«Aptíssimi»

Transcurría el segundo año de mi estancia en el colegio y ya me empezaba a acostumbrar a la vida del internado. Conocía perfectamente las oraciones y las normas de disciplina; mis notas eran más que aceptables, sabía hacer la cama, y la comida había dejado de ser un problema como al principio. Como podía, me las arreglaba para terminar mi plato, cuanto antes, con el fin de evitar castigos y humillaciones. Advertía que los profesores toleraban mejor mis pequeñas faltas y me sentía aceptado y valorado hasta en deportes; tanto, que, en un par de ocasiones defendí la banda izquierda del Recreativo, segundo equipo del colegio. Jugar en el Invencible estaba reservado a las estrellas y, evidentemente, ése no era mi caso.

Cada año, antes de la llegada de la primavera, hacíamos Ejercicios Espirituales. A nuestra edad, hacer Ejercicios Espirituales significaba pasar tres días sin ir a clase y en silencio absoluto aunque, eso sí, comiendo algo mejor. Por la mañana, después del desayuno, teníamos la primera meditación en la capilla; luego, descanso, otra meditación, otro descanso… y así, entre descansos y meditaciones, pasaban los tres días. En el tiempo libre, buscábamos rincones ocultos entre los setos del jardín y, a solas, leíamos vidas de santos, generalmente jesuitas. A los más pequeños, sobre todo, nos encantaba conocer las aventuras de aquellos hombres que viajaban por todo el mundo, fundaban escuelas y hospitales, aprendían el idioma de los nativos, trataban con reyes poderosos y terminaban siendo quemados o descuartizados por algún brujo, comido por la envidia. Aquellos episodios se grababan con especial fuerza en nuestras mentes infantiles. Algunas noches, soñaba que iba en un barco rumbo a África a bautizar negros y unos piratas portugueses nos abordaban y arrojaban a los tiburones.

Tal huella dejaban en mí estas aventuras que, durante las vacaciones, relataba estas historias a mi madre y a mis abuelos después de cenar. Ellos me escuchaban atentamente con cara de preocupación y se miraban de reojo de cuando en cuando. A veces, me decían que esas cosas ya no sucedían, que lo realmente importante era estudiar, terminar una carrera y ganar mucho dinero para ser una persona rica e importante. Yo les contestaba que, “de qué me serviría ganar todo el dinero del mundo si perdía mi alma”. Que yo quería ser tan santo como San Juan Berchman, que nunca cometió ni siquiera un pecado venial, y que en el colegio tenían razón cuando nos decían que si en las misiones hubiera minas de oro todos los hombres querrían ir; sin darse cuenta de que las almas de los chinos, los negros y los infieles eran mucho más valiosas que el oro y las riquezas.

Entonces, mi madre se ponía muy triste y mi abuelo la consolaba diciéndole que no me hiciera caso, que eran cosas de la edad y que cuando fuera mayor ya cambiaría. Los niños… ya se sabe. Y me mandaban a dormir.

También nos decían, durante los Ejercicios, que el Papa se confesaba a diario; por eso yo también lo hacía, hasta en vacaciones; aunque sólo los domingos por la mañana. En la comunión pedía por mi abuelo, que nunca iba a misa porque creía que eso eran cosas de niños y de mujeres; y por mi tío Luis, que decía que a la Iglesia sólo debían ir los malos a pedir perdón por sus pecados, que los buenos, como él, no necesitaban ir a misa ni confesarse. También rezaba por mi tío Antonio que era herrero y, además de no ir a misa, trabajaba los domingos por la mañana, que ya era el colmo; y que, si seguía así, se iba a condenar sin remedio y luego ya no habría solución. Él, seguramente, nunca había pensado en lo larga que era la eternidad, pero yo sabía muy bien que nunca se terminaba. Me gustaba mucho ir a la fragua y verle trabajar. Con suma atención le observaba calentar el hierro hasta que se ponía rojo y golpearlo en el yunque con el “macho” ‑que era un martillo enorme‑ para darle la forma que previamente había dibujado en una plantilla de cartón o de madera. Cuando alguna vez le saltaba una chispa y se quemaba, decía un pecado muy gordo, metía la mano en un bidón de agua sucia, apretaba los dientes y, refunfuñando, seguía golpeando el hierro cada vez con más fuerza. Yo aprovechaba la ocasión para decirle que se imaginara lo que sería pasar toda una eternidad ardiendo entre hierros, al rojo vivo, por haber dicho aquellas palabrotas que eran un pecado descomunal. Y entonces, muy enfadado, me decía que me fuera de allí inmediatamente, que me iba a manchar y que no quería volver a verme por el taller, porque era como el rabo de una lagartija.

Cada día veía más claro que mucha gente de mi pueblo iría al Infierno sin remedio. Esto me preocupaba, pero yo sólo podía rezar por ellos, sin que se notara, para no hacerles enfadar. Otro que casi seguro se condenaría era Ramón “El Mella”, llamado así porque un día, en un arranque de rabia, mordió la oreja de su borriquilla y el animal al tirar, en un intento por liberarse del bocado, se llevó varios dientes de Ramón clavados en la oreja. Ramón “El Mella” vivía en la parte alta del pueblo, en una casa muy humilde al lado de las cuevas. Su capital era un pequeño huerto junto al río y aquella burra vieja y esquelética, con ojos de cansada. Por las tardes, de vuelta a casa, la burra, cargada hasta los topes de patatas, pepinos y tomates, no podía subir la cuesta y se paraba con frecuencia. Entonces, Ramón se ponía hecho una furia y golpeaba al animal gritando:

—¡Arre burra! ¡Me cago en D…!

