Esta no es mi torre

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

Muy acertado este artículo de Ramón Quesada, en el que hace una crítica de la reparación a la que fue sometida la torre de poniente de la fachada principal de nuestro famoso Hospital de Santiago, a finales de la década de 1980. Existe constancia de alguna que otra reparación de las torres del monumento, desde que se construyera allá por el año 1575 y que refiere Ramón en este artículo; intervenciones, sin duda, con atinado acierto, guardando la configuración constructiva original, nada que ver con la última que ha “sufrido” y que es la que ha dado lugar al presente escrito.

Recordar también que el lector se encuentra con la mención del convento de san Nicasio, pudiendo quedar descolocado al ignorar que se trata de la actual plaza de toros, próxima al Hospital, que fue construida en el solar de este beaterio, utilizando las piedras de otra institución monacal: el convento de san Antonio, que estuvo ubicado en las proximidades de la almazara de las Montalvas, en la carretera de Jódar.

«Otro día fuimos, en diligencia, de Baeza hasta Úbeda. Nada más salir, las erguidas torres de Santiago fueron nuestro norte y nuestro guía». Azorín.

Metiéndome la otra noche en la cama, a una hora poco inusual en mí, para sudar un incipiente resfriado con leche bien caliente, una gragea para contrarrestarlo y, por supuesto, nada de brandy, harto de toser, al final quedé como un bendito y soñé. Soñé que, en una de las ventanas más elevadas del convento de San Nicasio, se encontraba el prócer hijo de Úbeda, don Diego de los Cobos y Molina, observando las últimas obras de las torres principales del Hospital de Santiago, edificio costeado a sus expensas para enfermos de bubas. Más de una docena de obreros, sobre un burdo andamiaje de tierra y madera, se dedicaban a la tarea de ultimar la cúpula de la torre de Poniente de la fachada principal, habiendo reprochado antes el presbítero al arquitecto Andrés de Vandelvira que una de las torres de la parte trasera, la de Saliente, quedara algo más ancha que su hermana gemela. A lo que contestó el maestro de obras que ello se debía a un error en los cálculos de cimentación, sin la menor importancia, y que Úbeda tendría torre para rato. No sé equivocó, ya que la dicha torre, muy conservada, tiene una antigüedad de cuatrocientos catorce años.

Ya en vivo, despejado de mi sueño y de mi sopor, me fui derecho al tomo, correspondiente al año 1923, de don Lope de Sosa y leo: «El ilustre arquitecto del Ministerio de Instrucción Pública, don Antonio Flores Urdapilleta, encargado de estos trabajos, los ha dirigido; y se han llevado a cabo hasta donde permitía la cantidad asignada para ellos. Es decir, hasta desmontar la techumbre y muros del piso superior de la torre izquierda, que es la que más urgente remedio precisaba. Que la cantidad con que el Estado ha acudido para esa necesaria y deseada reparación es escasa, no es necesario decirlo… Y abona tanto más esa conveniencia y esa urgencia el hecho de que, empezada ya la reparación, el retraso perjudicaría la torre desmontada y no favorecería a la torre Este que también ha de ser reparada». Se refiere el texto, claro está, a las torres del bien conocido por “El Escorial de Andalucía”; o sea, el Hospital de Santiago.

Este, al que cita la prestigiosa revista jiennense, indica que diversos intentos y a veces alguna que otra restauración con mejor o peor fortuna, han sufrido en su historia las susodichas torres de este monumento, gloria del más puro renacimiento andaluz. Esta de ahora, a la que según se dice seguirá la rehabilitación de la segunda, con cimborrio restaurado en la posguerra, que no pongo en duda haya seguido unos principios basados en la mejor intencionalidad y en la pericia de expertos profesionales, es, en mi modestísima opinión, la menos favorecida en cuanto a estructura, estilo y matiz de las tejas de cerámica que forman la cúpula.

Por edad, no puedo recordar el remate de origen de la torre en cuestión; pero tengo, en mi poder, fotografías del recién desaparecido José Ventura que muestran, bien a las claras, la diferencia de la cúpula de la torre primitiva con esta ahora acabada. No obstante, no me aparto de una conformidad restringida, pensando que mejor está así que antes; pero quedo esperanzado en la idea de que alguna vez se llegue a conseguir su perfecta y fiel restauración que, por supuesto, muchos de nosotros, si llega, no veremos. Pues si la catedral de Jaén hace a Jaén, la fuente de Santa María a Baeza, las minas a Linares, la Virgen de la Cabeza a Andújar y el olivar a Martos, las torres de Santiago y la del Salvador hacen a Úbeda; y esto, la verdad, hay que tenerlo en cuenta. Razono con Fermín Vegara: «Sabido es lo que para el ubetense representan las torres de Santiago. Simbolizan la mano amiga que se levanta para despedirnos, o para hacer el cordial saludo de llegada». Acompañando esta pasada Semana Santa a un buen entendido en arte, valenciano por más señas, que deseaba ratificar “sobre el terreno” la fama de Úbeda como ciudad eminentemente monumental, al acercarnos al Hospital de Santiago y después de admirarse de este extraordinario cúmulo de piedras labradas, dando la razón a todo cuanto había leído y oído, no tuvo el hombre más remedio que sorprenderse al ver la torre recientemente remodelada y, asiéndome del brazo para que me detuviera, me dijo: «Por mucho que nos distanciemos, de esta torre del mejor Renacimiento, para observarla con mayor perspectiva, su cúpula no puede negar la desviación de la de origen». Se maravilló del resto del edificio; pero yo, como ubetense, quedé bastante contrariado por su juicio. Me dolió; la verdad.

(25‑04‑1989)

 

almagromanuel@gmail.com

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