El obispo, Zapatero, el «estatut»… y, además, mi amigo Diego

Querido Diego:
Pensé contestar a tu amable carta telefónicamente y evitar la formalidad de la letra escrita por varias razones: en primer lugar, porque te tengo en gran estima; porque no soy partidario de polemizar; porque, después del debate, cada uno sigue pensando como pensaba y, a veces, estas réplicas sólo consiguen erosionar las buenas relaciones que se deberían potenciar y mejorar; porque te admiro de verdad, por tener ese corazón tan grande, que lo mismo puede con libros que con obras de teatro; y porque sigues siendo una excepción maravillosa. Me olvido del teléfono y te dedico estas palabras sencillas y sinceras, en espera de tu aprobación.

Como tú, también desprecio el boato y el adorno excesivo. Creo que sobran los báculos y los anillos, los vestidos diseñados por Loewe, Armani, Christian Dior y Ágatha Ruiz de la Prada. Y aunque no todos son iguales ‑ni los pobres del evangelio, ayer, ni los obreros, hoy‑, entienden la ostentación que hacen los que deberían dedicarse a trabajar y a luchar por ellos y por los demás. En cambio les alaban y les votan.
¡Qué ironía!
Respecto a tu pregunta, ¿Puede la Constitución prohibir los sentimientos?
“Vamos a ver, mirad”, decía el padre Navarrete con las manos cruzadas sobre el fajín. Creo yo que los sentimientos no se pueden aplaudir ni prohibir, sencillamente porque son fenómenos psíquicos de carácter subjetivo a los que no tenemos acceso las personas normales; pero los actos que de ellos se derivan se deben prohibir y hasta castigar si perjudican al resto de individuos. Lo aclaro. No pueden tenerse en cuenta los sentimientos de los fumadores hasta que fuman y, por el hecho de fumar, perjudican la salud de los no fumadores. ¿De acuerdo? Lo malo no es el sentimiento, sino el humo.
No es censurable que un teniente coronel de la Guardia Civil albergue unos sentimientos determinados; pero si entra en el Congreso de los Diputados gritando “¡Quieto todo el mundo!”, se lía a tiros con el techo y a empujones con el General Gutiérrez Mellado, pues no se le puede imponer la Laureada de San Fernando ni dedicarle una plaza en su Málaga natal. ¿Verdad que queda claro?
Que algunos nacionalistas alemanes tuvieran sentimientos de aversión hacia los judíos, quizás era inevitable y fruto de la educación a que les habían sometido; pero los lamentables hechos que desencadenaron tales sentimientos ‑la muerte de seis millones de personas‑ se debió evitar a toda costa.
Aquí no llegamos a tanto, es verdad; pero ayer mismo, un ministro tachaba de charnego a otro ministro de su partido. En un programa de televisión, en horario infantil, un pobre bufón nos invitaba a meternos a España, nada menos que en los dídimos, entre el aplauso del presentador y de los fanáticos que le escuchaban en directo. Y no quiero pensar, porque da asco, que algún día los alumnos en alguna comunidad española tengan el deber de acusar a sus profesores del horrible delito de hablar en castellano.
No hace falta seguir. Esas faltas de educación y esos desprecios deberían prohibirse y censurarse sin tibiezas ni ambigüedades. ¿O habremos de esperar a que la situación se agrave y no haya marcha atrás?
Sigo. Cuando fracciones de ideología opuesta, rojos, verdes, rosas o morados se unen para ejercer un dominio sobre el resto de ciudadanos ‑sin tener en cuenta su punto de vista político, sino por el contrario, alimentándose de la aversión hacia el rival‑, ese fenómeno quizás sea “democracia avanzada”; pero no es el concepto que yo tengo de democracia, sencillamente, porque excluye un elemento básico y fundamental en toda democracia: la posibilidad de conseguir el acercamiento y el consenso entre grupos de diferentes ideologías a base de diálogo, inteligencia y buena voluntad. ¿O no?
Como tú, soy partidario de la lealtad, de la solidaridad y del derecho de todos a disponer de los logros que durante siglos ha conseguido nuestra sociedad; me indigna el egoísmo y el desprecio a las regiones pobres y a los que son diferentes a nosotros. Precisamente por eso, detesto que con estrategias más o menos hábiles se pretenda que “los ricos se queden con lo suyo, y el resto a repartir”. ¿O no es así? ¿Dónde están la cohesión, la ayuda y los beneficios? Que alguien los explique con detalle. Por favor.
Finalmente, hay una cuestión en la que lamentablemente tampoco coincidimos. Dices, refiriéndote a Cataluña: “Aporta más que los demás al Estado y, en justicia, también debe recibir más por su esfuerzo contributivo”. No puedo estar de acuerdo. En mi opinión, este es el error más grave. El Estado debe atender las necesidades de territorios y ciudadanos con justicia y equidad, independientemente del dinero que aporten unos u otros. ¿Verdad?
Si se impusiera la idea de que el que más aporte deba en justicia recibir más, muy pronto, en las salas de espera de la seguridad social la enfermera en vez de decir:
‑Que pase el siguiente.
Dirá:
‑Que pasen el señorito Mario Olivares o la señorita Mercedes de la Vega.
Y cuando alguno, aunque lleve seis horas esperando, se le ocurra protestar, le dirán a voces que se calle, que es un desgraciado, que no tiene un duro y que para lo que paga a Hacienda debería agradecer que le permitan esperar allí sentado y no mojándose en la puñetera calle.
Amo a Cataluña, porque aquí acogen con cariño a todo el que viene dispuesto a trabajar y a hacer las cosas bien, ya sea enseñar, hacer edificios o vender viviendas, como hago yo. Aquí no caen bien los orgullosos, ni los que desprecian el idioma y las costumbres de esta tierra. He aprendido catalán, lo escribo y lo hablo con verdadero placer, especialmente con las personas mayores que soportaron el desprecio de los que no vinieron a trabajar, sino a someter.
No se puede amar lo que no se conoce. A veces parece que Cataluña se siente esclavizada por lo que aquí se llama Poder Central y, desde fuera, algunos ven a esta comunidad como la hija ricachona y orgullosa a la que hay que atar corta para que siga en casa y no se vaya a vivir por su cuenta. ¡Qué pena! Si contempláramos a Cataluña como objeto de amor; si algunos políticos dejaran de pensar que, gracias a Cataluña, España vive en una eterna fiesta; si unos y otros se acercaran con voluntad de conocerse, con espíritu generoso, olvidando pasadas ofensas y dispuestos a luchar juntos por un proyecto noble y ambicioso, otro gallo nos cantaría.

¿Lo ves, amigo Diego? Hay cosas en que coincidimos y otras en las que nuestro punto de vista es diferente. Como debe ser. No espero que mis ideas modifiquen los criterios de nadie. Sé que es imposible. He intentado evitar que en el debate se colaran sombras de tristeza. ¿Lo he conseguido? Debo seguir con mi trabajo. Conoces de sobra mi admiración y mi cariño hacia ti,  y me consta que las palabras de ánimo que me dedicas son auténticas y sinceras. Por eso, te deseo lo mejor y te envío, desde esta tierra maravillosa, un abrazo fuerte y sentido.

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Publicado en: 2006-02-02 (62 Lecturas)

 

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