Expo 92

14-05-2012.

Veinte años ya de la Expo 92. En el diecisiete diremos: «¡Veinticinco años ya, de la Expo 92!».

Y en verdad que aquello marcó una época. Para bien o para mal, que de todo quedó en la memoria.

Hoy me decido a comentar, entre asombrado y jocoso, ese ya remoto evento. Y nos viene bien, que está uno bastante desfondado con todo lo que acontece a nuestro alrededor. Tengamos algo de relajo (si nos quieren dejar de una vez) y volvamos la vista a cuando se ataban los perros con longaniza.

Pues que se montó la maravilla de las maravillas, el no va más de la modernidad, lo nunca visto por estos predios y lugares y menos todavía en la adormecida e inmovilista Sevilla de mis amores: «¡Y qué grasia tenemos y qué bien nos lo pasamos!» (añádase a este comentario música de sevillanas, si puede ser de los Cantores de Híspalis). Unos hijos no muy queridos de la ciudad señorial, el de un vaquero (llegado a abogado con pretensiones políticas, el hijo) y el de una familia numerosa (que deambulaba en círculos seudoculturales, el hijo) mezclados de restos del Mayo parisién. Dos que nunca deberían haber salido de sus rincones (según demostraban sus no orígenes), pero que detentaban por entonces todo el poder político en España (o eso parecía).

Estos dos sevillanos decidieron vestir de moderna luminaria, faro por unos meses del mundo, a la ribereña capital andaluza. «¡Ahí era , pa Sevilla de mi arma!» (pónganse sevillanas). Los sevillanos, como no podía ser menos, decidieron que aquella era la oportunidad de tener fiesta prolongada durante medio año. Eso era lo que a ellos le importaba, y lo lograron, aunque viniese el invento de la mano de los dos de marras. Las gradas del lago se llenaban de gentes para admirar, en la noche sevillana, los asombrosos efectos de una tecnología virtual. Luz, color y sonido y la jaca enjaezada sobre las aguas mientras sonaban acordes de Turina. «Tó presioso, pa embelesarse mismamente».

Me fui, ¡cómo no!, a ver ese portento un día del ferragosto, acompañado de mi esposa. Las hijas ya lo habían visto, de manos de sus colegios, que no habría ninguno que aquel 92 no hiciese tal salida. Así que solitos nos fuimos allá. ¡Qué paliza, madre! Ahora, cuando lo recuerdo, me admiro que pudiésemos aguantar un día completo, prácticamente sin parar, en aquella babel o laberinto más bien de edificaciones diversas, calles, zonas, explanadas… Habíamos de movernos con prisa, pues en una jornada queríamos conocer lo más importante de todo aquello. Claro, con estas intenciones estaban también gran parte del múltiple personal que andaba por allí. Y las colas, en ciertos pabellones muy publicitados, eran como las del pan en posguerra. Estaba la plaza ‑como decían aquellos‑ «¡abarrotá!».

Fotos sí, claro que hicimos. Por acá las tengo como muestra verdadera de que eso existió, que una vez, en Sevilla, se celebró una Exposición Universal en el año de gracia de 1992. Que no fue mera ilusión de magos profesionales que nos colaron el truco y nosotros sin darnos cuenta… ¿Que no hubo truco? Sí que lo hubo, y luego, terminado el espectáculo, todo se transmutó en abandono y desolación. Quedó el espacio como agotado, tras tanto derroche de energía, de baile, de risas y de banderas. La Isla de La Cartuja, orilla derecha del Betis según se baja por Sevilla, quedó en lo que fue siempre, isla, pese a los puentes de diseño que trataron de acercarla a Torneo.

¿Qué fue de tanto galán,
qué de tanta invinción
como truxeron?
¿Fueron sino devaneos
de las eras,
las justas e los torneos,
paramentos, bordaduras
e çimeras?

Así lo hubiese vuelto a expresar el gran Jorge Manrique, tan moderno.

Expo 92, agosto, pabellón de Marruecos.

Sí, tengo fotos. Y recuerdos, del cansancio tremendo que casi me aplasta, postrado allá en El Palenque a mediodía. Y de las fuerzas sacadas de una lata de cerveza y de un bocata para seguir peregrinando, pabellón tras pabellón, a los que se pudiese acceder sin demasiada demora. Y del curro que, indefectiblemente, te llevabas en un boli, en una pulserilla, en una chuchería para las hijas, a coste de oro molido. Que todo fue caro en la Expo (y los sevillanos se iban a la anochecida a tomar la fresca a las gradas del lago, con su pase especial y más barato).

Tras la demoledora jornada, entrando la madrugada, tomé el camino de Úbeda. No sé cómo pude llegar.

España se resintió de aquella gran fiesta (incluyendo, fíjense ustedes, lo de los Juegos Olímpicos de Barcelona, paralelos en el tiempo y de los que no protestaron nada los catalanes). Vino la crisis, de la que parece no acordarse nadie, con la que nos cae ahora.

Algo quedó de aquello, aparte de mis fotos. Resurgen, creo, los espárragos inmobiliarios y empresariales en el erial abandonado. Quedaron, para uso de sevillanos y andaluces del cante y el vino, surcos de autopistas hacia Sevilla, trenes voladores hacia Sevilla. Recuerdos para Sevilla. Creo que a los sevillanos les hace falta otro presidente nacido en su ciudad.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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