La reacción del jugador de tenis

24-09-2011.

Siempre he tenido, y tengo, a Blas Lara por un sabio cordobés, por un dios andaluz, exiliado voluntariamente en el rincón más verde, alejado y discreto, de las montañas suizas. Le imagino descansando en un claro del bosque, pensativo, meditando verdades permanentes, sobre una alfombra de hojas de color cobre y oro; con la cabeza orlada de nobles canas, reposando en el tronco de un olivo antiguo, refrescando enseñanzas con sabor añejo; ese sabor que tienen las verdades de la juventud: verdades que creímos como artículos de fe. Blas podría haber sido uno de esos filósofos que enseñaban en las playas del Mediterráneo, escribiendo, con una vara de cerezo, sentencias en la arena a la puesta del sol. Maestro ambulante, encendido a la aurora, burlón al véspero, melancólico y solo en el ocaso.

Esta mañana, como la mayoría de días de la semana, a las nueve en punto, estaba en el club para jugar al tenis, con tres amigos, un partido de dobles. Ninguna emoción. Viejas glorias tenísticas, mermadas de facultades por el paso de los años. Unidos los cuatro, más por sentimientos de amistad que por afanes de triunfos inservibles y tardíos. Mi pareja se puso de acuerdo con nuestros rivales para gastarme una broma. Conociendo mi carácter arrebatado, habían decidido sacarme de mis casillas. Mi compañero pasaría la mayor parte del tiempo en la red, sin participar en el juego, mientras los contrarios me iban bombardeando, hasta agotar mi resistencia física y mi paciencia.

Empezó el partido. Me molestaba verle estático, como un soldado de plomo, viendo pasar la pelota, de un lado al otro, mientras yo golpeaba pelotas de drive y de revés como fruta por rastrojo. Ganábamos por cuatro a dos, cuando dijo que le dolía el hombro. Su servicio bajó en intensidad y contundencia. Seguí luchando ardorosamente, pero mis golpes ganadores cada vez eran menos y los errores, más numerosos. Aquí empezó la cabronada, propiamente dicha: lanzar molestas puyas para terminar de encabronarme.

Estás dejando mucha pista libre decía mi compañero.

¡Pero corre, coño… ¡que no corres! opinaba un contrario.

Por prudencia, callaba y seguía devolviendo bolas envenenadas, pensando que, con un poco de apoyo, el partido sería nuestro. Fallaba otra pelota y el comentario no se hacía esperar:

¡Es que no te colocas bien! ¡Mira la bola! cabreo silencioso por mi parte.

¡Pero abre los ojos, coño, que estás dormido!

No podía más. Se había encendido la reserva de mi paciencia. No fue golpe de maza, ni mordedura de fiera, ni pedrada seca, ni hachazo despiadado. Fue un dolor agudo, profundo y penetrante, provocado por una fina inyección de mala leche, que sentía correr por mis venas, de forma placentera. Un intenso veneno, enérgico y activo encendía mis ideas, haciéndome perder la cabeza. Dispuesto estaba a optar por una solución concluyente: raqueta al aire y bola a los ojos, directamente. Aquellos cabritos se merecían que los mandara a tomar por donde ellos me estaban dando a mí.

Hubo suerte. Terminó el partido, pero entonces empezaron las risitas. No respondí. Era el momento de estrecharnos la mano en señal de amistad. ¡Coño con la amistad…! Luego, el abrazo y a buscar fecha para la revancha.

¡Imposible! No tengo fecha disponible dije, enfadado, entre el jolgorio de los otros.

De pronto, un temblorcillo breve, como un relámpago, me recordó las reflexiones de Blas, tan sabiamente expuestas en esta página, el diez y ocho del corriente: Hay que ser algo tontos, deliberadamente, para andar por el mundo sin el peso de una postura radical. Volví la cabeza hacia mis compañeros y anuncié:

Bueno, podemos jugar el viernes, si queréis.

Blas es un lujo para esta página. Su voz es una voz aislada, que habla en soledad, acompañada sólo por los que pueden escucharle. Cuando leo y releo sus escritos, recuerdo las palabras de Machado: A distinguir me paro, las voces de los ecos. Hacía tiempo que tenía muchas ganas de decirlo: Blas es un hombre sabio, de corazón limpio y serenamente apasionado. Sus ideas, claras y reflexivas, son clave para encontrar la explicación a muchas cosas inexplicables. Interviene de uvas a peras, con arte y detenimiento, sin llamar apenas la atención, recordando el admirable verso de aquel viejo romance: Yo no digo mi canción, sino a quien conmigo va.

Barcelona, 22 de septiembre de 2011.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *