Un puñado de nubes, 23

23-03-2011.

Sentada a la mesa y con los brazos cruzados, Amalia los contemplaba: estaban de pie, estirados, el uno frente al otro, casi nariz contra nariz, mirándose con los párpados abiertos como abanicos, los ojos casi saliéndose de sus órbitas y las manos aferradas a las respectivas solapas. Asustada, Amalia se levantó del asiento, se acercó a ellos y juntando las palmas de sus manos como si iniciara una plegaria, musitó:

—No, por Dios, por mí no; que yo no he venido a esto. Que he ido a la peluquería tan contenta, para arreglarme un poco el pelo, y me he puesto lo mejorcito que tenía —creyó Amalia que la cosa se estaba poniendo fea y allí, en la cafetería, delante de otras personas, con las camareras pendientes de ellos tres—… A ver, que yo me voy por donde he venido y santas pascuas. ¡Ay, qué sofoco, por Dios!

—Bien, vale, vale. Dejemos nuestras diferencias para más tarde. Ya dirá Amalia a quién de los dos prefiere —ofreció León para cerrar el asunto—.

Amalia, nerviosa y complacida, dentro de su desconcierto, no había atinado a ver cómo Alfonso y León se habían cruzado varios guiños cómplices para elevar el falso tono crispado de la fingida altercación.

—Bien, por ahora convengamos una tregua. Ya veremos más adelante… —aceptó Alfonso con la frente sudorosa y la respiración jadeante—. Y, a todo esto, ¿qué vas a tomar, León? Señorita, ¡por favor! —llamó a la joven camarera uniformada que no se había perdido un detalle de aquel pasillo de comedia. “Mejor que una telenovela o el programa de sobremesa de Telecinco”, pensó—.

—Tráigame una caña, por favor —pidió León, mientras observaba cómo Alfonso retorcía con inquietud su pañuelo y temblaba levemente—.

Aún de pie y con las manos apretando el espaldar de la silla, Alfonso sentía que se le izaban efluvios de ansiedad por el estómago. «Qué error he cometido ‑mascullaba‑, pensando que podría resistir todo el día sin la dosis». Y con la voz un tanto carrasposa se disculpó:

—Perdonadme, pero creo que me voy a ir a mi casa. Hace un rato que no me siento bien. Quizás sea un enfriamiento… No sé —y viendo que León amagaba un gesto como para acompañarlo, añadió tembloroso—. No, por favor, León, tú quédate con Amalia. A fin de cuentas, la cita era cosa vuestra. Yo pediré un taxi y, una vez en casa, me tomo un Desenfriol y enseguida a la cama. Mañana será otro día —y esbozó una avinagrada sonrisa—.

Unos segundos después, y tras despedirse de ellos, Alfonso desaparecía por la puerta‑vidriera del Jacaranda, seguido por las miradas un tanto circunspectas de Amalia y León.

 

La tirantez de la trifulca se había quebrado, pero la coyuntura no era la adecuada para emprender una conversación. Amalia había sacado del bolso un pequeño espejo y, con el dedo índice, se estaba alisando las cejas, recomponiendo las pestañas y escrutando la sonrosada vivacidad de sus mejillas. León bebía un trago de cerveza, mientras su mirada se perdía errante por los espejos biselados de las paredes del Jacaranda. Luego, sus ojos se posaron en la figura de Amalia. Más próxima a Hillary Clinton que a Angela Merkel, a León le pareció que aquella mujer aparentaba estar a salvo de toda emergencia pasional. Su belleza se había reposado con la madurez, la cual aparentaba haberle infundido la serenidad mullida de la inapetencia sexual. De pronto, como si en ese momento descubriese su reloj de pulsera, Amalia dio como un respingo y dijo:

—Huy, Dios mío, qué tarde se me ha hecho. Voy perder el autobús. ¿Me acompañas, León? Ya tendremos ocasión de vernos —y abriendo su bolso, sacó un pequeño monedero de piel con intención de pagar la consumición.

—No, por favor, Amalia, yo me encargo de eso —y llamando con un gesto a la camarera, agregó—. Sí, ya tendremos ocasión de vernos y espero que en mejores circunstancias… Yo te telefoneo un día de estos.

León, pensativo y silencioso, la acompañó hasta la próxima parada de taxis. Abrió una puerta de atrás y Amalia se acomodó en el asiento trasero.

—Llévela a la estación de autobuses —le dijo al taxista, alargándole un billete—.

Esperó a que el coche doblara la cercana esquina y, entonces, percibió que del otro lado del cristal Amalia alzaba la mano y se despedía con una sonrisa densa y enigmática.

Mientras tanto, Alfonso había llegado a su casa y tomado la dosis de cocaína. Se encontraba perfectamente. Terminaba de ducharse cuando a su chalé se acercaba un taxi. De él salió una mujer que parecía muy joven: alta, rubia, con el pelo suelto, y delgada. Con gesto diligente y seguro pulsó cuatro veces el timbre, como si se tratara de una contraseña. Unos segundos después, desaparecía del otro lado de la poderosa puerta automática del palacete de Alfonso.

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