Hermanos Marx (The Marx Brothers) muestran un gran humanismo y son recomendadas por los médicos para pacientes en estado depresivo o en fase terminal, porque el buen humor sana.

Los productores de la Metro-Goldwyn-Mayer Studios, Inc. (abreviado MGM, también conocido como Metro-Goldwyn-Mayer Pictures o Metro-Goldwyn-Mayer) tenían una muy buena táctica con los Hermanos Marx: una vez estaba el guión en sus manos, los actores representaban, ante diversos públicos y ciudades del país, las escenas más importantes, para detectar cuáles provocaban la hilaridad, descartando las que no lo conseguían. La crítica social siempre iba incluida en todas sus comedias, bajo el pillerío de Chico, las chiquilladas gamberras de Harpo y las frases corrosivas de Groucho. La burocracia, el imperialismo, el gobierno, el sistema educativo universitario, la sanidad, el desempleo, la explotación laboral, la especulación inmobiliaria…, del sistema estadounidense, siempre eran criticados en todas sus comedias, bajo la apariencia de inocentes entretenimientos acompañados de números musicales, escenas caóticas y bromas absurdas. Todo pasaba por su filtro surrealista, caótico y anárquico, exaltando siempre la constancia, la inocencia y la generosidad.

La historia está dividida en veintisiete escenas que narran la historia de la joven Julia (Maureen O’Sullivan), propietaria de un sanatorio de Florida, al que le faltan clientes y le sobran deudas, y que Mr. Morgan (Douglas Dumbille), adinerado villano del lugar, desea adquirir con poco dinero para convertirlo en un casino de juego. El amor de la pareja será ayudado por los tres Hermanos Marx que se entrometen para salvarlo, armando la zapatiesta continua, sembrando hilaridad y dislate en todo el largo metraje, sin dar tregua hasta el final: con el apoyo del chófer (Chico Marx); de un médico extravagante, que en realidad es veterinario, el Dr. Hackenbush (el genial Groucho Marx); y del jinete de las cuadras de Morgan, Stuffy (Harpo Marx), despedido del trabajo por ganar una carrera sin permiso. También el novio de Julia, Charly (Allen Jones), la hipocondríaca Emily Upjohn (Margaret Dumont) y otros, tratarán de conseguir su benefactor objetivo, intentando resolver los problemas de Julia para siempre, por lo que Charly comprará un caballo de carreras (“Chistera”), para ganar carreras, premios y dinero, mientras Groucho apostará por él hasta que llegue el (in)esperado final en la desternillante carrera de caballos…

El guión, escrito por Robert Pirosh, George Seaton y George Oppenheimer, está repleto de humor, gags y comentarios jocosos e irónicos que provocarán las risas de todos aquellos que busquen el más puro humor de los Hermanos Marx, resaltando su interpretación y la de O’Sullivan. La música es rítmica y evocadora de la época y fue compuesta por Walter Jurmann, Bronislau Kaper y Franz Waxman, y dirigida por éste último, aportando grandes canciones, números musicales y ballet. La fotografía en blanco y negro hace buen uso de los claroscuros y logra un trabajo clásico estimulante, ofreciendo una narración bien elaborada. Los diálogos contienen frases que se han hecho famosas: «Están tan enamoradas de mí que no saben nada de mí: por esto, están enamoradas de mí»; «Si me acerco más, voy a salir por su espalda». Es de destacar el memorable personaje del Dr. Hackenbush, que es uno de los grandes iconos cómicos de la historia del cine clásico, donde Groucho demuestra que es el padre de los monologuistas que vendrán después.

Esta peli tiene toda clase de elementos atractivos: comedia, amor y música, además de los cuadros musicales que no podían faltar, como en Una noche en la ópera y otros filmes similares: el solo de piano de uno de los hermanos como intérprete destacado; ídem del mudo, con un arpa y las canciones, tanto del cantante como de un conjunto de negros que hacen triunfar la alegría y el buen humor.

Una vez acabada la sesión, las palmas y las felices caras de los asistentes mostraban (a las claras) que todos habíamos pasado un buen rato, sorprendiéndonos con los disparatados inventos, acrobacias o conversaciones de los hermanos Marx; como la frase que le dice al final Groucho a la señora paciente que lo ama: «Soy veterinario: cásate conmigo y nunca más miraré a otro animal»; por lo que la carcajada general no se hizo esperar…

Cuando salimos del Hospital de Santiago, todavía el cielo estaba teñido de un azul celeste oscurecido, producto del sol de la atardecida que, como nosotros, iba buscando su hogar para descansar; mientras, gente alegre daba color a la calle Nueva, divirtiéndose y descansando en sus terrazas, aprovechando el buen tiempo que tan amablemente acompañaba…

Úbeda, 26 de julio de 2016.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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