A mi niña en su santo

Mi querido amigo:
Me diste una buena alegría cuando me llamaste y luego cuando leí tu artículo con la dedicatoria. No puedo más que decirte “¡Muchas gracias!”. Me parece que no conoces a mis hijas. Mi pequeña, que ya tiene 28 años, es discapacitada intelectual, pero es una delicia de criatura. Antes maldecía a Dios (las contradicciones que tenemos los que nos consideramos ateos); ahora creo que he aceptado, más o menos, la situación porque, al mismo tiempo que nos produce una gran rebelión interior, también es verdad que es un bálsamo en ocasiones. Paco Herrera la conoce personalmente. Es una niña con un rostro hermosísimo y una sonrisa de ángel (ya ves tú, no hay mejor forma de expresarlo). Hace unos cuantos meses, mientras esperaba que me llegasen alumnos a la tutoría que imparto en la UNED, escribí este poema que te envío, con el ruego de que se lo hagas llegar también a Paco. No creo que merezca la pena publicarlo, pero has de saber que lo escribí llorando; y ahora cuando te escribo estas líneas también se me saltan las lágrimas, así es que te dejo ya y te mando un fuerte abrazo.
Juan Antonio.

A MI NIÑA EN SU SANTO
 
Ahora que llega mi otoño,
ahora que mi vida atardece,
pienso más en ti, mi niña.
¿Quién te cuidará
cuando llegue el invierno?
¿Por qué has entrado tan dentro?
¿Por qué mi sentir
será tan intenso?
Tu ternura me llena,
pero también me acongoja,
porque te hace más frágil.
Tu dulzura me embriaga,
me enternece y me enamora,
con amor de padre embelesado.
Tu sonrisa, ¡ay!, tu sonrisa,
con aura de ángel
y sabor de almíbar,
me cautiva el alma
y arranca de mí otra sonrisa,
la más sincera, la más apacible,
la más agradecida.
Tu llanto me estremece;
me niego a escucharlo,
y procuro protegerte, mi niña;
pero siempre la pregunta:
¿hasta cuándo?…, ¿hasta cuándo?
Cartagena, 5 de marzo de 2003.
09-12-03.
(83 lecturas).

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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