La actitud de Cervantes ante la expulsión de los moriscos, 04b

Aunque se manifiesta un contraste entre la moral cristiana y la islámica, se aprecia una cierta coincidencia: «cada uno en sus asuntos»; esto es, el peso moral, autorresponsable e intransferible de la pureza de alma de uno ante Alá y no ante los demás, meros espectadores del Dictamen Supremo. No hay pues intercesores en el juicio hombre‑Dios, sólo uno mismo con sus palabras, acciones y pensamientos. Así, en el Corán leemos:

«Lo bueno que te sucede viene de Alá. Lo malo que te sucede viene de ti mismo. Te hemos mandado a la Humanidad como Enviado. Alá basta como testigo». (Corán, Sura [cada una de las lecciones o capítulos en que se divide el Corán] IV, versículo 79).

No dudará pues la argelina en despedir a su padre:

«Todo lo cual escuchó Zoraida, y todo lo sentía y lloraba, y no supo decirle ni respondelle palabra, sino: “Plega a Alá, padre mío, que Lela Marién, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella te consuele en tu tristeza. Alá sabe bien que no pude hacer otra cosa de la que he hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues, aunque quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible, según la priesa que me daba mi alma a poner por obra esta que a mí me parece tan buena como tú, padre amado, la juzgas por mala”» (41, I).

La novela insertada del Cautivo no es materia amorosa, ni siquiera esa moral contrarreformista y tridentina que se respiraba en otras obras del héroe de Lepanto en su teatro, donde la castidad y rigidez moral son mayores (como observamos en Los baños de Argel). Zoraida es una conciencia que se quiere expandir, autoafirmándose como ser humano, como mujer del s. XVI y, por si fuera poco, de educación musulmana. Su padre no podrá entender nada.

El tiempo del relato de la huida se extiende por treinta y seis horas, llenas de contrariedades náuticas. Una de ellas es la forzosa vuelta a la playa de la Cava Rumía:

«[…] mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace al lado de un pequeño promontorio o cabo que de los moros es llamado el de la Cava Rumía, que en nuestra lengua quiere decir la mala mujer cristiana; y es tradición entre los moros que en aquel lugar está enterrada la Cava, por quien se perdió España, porque cava en su lengua quiere decir mujer mala, y Rumía, cristiana; y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar fondo cuando la necesidad les fuerza a ello» (41, I).

Los cristianos, a petición de Zoraida, deciden liberar en dicha Cava a los moros. Por el marco en que se desarrollan los hechos, estamos contrastando, subliminalmente, a una mujer mala (Cava, andaluza) con una mujer buena (Zoraida, argelina):

«Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: “¿Por qué pensáis, cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? ¿Pensáis que es por piedad que de mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el estorbo que le dará mi presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos deseos; ni penséis que la ha movido a mudar religión entender ella que la vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se usa la deshonestidad más libremente que en la nuestra”» (41, I).

Agi Morato se debate entre su fidelidad a la fe musulmana y el amor hacia su única hija y único familiar, que lo abandona. Por eso, desesperado entre ambas emociones, se hunde psicológicamente en la playa:

«—¡Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas!» (41, I).

Cuando Zoraida le comunicó al Cautivo su intención de evadirse a España ‑por medio de una nota escrita en arábigo‑, como el Cautivo no conocía el árabe, tuvo que ponerse en contacto con un intermediario de confianza que le facilitara la traducción y todos los intercambios obligados del futuro proceso. Ella le advertía del peligro que podía correr su intento, con una afirmación asombrosa:

«Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres, y si no quisieres, no se me dará nada; que Lela Marién me dará con quien me case. Yo escribí esto; mira a quién lo das a leer: no te fíes de ningún moro, porque son todos marfuces» (40, I).

La palabra marfuz tiene el significado de ‘renegado o falso’. Queda claro que ella no quería un intermediario moro. Las historias de sarracenas rescatadas exigían, aparte de su héroe y su antónimo ideológico, la aparición de un personaje negociador de los “dos mundos”: el renegado. Personaje controvertido, que desconcierta a no pocos, porque sus ideales de fe son dudosos; y su conversión, forzada o no, de poca credibilidad; sin embargo, es conocedor de ambas civilizaciones y, con gotas picarescas, intenta sacar buen provecho ‑en todos los sentidos‑ del conflicto:

«Algunos [renegados] hay que procuran estas fees con buena intención. Otros se sirven dellas a caso y de industria; que viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían, el cual era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venían en corso con los demás turcos» (40, I).

El renegado con que pacta el Cautivo es un personaje brusco, frío, implacable, calculador, escéptico y preparado para la contrariedad. Cervantes lo sitúa como natural de Murcia.

«En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que se había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos, que le obligaban a guardar el secreto que le encargase» (40, I).

Cervantes diferencia a los moros de los turcos. Aquellos suelen salir mejor parados en sus apariciones, bien por mejor conocimiento y familiaridad con la Berbería, bien porque la acepción turco es de difícil acotación. Cervantes beneficiará a los moros en el episodio de los turcos ladrones, en el jardín de Agi Morato:

«Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y dijo, a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín habían saltado cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura. Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida; porque es común y casi natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fueran esclavos suyos» (41, I).

Finalmente conviene subrayar la mutua acusación de mentirosos y engañadores entre personajes cristianos y musulmanes. El Cautivo le confirma su casamiento a Zoraida, al par que defiende a los cristianos frente a los moros:

«A lo que dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros» (40, I).

Y Zoraida, esta vez delante de su padre, dice lo contrario de lo que le dijo por escrito al Cautivo:

«[…] porque vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres por engañar a los moros» (41, I).

¿Hasta dónde puede llegar la crítica subyacente de Cervantes? ¿Podría existir un cierto “Islam inconsciente” derivado de su trato con el mundo musulmán? ¿Quizá influyó en su nuevo talante el que Azá Agá, el rey de Argel entre 1577 y 1580, le perdonó tres veces la vida, durante su cautiverio?

berzosa43@gmail.com

 

 

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