«Concierto de Aranjuez» de Rodrigo

El maestro Rodrigo muestra su peculiar estilo compositivo —en parte de formación francesa, especialmente dirigido por Dukas—, sin renunciar a detalles de algunos de nuestros músicos nacionalistas. Generalmente, limita sus objetivos a crear una atmósfera española, colorista y agradable, donde no faltan los elementos folclóricos y las referencias al pasado, pero sin llegar a la profundidad de Falla. En un sentido amplio podemos considerar a Rodrigo como un neoclásico, llamado en un tiempo a rescatar lo perdido en el lapso de nuestra contienda civil. Él mismo define su música de la siguiente manera:

Yo siempre pretendo escribir una música muy clara, muy latina, y sobre todo sincera. No he buscado nunca halagar al público, pero me gusta que al público le guste. Yo nací al mundo de la composición en la época en que el impresionismo ya no se discutía, época en la que nacía una nueva música con las primeras obras de Stravinsky, a las que yo añadiría, en mi opinión, el “Retablo de Maese Pedro” de Falla. Todo esto, unido a mi formación musical en París, hace que mi música refleje todas esas tendencias. He procurado conseguir una armonía entre la inspiración y la forma, en una fusión del regusto por las viejas músicas, algo que yo he llamado “neocasticismo”.
El Concierto de Aranjuez es la partitura más universal de la música española, valorado por todos por su estructura formal y extensa paleta orquestal. Se trata de una página que mira al pasado al que en tantas ocasiones nos conduce el maestro Rodrigo. La música no responde a programa alguno; en todo caso nos sitúa en la España goyesca con sus majas y toreros que “conviven” con la aristocracia. El maestro saguntino hace la misma mezcolanza con nuestro instrumento más auctóctono de la música popular, pues en el Concierto conviven el punteado más refinado de la antigua vihuela y el rasgueado de la guitarra morisca, más popular, a los que añade espectaculares escalas. La delicadeza de la orquestación no sólo expresa el ambiente deseado por el compositor, sino que resuelve el problema del balance sonoro entre la frágil guitarra y el peso de toda la orquesta. La guitarra es, a menudo, acompañada por un instrumento (el violonchelo en el primer movimiento, y corno, oboe y fagot en el lento central, son asistidos por las cuerdas, a veces en pianísimo, otras en pizzicato).
Escrito en París al final de los años treinta, fue estrenado por el guitarrista Regino Sainz de la Maza en Barcelona el 9 de noviembre de 1940, siendo director de la orquesta César Mendoza. Fue recibido con cierto entusiasmo por los más patriotas (eran unos tiempos especiales) y el éxito mundial no tardó en llegar.
La guitarra abre el Allegro con spirito con unos rasgueos de acordes que repiten un esquema armónico simple a un ritmo que casi se podría emparentar con las bulerías. Establecido el ambiente, los violines entonan la melodía principal tras la que vendrán los adornos y escalas rápidas para lucimiento del solista. Abundan las alternacias: la tradicional entre solista y orquesta; acordes y melodía de guitarra y violines; y el constantemente presente juego rítmico producido por la hemiola, (mezcla de ritmos binarios y ternarios), tan rica y típica de nuestra música.
El Adagio, que comienza el corno inglés acompañado de suaves acordes arpegiados, es puramente lírico y nostálgico. Los arrebatos anteriores se vuelven recatados. Hay un pulso constante que mantiene la unidad del movimiento. Hay quienes aluden a la saeta y quienes se refieren a la muerte de un hijito del compositor. Ahora la guitarra muestra su cara intimista en un diálogo con el resto de los instrumentos solistas. Tras la cadencia, la orquesta enuncia el tema en un tutti emocionado que nos devuelve al mundo luminoso del comienzo. Se respira la belleza, aunque la línea melódica es rudimentaria, y siempre de carácter netamente popular. Sería pretencioso pedir fuerza sonora, pues lo hermoso de la partitura está en la “ligereza e intensidad de los contrastes”.
El allegro gentile es una danza cortesana, dieciochesca, con ritmos yuxtapuestos, y casi siempre en stacato, que adopta la forma de un rondó. Tras una importante presentación, el movimiento y la obra terminan suavemente (“sólo tan fuerte como una mariposa”), según sugerencia del propio compositor.
29-05-04.
(74 lecturas).

 

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