Nada cambia

Por Mariano Valcárcel González.

Mi formación ha sido católica, indudable, por tradición y por estudios. Y porque, en realidad, era la única religión reconocida en la España nacional-católica de Franco.

Ni me desdigo de ello ni pido perdón, ni acudiré a representaciones de renuncia o apostasía. Asumo lo que fui y lo que en su momento creí y practiqué. Algo queda siempre. Así nos andaremos muchos y no me creo una excepción. Por ello, todo lo que tiene que ver con el catolicismo, especialmente el español, me afecta y me interesa. Y lo observo y lo intento analizar y comprender… A veces, las más, sin éxito; es cierto.

Sí, para mí, la Iglesia Católica Española (ya no sé si se incluyen, en la misma, las Iglesias Vasca o Catalana, que poco de católicas debieran tener cuando establecen tantas distinciones y diferencias con sus “hermanos” españoles) resulta incomprensible. Me refiero, claro está, a la institución como tal y no a cada católico en particular (que allá cada cual con sus creencias, prácticas y obligaciones). Claro, que cada grano hace el granero.

Creo que la Iglesia Católica Española es muy refractaria a revisarse, a analizarse, a replantearse su trayectoria histórica. Digamos que, en puridad, se niega a hacerse un examen de conciencia (como tanto exige por el contrario a sus fieles). ¿Está satisfecha la jerarquía católica de su transcurrir histórico?, ¿no tiene nada que preguntarse acerca de ciertas constantes en su conducta política o social?, ¿nada de errores de los que aprender, de los que avergonzarse…? ¿Son tan ciegos, o tan fanáticos, como para no darse cuenta de nada de lo ocurrido o que ocurre; nada de donde extraer ciertas consecuencias?

Por supuesto que deberemos aceptar que la historia acomoda y explica cada periodo, que se debe analizar de acuerdo con los parámetros de su tiempo, no del actual, para no incurrir como mínimo en anacronismos. La Iglesia Católica presume de vivir “en los tiempos”; no es ajena al actual. Vale. Pero se arraigaron tanto las viejas formas, los viejos modos e ideas, que son muy difíciles de erradicar; si no es que no se quieren erradicar; tan cómodas le son. El apego al poder temporal es muy fuerte; tanto, que en realidad significa el dominio de este mismo poder. La Iglesia como poder. Un chusco ejemplo lo define: el admitir medallas y nombramientos civiles o policiales para sus imágenes. Esta preferencia esencial por el poder tradicional, encarnado en la derecha, como si esta derecha fuese la única garante del discurrir de la institución (porque además es que así se garantiza también la pureza doctrinaria) está tan arraigada que apenas si la deja variar; es como si la Iglesia se empeñase por sistema en apartar de sí a la parte de españoles que militan o simpatizan con la izquierda. Aunque también es verdad que sectores de esa izquierda no expresan ninguna simpatía por lo que signifique religión o Iglesia; ¿pero podríamos afirmar que en la derecha no existen quienes tampoco están muy en la estela dicha? (al menos, en tiempos de antes del nacional‑catolicismo, sí los había).

Así, durante siglos, la tónica fue el arrimo al poderoso (y poderosa ella misma) en detrimento del pobre, del trabajador, considerados como mero rebaño, sujeto al pastoreo condescendiente. La doctrina del fundador, completamente olvidada. Siendo esto así, en esta España de contrastes, de vez en cuando se producían explosiones de cólera contra seres, bienes u objetos eclesiásticos, indiscriminados e irracionales; y, muchas veces, criminales e injustos. Nada se aprendió.

La Iglesia católica española no aprendió nada de la historia (y, si lo hizo, no sacó las consecuencias oportunas); me da que sus dirigentes no tenían una capacidad intelectual a la altura, lo que es una pena y dice mucho de sus actos. Así que, en cuanto hubo ocasión, simpatizó o colaboró con los alzados contra la república, lanzándose en los brazos de quienes le garantizaban el retorno a la anterior y tradicional situación de privilegio. Incluso, en actitud poco acorde con su predicación, azuzando y alimentando la represión vengadora. Pagaron para ello el privilegio blasfemo de pasear bajo palio (cual Santísimo) al general vencedor, grandísimo beato.

Caridad, perdón… Atraerse libremente, por ejemplo y convicción, a los que fueron sus enemigos, o a esas “ovejas descarriadas” del proletariado, apenas si entró en las mentes de algunos sacerdotes o miembros del cuerpo creyente. Que, por ejemplo, Villoslada tratase, a su manera, de hacer algo por los obreros y jornaleros andaluces, atendiendo a la educación de sus hijos, se podría decir que era una acción y lucha personal y nunca oficialmente asumida por la jerarquía. No existieron esos planes.

Hubo un tiempo en que ello pareció posible. Y se pedía el paredón para el cardenal Tarancón o se aliaban los clérigos en hermandades o congregaciones muy conservadoras. Espejismo. Pues, prontamente, el aire fresco fue contrarrestado. Y se volvió a lo de siempre. Al control del poder terrenal y a meras formas externas, procesiones a mansalva y, por cualquier motivo, brotes de asociaciones muy conservadoras y revisionistas de las reformas convertidas prontamente en nuevas órdenes de feroz proselitismo. Algunas de estas eran fundadas, ahora lo sabemos, por verdaderos indeseables que no fueron identificados a su debido tiempo (porque convenía su extremismo doctrinario). Sus escándalos sexuales o económicos van siendo conocidos. Como van siendo conocidos los excesos (casi siempre abusos sexuales, ¡qué tara en sus mentes!) que se trataron siempre de ocultar.

Vuelta la rueda de la historia a pasar por ahí, se reencontrarán los siempre actores de este drama español. Inmutables.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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