Los gritos se oían en todo el pueblo. Una tarde, doña Rosa, la mujer del Brigada, presenció la escena y por la noche le comentó el hecho a su marido. Al día siguiente, una “pareja” condujo a Ramón hasta el Cuartel de la Guardia Civil, en donde le esperaba don Juan, el Brigada. Los detalles del encuentro no transcendieron a la opinión pública, pero desde aquel día, Ramón, cuando la burra se paraba, no la golpeaba con tanta fiereza. Simplemente le increpaba en tono convincente:

—¡Arre burra! ¡Que ya sabes lo que te quiero decir!

Faltaban pocos días para el final de curso, cuando recibí carta de mi madre anunciándome su visita. No me decía el motivo de la misma, lo cual no era de extrañar porque como abrían nuestras cartas, nos limitábamos a decir que «estoy muy bien y tengo muchas ganas de veros. Enviadme una o dos pesetas, que necesito una pluma “corona” para la clase de caligrafía». Besos, recuerdos y poca cosa más.

No sé si la idea de ver a mi madre supuso para mí una gran alegría, o no, dado el bloqueo afectivo en el que nos sumía aquel ambiente opresor, escaso de libertad y sobrado de vigilancia, al que constantemente estábamos sometidos en el internado. Cada mañana, después de misa, salíamos de la capilla en riguroso silencio, atravesábamos lentamente el patio de columnas y los escalones de mármol blanco, luego girábamos hacia la izquierda y siempre en filas y en silencio nos dirigíamos hacia el comedor.

Aquel día, al salir de la capilla, a la izquierda, frente a la ropería, observé cómo, al verme, se llenaban de lágrimas los hermosos ojos de mi madre. Era delgada, pálida, esbelta y aún vestía de negro, a pesar de que habían pasado ocho años ‑casi los mismos que yo tenía‑ desde la muerte de mi padre. Salir de la fila estaba prohibido y, por supuesto, hablar. Esperé la autorización de don Rogelio para dejar la formación y recibir su abrazo lento, sentido y silencioso. No dijo nada. Si acaso, un «¿Cómo estás hijo?». Y mi respuesta: «Bien».

Volví a las filas enseguida, antes de que empezara a servirse la leche caliente y el pan con mantequilla del desayuno. A la salida del comedor disponíamos de un descanso de diez minutos que, generalmente, utilizábamos para ir al lavabo. Después, formábamos en filas, otra vez, para cantar el himno nacional e izar bandera. Seguidamente, y por supuesto en filas y en silencio, pasábamos a las aulas y daba comienzo la primera clase de la mañana.

Durante todo el día, no volví a ver a mi madre. Una vez terminada la jornada escolar, don Rogelio me dijo que bajara a la salita contigua a la capilla. Preocupado, sin entender la razón de aquella visita inesperada, recorrí muy despacio el camino que conducía hasta el patio de columnas, dejando atrás la algarabía de compañeros que empezaban a jugar a La Bandera.

Junto a la ropería, había una sala oscura y silenciosa, con una mesa vieja de nogal y hierro forjado en el centro y seis sillas casi negras alrededor, con asiento de esparto trenzado. Las paredes estaban adornadas con cuadros de santos pintados al óleo en actitud suplicante y arrobo místico. Ella, con apenas treinta años, joven, muy guapa aún, silenciosa y triste, me miraba incapaz de fingir una alegría que en modo alguno podía sentir.

Hijo, ¿a ti te gustaría ser jesuita?

¿Por qué? —contesté yo.

Porque me ha dicho el padre que tú podrías ser un buen jesuita.

—Y ¿qué le has contestado?

Le he dicho que a mí no me importaría que fueras sacerdote si los dos viviéramos en un pueblo. Sería la madre del cura, te cuidaría y ayudaría a limpiar la iglesia y a coser y bordar los hábitos y los manteles. Él se ha echado a reír; por eso, le he dicho también que los jesuitas son muy peligrosos, que no se conforman con estar aquí, en los pueblos de la provincia de Jaén, que les gusta ir al Japón y a las Indias para que los maten, los quemen o los echen al mar. Que tú aún eres muy pequeño pero, de todas formas, si están seguros de que “prometes” pues… que ellos sabrán mejor que yo lo que te conviene. Entonces, el padre, muy serio, me ha asegurado que a tu edad te adaptarás perfectamente al noviciado y que tampoco me preocupe por los gastos de la ropa y los libros.

Ambos quedamos en silencio por un momento, mirándonos a los ojos. Finalmente, como si no fuera capaz de articular las palabras, y tras un enorme esfuerzo, consiguió decir:

Lo que menos me ha gustado es lo que ha dicho al final. Que si te vas, no volveremos a vernos nunca más. Sólo… el día en que yo muera.

No pude aguantar más. Como niños, ‑ella sin duda, también lo era‑ nos abrazamos llenos de sentimiento y de tristeza. Me besó muy fuerte. Sus lágrimas se mezclaban con las mías y resbalaban cálidas y agradables por nuestras mejillas.

Se hizo tarde. Ella desapareció tras la gran reja acristalada del patio de columnas, pensando que posiblemente había besado a su hijo por última vez. Yo volví con mis compañeros que rezaban el rosario en el salón de estudio. A medida que me aproximaba, oía, monótona e intensa, la letanía. La cena y las oraciones de la noche pusieron fin a aquel día tan especial en el que alguien creyó que a pesar de mis escasos veintitrés kilos de peso y mis poco más de siete años, yo podía llegar a ser un “aptissimi”, voz latina con que los primeros jesuitas designaban a los jóvenes que querían atraer y que siempre eran lo mejor de lo mejor en materia de talentos, en Europa y más allá.

Barcelona, 7 de Junio de 2006.

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