Una ausencia que lamento

Tal vez sean las seis o siete de la tarde de este sábado 21 de septiembre. Me ha llegado el turno de dirigiros la palabra. Lamento que no os llegue mi voz (espero estar camino de Madrid). No he podido cumplir con dos compromisos que parecían compatibles en un principio. Mi participación como conferenciante en el Congreso Internacional de Pedagogía Social de Salamanca me ha retenido en la mañana de hoy.

Tras las excusas y justificaciones, mi reconocimiento y aplauso al trabajo, ilusión y cariño de Dionisio. Él fue como una especie de regalo de la promoción del 66. Después de 36 años, tal vez se haya erigido en la energía necesaria para mantener la llama de aquella promoción —aunque con muchos matices de intensidad en las relaciones—.
Finalmente, y para concluir mi introducción, espero que os haya dado un fuerte abrazo de mi parte. He intentado visualizar el momento y la emoción ha aflorado en mis ojos. Lo que sigue tal vez no tenga el calor de una exposición presencial, pero sí que he intentado ser sincero conmigo mismo.
LA EDUCACIÓN QUE RECIBIMOS ¿FUIMOS UN GRUPO DE ÉLITE?
Por mucho que intentemos contextualizar nuestras ideas en un periodo histórico ya lejano, aparecen nítidamente los hechos y sus posibles valoraciones. Estas últimas, influenciadas, sin duda alguna, por los múltiples procesos de racionalización acontecidos a lo largo de mi actividad profesional. Perdonadme si me paso.
1. Fuerte selección de ingreso. ¿Recordáis el día? Yo sí. Tal vez porque había vivido la experiencia, unos meses antes, de tres días de exámenes eliminatorios en Jaén para acceder a una beca de estudios en los Maristas. Convocaba la Diputación seis becas. Mis padres supieron tiempo más tarde (curiosamente a través del inspector Vilaplana) que había quedado el séptimo. Tal vez no respondí correctamente en la última prueba (me pasaron el test de Rorschach —años más tarde lo identifique como tal—). Agradezco al destino (no se me ocurre otra invocación) el haber fallado. No quisiera otra trayectoria diferente para mi experiencia vital: Safa — U. Barcelona (siempre aunando trabajo y estudio) — Mercedes (mi esposa) — Estados Unidos — U.Barcelona — Elena y Esther (mis hijas) —. Una carrera académica reconocida, aunque tal vez falta de más compromiso social y político. Hoy, con 56 años y 16 años de catedrático, continúo creyendo y trabajando por mejorar la educación de Cataluña, de España. Perdonadme la digresión, era una manera de presentar mi C.V.
¿Qué opino de estas prácticas de selección a los 10 años? Tal vez lo mismo que vosotros. ¿No? Una completa aberración. ¿Mal necesario? ¿Ignorancia? Si se pretendía captar a una élite intelectual (¡qué concepto de inteligencia subyacía!), siempre me ha asaltado la misma duda: si se cuidaba tanto la selección, cómo fue posible que en la promoción del 66 sólo quedásemos 14 (?) de los más de setenta que iniciamos aquel 1956 la “Preparatoria”. ¿Qué evaluación obtendría hoy el sistema desde la perspectiva de la eficiencia? ¿Dónde situaríamos las atribuciones del fracaso? ¿Qué mensaje se nos daba a los que quedábamos? Éramos los mejores.
2. El proceso educativo: aprender “a pesar de”. Sin duda alguna, una de las creencias más arraigadas en una parte del profesorado es aquella que considera que la calidad del aprendizaje está en relación directa al esfuerzo personal del estudiante y a la “dureza o dificultad” del programa de estudios. ¡La exigencia pone a prueba a los buenos! ¡Quien sale airoso de su formación está preparado para cualquier reto futuro! He querido traducir a estas máximas algunos de los planteamientos educativos que vivimos: era muy importante saber y poder aguantar ocho horas de “estar estudiando” (cuatro clases y sus correspondientes horas de estudio).
Así nos estrenábamos para afrontar los seis meses de estudio del anhelado “octavo de Magisterio”. Preparar unas oposiciones era, después, pan comido. Aún recuerdo la sorpresa de mis compañeros y compañeras de universidad cuando se preguntaban cómo era capaz de aguantar dos y tres horas de estudio continuado en la biblioteca, tomar los apuntes “ordenadamente” y, sobre todo, hacer aquellos esquemas de los temas. No sabían la práctica que uno llevaba “a cuestas”. Había conseguido el distintivo de la diferencia. Pertenecía al grupo de los elegidos. Pero no había realizado trabajos en equipo, consultado en las bibliotecas, realizado trabajos de campo y usado los laboratorios. Eso sí, me habían leído las notas en público y los éxitos incrementaban, quincena tras quincena mi autoconcepto. Los otros (los no elegidos) recibían otro tipo de refuerzo. ¿Qué pensarán ahora? La competencia estaba servida; eso sí, una competencia intelectual.
¿Qué recuerdo de la metodología docente de mis profesores? ¿Qué he podido trasladar a mi práctica docente en la universidad? Confieso con sinceridad que muy poco. Otra cosa muy distinta fue la “acción tutorial” de algún profesor y sobre todo, la relación entre compañeros. La calidad de la materia prima —seleccionada curso a curso por la exclusión de los que no daban la talla— y las condiciones de exigencia de resultados explican buena parte de la calidad del producto final.
3. ¿Qué hemos producido con nuestro potencial de miembros de un grupo de élite?
Es el momento de la reflexión, del tan conocido “examen de conciencia”; en términos modernos, autoevaluación. No seré yo quien señale los indicadores de nuestra productividad. Espero que, por salud mental, no nos centremos en los aspectos estrictamente profesionales. Sin embargo, sí que considero necesario, como integrantes de una colectividad dedicada a la educación, a la formación de otros, que examinemos si a lo largo de nuestra práctica profesional hemos intentado reproducir el modelo que tuvimos. Sinceramente he de confesaros que yo no lo he intentado. Por supuesto que ha impregnado mi ser y existir, pero he luchado por reconstruir un nuevo modelo en donde la selección, competitividad, exclusión, esfuerzo individual… no fueran sus ingredientes fundamentales.
Permitidme un recuerdo para los que comenzaron y no terminaron, los que eran merecedores de una segunda oportunidad y no la tuvieron; los que no pueden hoy reunirse aquí pero tal vez hayan logrado reunir a otros muchos en otros lugares y momentos. El liderazgo en los diferentes niveles y sectores de una sociedad se basa en algo más que en el obtener buenos resultados académicos. Sería un gran fracaso que como grupo hubiésemos perdido la conciencia social: aquí sí que me siento identificado con tantas y tantas horas de escucha y reflexión con personas que hoy están ahí presentes y que no nombro por no excluir, distinguir a otros. En mi memoria permanecen.
Gracias a todos vosotros. Gracias Dionisio por ser mi portavoz.
29-03-10.
(79 lecturas).

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