Un puñado de nubes, 70

 

19-09-2011.

León volvió de la playa algo más moreno, pero también más cansado. Tenía un brillo especial en los ojos, una luz extraña y algo más opaco, como si le pesara el cuerpo. Posiblemente más viejo. Había sido un mes y medio muy extraño. El mar siempre le había dejado una señal en el alma, una especie de huella balsámica. Pero en este verano, cuando miraba el mar, parecía como que si fuera la última vez que lo mirase. Cada ocaso, cada paseo matutino por la orilla le parecía el último. Todo huye. Quería atrapar cada momento, cada insignificante cambio de luz o de aire. Tal apetencia le llevaba a una angustia posterior que lo abatía.

A eso se añadía la incomodidad de la presencia de su yerno. La verdad es que no lo soportaba. Tan fanfarrón, tan sabelotodo, tan entrometido. Palabra sobre palabra. Estirado y hueco. No sabía muy bien qué había podido enamorar a su hija de aquel tipo de uno ochenta, cabeza redonda, manazas, bigote de galán rancio y mirada suspicaz. Desde luego, al verlo, había pensado más de una vez, que hay hombres que son predecibles, de los que sabes qué van a decir, cómo van a reaccionar o qué van a proponer. El yerno de León era uno de esos. Tal vez por esa razón había llegado a ser gerente de logística de Transpoint. Palabrería y arrojo. Con él no podía tener una conversación seria. ¿Cómo hablar de la luz del atardecer, de los sonidos secretos de la noche, del perfume del aire? Lo tomaría por un majara o por un viejo sarasa.

Afortunadamente, solo estuvo en el apartamento quince días. Pero quince interminables días, ocupando antes que León el baño, andando por el apartamento medio desnudo, luciendo su torso depilado y sus músculos de gimnasio de una hora diaria, sentándose en el lado predilecto de su sofá, leyendo antes que él el periódico, solicitando hipócritamente dulce a Teresa, que le prepara, por favor eso sí, un cubata después de comer, mientras los niños, en su habitación, jugaban en la Nintendo. A León le molestaba ver a su hija desviviéndose por aquel hombre. «Eso no era amor», pensaba él. Esa entrega sumisa no podía ser amor. «No había educado a una hija para eso», se dolía. De vez en cuando, en aquellos días, él solía llevarse al nieto mayor a dar un paseo. Un niño demasiado serio para su edad; algo retraído. Muy diferente a su padre. Poco hablador, sencillo, con unos ojos grandes y del color de la miel derretida. En uno de esos paseos por La Calzada, León le dijo:

—Sabes… he notado que hace ya un tiempo que no me dices: «Abuelo, te quiero mucho». Antes me lo decías todos los días y había días que por lo menos tres o cuatro veces.

—Abuelo, es que ya no soy un niño chico como mi hermano —le respondió con excesiva seriedad—.

—Ya, ya; ya sé que te estás haciendo un hombre, no hay más que ver lo que has crecido; dentro de nada te saldrá bigote como el de tu padre —bromeó León—; pero, mira. Yo soy mayor que tú y nunca he dejado de decirte que te quiero.

—Sí, pero tú ya eres un viejo…

A León le dolieron aquellas palabras de su nieto. No porque no reflejaran la realidad, sino por el tono con que las pronunció.

—Te voy a pedir un favor, hijo.

—¿Qué, abuelo?

—¿Tú me quieres de verdad?

—Claro, abuelo.

—Entonces, no te importe decírmelo. A mí cada vez que me lo dices me llenas de alegría, me haces más joven Y tú, recuerda que, cuando yo ya no esté y poca gente te lo diga y quizás lo necesites, tu abuelo te decía «Te quiero mucho».

—Es que mis amigos no dicen esas cosas.

—Porque seguramente no tienen un abuelo como yo. ¡Yo soy único e irrepetible, muchacho! —y le daba una palmada en la espalda al nieto y seguían su paseo—.

El verano no había llenado de energía a León; al contrario. Parecía más hundido. Su hija Teresa no se daba cuenta, volcada como estaba en su marido y en sus hijos. A veces, pensaba en Alfonso, allá en algún lujoso hotel de Davos, o en una costosa clínica de tratamiento, o quizás gozando de los extraños placeres de los que habían hablado alguna vez. «Seguro que andará bajo las manos de una “fina masajista oriental”», pensó.

Una sola vez detuvo su pensamiento en Amalia; no su mujer, sino la Amalia que conoció a través del programa de Canal Sur. Extrañamente sintió un acaloramiento y una débil reacción en su sexo. Y pensó: «Tenía que haberme acostado con ella».

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