Nieblas y remembranzas…

 

Como por inercia yo regresaba a Úbeda con más pena que esperanza. Todo igual. Los interminables pasillos de paredes grises, desnudas… Fríos, monótonos, mudos… El nuevo 1956 no había cambiado ni ensanchado nada. Lo único que seguía maravillosamente igual eran la luz de los patios, el panorama del valle, abundoso en rebaños de olivos, y el alma transparente de los chicos…

Yo sentía cierta pena callada. Me parecía que el tiempo se aburría. Que no se tomaban en cuenta las oportunidades que guarda en los pliegues de sus días. Y se dormía plomizo sobre el colegio y sus gentes. Reglamento, clases, textos y profesores invariables. Los mismos métodos, salarios y la misma comida… Todo igual.

Los chicos arrastraban cosida la murria que siempre al irse deja la Navidad. En la mayoría era pesada y aflictiva, como una gripe del ánimo. La mejor vacuna, de cara a la primavera, un ramillete de proyectos que les implicase… Yo sólo podía prestarles oídos para escuchar sus juergas, sus conquistas y sus desmadres… ¡Cómo la nostalgia y el afán de impresionarme les calentaba la boca…!
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Muy a primeros de Junio, piadosamente, por ahorrar hambres a los chicos —alcauciles, papajotes, chocolate aguado— y deudas a la Safa, se abrieron las compuertas. Y los chicos en tromba ruidosa vaciaron el colegio. En las despedidas yo me sentía como afectado… Como si cada muchacho se llevase algo de mí… o yo me quedase con algo suyo… Algún puñado de mi juventud se llevaban. Yo me quedaba con sus nombres, travesuras y sus encantos. Y con la obertura de su personalidad y espléndidos presagios de futuro.
A la mañana siguiente, mientras se desperezaba el sol, bajé a los campos de deporte. ¿Dónde mejor para repasar y evaluar mi primer curso en la Safa…?
El silencio dormía sobre las gradas. Anidaba en las copas de los árboles… Las porterías aburridas, marcos de ausencias semejaban. Ya en el suelo polvoriento, insectos y pájaros, en sus jeroglíficos habían escrito el adiós.
¿Adónde se fueron tanta algazara, tantos anhelos, tanta vida? En esos patios, minuto a minuto y día a día les vi crecer. Ahí les corregí, celebré su bravura deportiva y su compañerismo leal… Y les deseé lo mejor para el viaje de su vida.
Y en esos patios, gota a gota derroché yo la savia más generosa de mi juventud. Lo hacía fervorosamente, cumpliendo un menester duro y ceniciento, desconsiderado… ¡Qué mal destete fue para mí cambiar las ubres nutricias de Comillas por los secos, mecánicos quehaceres de la Safa…!
Aun así, al alma de esos muchachos, rica e insondable como un océano, debo la lección que ha dado sentido a mi vida. Que sea en medio grato y hostil, burdo o afinado, a quien busca a corazón perdido el de los jóvenes, un amanecer se encuentra que le doblan las manos.
15-08-04.
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