Un puñado de nubes, 22

21-03-2011.

En una mesa, discretamente apartada de las miradas inoportunas, conversaban Amalia y Alfonso. León, antes de dirigirse hacia ellos, pensó que aquella mujer lo había defraudado. Pronto había mostrado su actitud coqueta y frívola, aceptando la invitación de otro hombre con el que ni siquiera se había citado. Sin embargo, no quiso echarle toda la culpa a Amalia. Alfonso habría tenido que ver mucho en aquella jugada. Porque lo que habían hecho era una mala jugada. Así que intentó sacar cierto cinismo, al que no estaba acostumbrado, y decididamente se llegó como si nada a la mesa de Amalia y Alfonso.

—Hombre, Alfonso, ¿quién iba a pensarlo de ti? ¿Tú acompañado de una mujer? ¿Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras? —espetó sonriente y preguntó con sorna—. ¿No me la presentas?

Amalia enrojeció de inmediato. Reconocía perfectamente aquella voz: la misma que había estado hablando los últimos días con ella por teléfono. Miró al recién llegado y comprobó que llevaba una flamante corbata roja. Le alargó, indecisa, la mano cuando oyó decir a Alfonso:

—Amalia, te presento a León, mi mejor amigo —y mirando a los ojos de éste añadió con acento ampuloso—. La vida da muchas vueltas y en una de ellas, zas, esta hermosa mujer se cruzó en mi camino. Pero bueno, siéntate y acompáñanos —le indicó a León la silla vacía junto a la de Amalia—.

—Un precioso e impaciente tropezón, por lo que parece —remachó irónicamente León—.

A Amalia no le gustó el tono que estaba tomando la conversación. Hacía solo una semana que se encontraba más sola que la una y ahora, en una cafetería en la que nunca había estado, se encontraba junto a dos hombres que disparaban a dar. Parecían chiquillos celosos.

—No vas a ser tú quien siempre te lleves a la chica del baile —le dijo Alfonso—; tú, con tu carita de niño bueno, tus versitos, tu labia. ¿O ya no te acuerdas de Úbeda, del internado? Sí, sí, no pongas esa cara de pánfilo. Aquella niña…

—¿Yo… qué niña…?

—Tú, sí, tú; bajo la yedra de la iglesia de San Lorenzo. ¿O no te acuerdas? —Alfonso sacó el pañuelo y se secó unas pequeñas gotas de sudor que le brotaban de la frente—.

—¿Qué tú me viste con…? ¡Pero bueno! ¿Y desde entonces me odias? ¿Y has esperado hasta hoy para vengarte de mí, intentando conquistar a esta mujer?

Amalia empezaba a sentirse halagada con aquel chisporroteo dialéctico esclarecedor. Dos tipos de buen ver aún, sacando sus trapos sucios del tiempo de la ñapa, solo por una confusión.

—Toda mi vida —dijo Alfonso poniendo sus manos en el corazón— he llevado clavada en mi pecho aquella traición —y aprovechando que Amalia volvía la cabeza para ver si la gente los observaba, le envió a León el viejo guiño cómplice. León lo captó inmediatamente y con gesto dramático interrogó—.

—¿Tú has visto, Amalia? —se dirigió a la mujer con una escandalizada y teatral familiaridad—. ¡Lo que hay que oír!

—¿Ahora que encuentro a una mujer de verdad, como ella —señala Alfonso a Amalia—, vuelves a aparecer tú para arrebatármela? Eres un depredador.

—Ja. ¿Tú, encontrar una mujer? ¿Tú, empedernido e incorregible misógino? Vamos, anda; a otro perro con ese hueso.

— ¿Misógino yo? Lo que me quedaba ya por oír de tu boca. ¡Mentira! ¡Eso es una provocación! ¡Eso es una calumnia que no te acepto, León! ¡Retírala ahora mismo! —y Alfonso volvió a pasar el pañuelo por su frente. Estaba sudando y se le ahogaba la respiración—.

—¿Qué quieres; que nos partamos la boca el uno al otro?

—Contigo no tengo ni para empezar —bravuconeó Alfonso—.

—Eso lo veremos.

—Ahora mismo; sal fuera si tienes cojones —lo retó mal encarado—.

***

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