A Juan Cabrerizo

Nuestro compañero ‑y a pesar de eso amigo‑, Julián, nos ha encomendado el encargo de decir algunas palabras sobre Juan, sin más, a secas; no hace falta apellido para identificarlo. Él es, simplemente, ni más ni menos, que Juan, don Juan.

Sobre Juan podríamos, tal vez, escribir un libro. Pero ocurre que cuando tienes que hablar sobre una persona con la que has vivido tanto tiempo y con la que has tenido tantas experiencias comunes, la mente se te vuelve torpe para conseguir que la lengua exprese todo lo que podrías decir.
Conocemos a Juan desde los ya lejanos tiempos de estudiantes en aquel centro duro y monacal, pero al mismo tiempo profundamente amado, de Úbeda. No era de nuestro curso y en aquella época nuestros contactos con él se desarrollaron casi exclusivamente en el plano deportivo, en aquellos partidos de curso contra curso. Ya en aquel tiempo y en aquella labor de defensa, era muy serio, imponentemente serio y rara era la vez que lográbamos burlar su férrea custodia de la zona central del área de penalti. Para nosotros era muy difícil, pero para un tal Celestino… En fin, mejor no recordar ese partido.
Cuando terminó la carrera que ahora deja, estuvo como maestro en Úbeda y posteriormente marchó a Linares. Por motivos familiares se trasladó a Aranjuez y desde el año 1970 trabajamos juntos en esta singladura de nuestra nave, Loyola.
Y ya, desde que llegamos, su preocupación por nosotros fue incesante en los primeros tiempos, hasta que nos acomodamos, hasta que nos instalamos. Gracias a él, Petra, la entrañable Petra, nos acogió en su casa; y la vida de recién llegados a un medio desconocido, bastante lejos de nuestro ambiente juvenil, se nos hizo un poco más fácil.
Después vino su boda con Sole y el nacimiento de Juan Antonio. Corría el año 1971 y desde el 73, además de tenerlo como compañero, lo he tenido de vecino hasta hace muy poco tiempo. Hemos visto crecer a nuestros hijos y hemos vivido las preocupaciones propias de sus enfermedades, aspiraciones, logros, conquistas, decepciones y toda la gama de situaciones que da la vida. ¿Recuerdas, Juan, cuando casi estrenando el 124 amarillo, llevamos a Mari Carmen para que le hicieran un lavado de estómago porque tragó lejía? ¿Recuerdas que no cerraste el starter y pasados «Los arcos» el coche se paró?
Muchos años viviendo uno frente a otro y muchas cosas que contar. Entre otras, ¡cuánta lata nos ha dado la calefacción desde que se instaló por sus continuas acumulaciones de aire! ¡Cuántas celebraciones de cumpleaños, de primeras comuniones, y ya, desde no hace mucho tiempo, de bodas y, desgraciadamente, también de funerales!
En Juan siempre encontré apoyo y comprensión. Tal vez porque lo vi siempre como una persona muy equilibrada, muy ecuánime, muy serena y muy tranquila al afrontar cualquier problema. Nunca lo he visto alterado, ni participar en discusiones o polémicas estériles. Siempre se ha situado por encima del problema y, con una visión de futuro más avanzada, ha dado las soluciones correctas. Cuando había alguna cuestión que discutir, algún asunto serio que tratar con la dirección, alguna iniciativa que tomar, delegábamos en Juan para que nos representara y él, con esas cualidades referidas anteriormente, conseguía casi siempre los resultados apetecidos
Esta moderación, este equilibrio, esta serenidad, no le impiden en absoluto decir las cosas muy claras a quien sea, pero siempre con un tacto y una delicadeza tales que nadie se siente humillado ni ofendido.
Juan ha sido también responsabilidad. Responsabilidad en todas las cuestiones o trabajos que ha emprendido. Todo el mundo ha podido contar siempre con su disponibilidad para aquello que ha sido necesario. Respondió a lo que se necesitaba de él cuando fue requerido para ejercer la dirección de la antigua EGB en el cambio de titularidad del colegio. Cargo duro, con muchos quebraderos de cabeza como cualquier otro cargo. Juan estaba allí. Hizo lo mismo cuando le propusieron la coordinación del primer ciclo de la ESO. Probablemente no todos hubiéramos aceptado con el sentido de trabajo y sacrificio con que se deben aceptar los cargos directivos. Él, con su sentido de servicio a los demás, dio su conformidad, aparentemente sin problemas, y los desempeñó del modo más digno posible.
No importaba ni la hora ni el tiempo que hubiera que emplear para echarte una mano en solucionarte dudas de cualquier índole. Supongo que, como buen maestro, disfrutaba enseñándote algo, hablándote sobre cosas importantes de la vida, de la profesión, de los niños. Y siempre con un criterio acertado, convincente y tranquilizador, lograba que tu problema fuese menos problema, menos preocupante, menos inquietante.
Has tenido valor, Juan. Porque no me digas que con los tiempos que corren no hace falta valor para haber tenido cuatro hijos. Fíjate en mí, que pensaba quedarme sólo con una y vino la segunda casi obligadamente. Y con tus cuatro hijos pequeños demostraste tu modernidad de pensamiento ayudando a Sole en todo cuanto pudiste: bañando a los niños, dándoles de comer, cambiando pañales. Eso dicen que lo hacen los jóvenes de ahora, pero tú fuiste por delante de ellos realizando labores de ayuda sin que nadie te lo pidiera. Confieso que en tu situación, probablemente, yo me hubiera agobiado por completo.
Has tenido siempre la mente abierta para aceptar las innovaciones necesarias en cada momento: cursos larguísimos con desplazamiento diario a Madrid durante un año, otros más cortos en Aranjuez, desarrollo de proyectos como aquel «Estudio sobre Consumo» de la Fundación Santa María que después no llegó a buen fin. Y todos ellos hechos con entusiasmo, comprendiendo la necesidad de la renovación permanente para afrontar los nuevos retos que nuestra profesión nos planteaba.
Quedan muchas cosas que decir sobre ti, pero no puedo cerrar estas opiniones sin hacer referencia a tu profesionalidad. Has sido y eres un magnífico maestro en el sentido real de la palabra, porque ser maestro, como algunos sacramentos, imprime carácter. Algunos centenares de jóvenes llevan en su espíritu la impronta de tu saber hacer, la huella de tu enseñanza, las directrices que tú les has marcado para andar en la vida reflejando lo que aprendieron de ti, de tu ejemplo, de tu autoridad moral.
Nos quedamos con una sensación agridulce. Por un lado sentimos que no estés con nosotros disfrutando y sufriendo esta bendita profesión. Pero por otro, nos alegramos del camino que has recorrido, que ha sido muy fructífero y que al final de este camino, tengas el descanso que con todo merecimiento te has ganado.
Me gustaría recordarte la letra de la canción de los de Emaús: «Quédate con nosotros tus hijos…». Pero sé que no nos dejas definitivamente. Loyola es tu segunda casa, tu segunda piel. Y sabemos que tienes cosas que hacer aquí. Cosas importantes como el Maratón de Lectura o cualquier otra, que ahora que tienes mucho tiempo para pensar, se te pueda ocurrir.
Que este descanso de toda una vida de trabajo intenso sirva para que seas, si cabe, más feliz aún, para disfrutar segundo a segundo de una vida plena y llena de satisfacciones.
Te queremos, Juan.
Nota: El próximo día 19 de diciembre de 2003, a las doce del mediodía, se le hará un acto de homenaje y despedida en su centro de Aranjuez.
09-12-03.
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