Aquellos viajes de estudios de los sesenta

Ayer mismo unos chiquillos me ofrecieron unas papeletas para su viaje de estudios del 2003.
Recuerdo con nostalgia infinita cómo fueron los nuestros. Tras el último oscuro de Escuadra hacia la muerte, en los camerinos y con las primeras 5 000 pesetas del taquillaje, hablábamos con don Jesús hasta dónde podríamos ir. Fue el inicio de unos viajes auténticos de estudios donde, bajo el asesoramiento enriquecedor de nuestro MAESTRO, íbamos a llenar las mochilas de una cultura y de unas experiencias inolvidables. La falta de medios económicos, la voluntad de vivir por nosotros mismos nos hicieron desarrollar el ingenio para sobrevivir, y de qué manera, en circunstancias adversas; pero las anécdotas, por simpáticas que sean, no pueden empañar el cristal transparente de unos hechos consumados.

Quién de aquella difícil época puede contar como nosotros lo que aprendimos en aquellos viajes. Los que creíamos entonces que el final de trayecto era la estación de Linares-Baeza, cómo disfrutamos recorriendo, aunque fuera en autoestop, miles de kilómetros. Quién, con quince o con diecisiete años, tenía la ocasión de conocer religiosamente (pedíamos pan y techo) casi todos los monumentos de la nación. Desde las Cuevas de Nerja hasta las de Altamira, pasando por el Palacio Real en Madrid, El Escorial, el Valle de los Caídos, el Puerto de Navacerrada, la Granja de San Ildefonso, Segovia con su Acueducto y su Alcázar, Valladolid —la patria chica de don Jesús— con su catedral y museos y Burgos con su catedral y sus dos monasterios: la Cartuja de Miraflores, donde oramos sobre las tumbas del rey Juan II y de su esposa Isabel de Portugal; y el de las Huelgas Reales.
Capítulo aparte fueron nuestras estancias en Comillas, en su Universidad Pontificia, donde algunos recordaban a don Jesús como el padre Burgos. Desde allí visitamos a los monjes trapenses de Cóbreces y San Vicente de la Barquera, Oyambres, Santander, con el Palacio de la Magdalena, lugar de veraneo de reyes y magnates, cuando nosotros éramos villanos y económicamente débiles. Después sería San Sebastián, lugar elegido por el Generalísimo Franco para sus vacaciones estivales, que comenzaban el día de san Ignacio, el 31 de julio, cuyo santuario en Loyola nos hacían abandonar unas horas antes.
Cuando España se nos quedaba pequeña estaba Francia “haciendo dedo”, con más suerte que Albert Camus, que dicen que murió en la carretera con una mano extendida. Hicimos estación en Lourdes, adonde llegamos desde Tarbes en tren. Zaragoza y su Basílica del Pilar, Castellón, Valencia, Benidorm, adonde llegaban los primeros turistas millonarios, y nosotros, que sabíamos tener el pie en la tierra, en la arena de la playa y hacíamos nuestras las palabras de Benavente en Los intereses creados: en toda ciudad hay dos ciudades; una para los que van con dinero y otra para los que van sin él.

Ahora, cuando otros adolescentes preparan con ilusión sus viajes de estudios, quizás al Caribe o a Bali, no puedo por menos de recordar, recordar con infinito cariño, a aquellas personas que me acompañaron y que han hecho ya su último viaje. Jamás podré olvidar, Jiménez y Malpesa, los mil y un días entrañables a vuestro lado… Y desde el cielo seguramente recordaréis nuestros viajes de estudios de los sesenta.

29-03-10.
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