Lo que vio Cristóbal Colón, 7

27-09-2011.

Domingo, 21 de otubre

A las diez oras llegué aquí, a este cabo del isleo y surgí, y asimismo las caravelas. Y después de aver comido fui en tierra, adonde aquí no avía otra poblaçión que una casa, en la cual no fallé a nadie, que creo que con temor se avían fugido, porque en ella estavan todos sus adereços de casa. Yo no le dexé tocar nada, salvo que me salí con estos capitanes y gente a ver la isla, que si las otras ya vistas son muy fermosas y verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledas y muy verdes.

Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arboleado en maravilla, y aquí en toda la isla son todos verdes y las yerbas como en el abril en el Andaluzía; y el cantar de los paxaritos, que pareçe que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que oscureçen el sol; y aves y paxaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla. Y después ha árboles de mill maneras y todos dan de su manera fruto, y todos güellen qu’es maravilla, que yo estoy el más penado del mundo de no los cognosçer, porque soy bien cierto que todos son cosa de valía y d’ellos traigo la demuestra, y asimismo de las yerbas.

Andando así en çerco de una d’estas lagunas, vide una sierpe, la cual matamos y traigo el cuero a Vuestras Altezas. Ella comonos vido se echó a la laguna, y nos le seguimos dentro, porque no era muy fonda, fasta que con lanças la matamos; es de siete palmos en largo; creo que d’estas semejantes ay aquí en estas lagunas muchas. Aquí cognosçí el lignáloe y mañana e determinado de hazer traer a la nao diez quintales, porque me dizen que valen mucho.

También andando en busca de muy buena agua, fuimos a una poblaçión aquí çerca, adonde estoy surto ‘anclado’ media legua, y la gente d’ella, como nos sintieron, dieron todos a fugir y dexaron las cosas y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte. Yo no dexé tomar nada, ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a nos unos hombres d’ellos, y uno se llegó aquí. Yo di unos cascaveles y unas cuentezillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre; y porque la amistad creçiese más y los requiriese algo, le hize pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabaças llenas y folgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro ramalejo de cuentezillas de vidrio, y dixeron que mañana vernían acá.

Yo quería hinchar aquí toda la vasija de los navíos de agua; por ende, si el tiempo me da lugar, luego me partiré a rodear esta isla hasta que yo aya lengua con este rey y ver si puedo aver del oro que oyo que trae, y después partir para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba, en la cual dizen que hay naos y mareantes ‘comerciantes’ muchos y muy grandes, y d’esta isla dizen que hay otra que llaman Bofío, que también dizen qu’es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de passada, y según yo fallare recaudo de oro o espeçería determinaré lo que e de facer. Más todavía, tengo determinado de ir a la tierra firme y a la ciudad de Quinsay, y dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Can ‘Jefe’ y pedir respuesta y venir con ella.

Lunes, 22 de otubre

Toda esta noche y oy estuve aquí aguardando si el rey de aquí o otras personas traherían oro o otra cosa de sustancia y vinieron muchos d’esta gente, semejantes a los otros de las otras islas, así desnudos y así pintados, d’ellos de blanco, d’ellos de colorado, d’ellos de prieto ‘muy oscuro’ y así de muchas maneras. Traían azagallas y algunos ovillos de algodón a resgatar, el cual trocaban aquí con algunos marineros por pedaços de vidrio, de taças quebradas, y por pedaços d’escudillas de barro. Algunos d’ellos traían algunos pedaços de oro colgado al nariz, el cual de buena gana davan por un cascavel d’estos de pie de gavilano y por cuentezillas de vidrio, mas tan poco que no es nada. Que es verdad que cualquier poca cosa que se les dé, ellos también tenían a gran maravilla nuestra venida, y creían que éramos venidos del cielo.

Tomamos agua para los navíos en una laguna que aquí está açerca del cabo del isleo ‘isla pequeña situada junto a otra mayor’, que así anombré; y en dicha laguna Martín Alonso Pinçón, capitán de la Pinta, mató una sierpe, tal como la otra de ayer de siete palmos. Y fize tomar aquí el liñáloe cuanto se falló.

Martes, 23 de otubre

Quisiera oy partir para la isla de Cuba, que creo que deve de ser Cipango, según las señas que dan esta gente de la grandeza d’ella y riqueza, y no me deterné más aquí ni iré esta isla alrededor para ir a la poblaçión, como tenía determinado, para aver lengua con este rey o señor, que es por no me detener mucho, pues veo que aquí no ay mina de oro, y al rodear d’estas islas a menester muchas maneras de viento, y no vienta así como los hombres querrían. Y pues he de andar adonde aya trato grande, digo que no es razón de se detener, salvo ir a camino y calar mucha tierra fasta topar en tierra muy provechosa, aunque mi entender es qu’ésta sea muy provechosa de espeçería, mas que yo no la cognozco, que llevo la mayor pena del mundo, que veo mill maneras de árboles que tienen cada uno su manera de fruta y verde como ahora en España en el mes de mayo y junio y mill maneras de yerbas, eso mesmo con flores, y de todo no se cognosció salvo ese liñáloe de que oy mandé también traer a la nao mucho para llevar a Vuestras Altezas. Y no e dado ni doy la vela para Cuba porque no ay viento, salvo calma muerta, y llueve mucho y llovió ayer mucho sin hazer ningún frío, antes el día haze calor y las noches temperadas como en mayo en España en el Andaluzía.

Miércoles, 24 de otubre

Esta noche a media noche levanté las anclas de la isla Isabela del cabo del Isleo, qu’es de la parte del Norte, adonde yo estaba posado para ir a la isla de Cuba, adonde oí d’esta gente que era muy grande y de gran trato y avía en ella oro y espeçerías y naos grandes y mercaderes, y me amostró que al Güesudueste iría a ella; y yo así lo tengo, porque creo que si es así como por señas que me hizieron todos los indios d’estas islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas; y en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta comarca. Y así navegué fasta el día al Güesudeste, y amaneçiendo calmó el viento y llovió, y así cassi toda la noche.

Y estuve así con poco viento hasta que passava de mediodía y entonçes tornó a ventar muy amoroso, y llevava todas mis velas de la nao: maestra y dos bonetas y trinquete y çebadera y mezana y vela de gabia, y el batel por popa. Así anduve el camino fasta que anocheçió, y entonçes me quedava el Cabo Verde de la isla Fernandina, el cual es de la parte de Sur a la parte de Güeste, me quedaba al Norueste, y hazía de mí a él siete leguas. Y porque ventaba ya rezio y no sabía yo cuanto camino oviese fasta la dicha isla de Cuba, y por no la ir a demandar de noche, porque todas estas islas son muy fondas a no hallar fondo todo enderredor salvo a tiro de dos lombardas, y esto es todo manchado: un pedaço de roquedo y otro de arena, y por esto no se puede seguramente surgir salvo a vista de ojo. Y por tanto acordé de amainar las velas todas, salvo el trinquete, y andar con él, y de a un rato creçía mucho el viento y hazía mucho camino de que dudava, y hera muy gran çerrazón y llovía. Mandé amainar el trinquete y no anduvimos esta noche dos leguas, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *