Vivencias

Era yo un crío de pernetas al aire cuando veía a mozos de mi pueblo con un atadijo al hombro. Salían a buscarse la vida. Encanecidos ya,muchos volvieron al lugar…
“A tu tierra grulla, aunque sea con una pata…”.
‑¿Qué, de vuelta ya? ¿Dio Vd. con lo que buscaba?
En el retorno de mi vivir, cuántas veces la misma pregunta… Personal o ajena: ¿Qué me hubiera o qué le habría gustado haber sido en la vida?

‑Pues verá Vd. No se me ría ¿eh? Que seguro estoy de que me enoja… En mi mocedad, titiritero, saltimbanqui me hubiera encantado ser. De pueblo en pueblo con mi traje resplandeciente de arlequín. Un tambor, una flauta y mucha alegría y algazara… ¡Ah! Y un oso grande, amigo y bonachón que tocase un pandero. Lo llamaría Manuel, como mi padre. Y con mucho jolgorio daría vuelta al pueblo, aldea o cortijo… Hasta arrancar a la chiquillería de sus casas y aun de la escuela. La función, en un claro del bosque. En la plaza pública o en la panera del señor alcalde, que tiene bombillas eléctricas. Y embobar a mi gente menuda… Y hacerles mearse de risa… Y certezas he de que esas noches, con el estómago ligero, dormiría mejor, saciado de estrellas y de carcajadas infantiles… Y oyendo roncar a Manuel.
Y durante el día, horas me habían de sobrar para enseñar a la tropa muchachil a hablar con los pájaros. Y cómo hacer para que mariposas y libélulas, amigas, les revoloteen la cabeza. Y a hacerse con los perros apaleados de todo el entorno.
Mozallón, cuajado ya, no me hubiera perecido por entrar en la Renault, ni siquiera en sus oficinas. Me hubiera tentado ser escultor… O un experto domador de purasangres… Y, quizá también por compensar mi sordera musical, a medias con el aire, hubiera montado un insólito orfeón. En una vaguada, camino de auras, céfiros y vientos perdidos, yo les hubiera dispuesto árboles diversos. Musicales como cítaras, arpas y liras…
Aunque bien me sucediera dejarlo todo relegado. Y, sin instructores entrometidos, hubiera sido sembrador. Sembrador de esperanzas y futuros. Seguro que sin allanar intimidades, aprendería a asomarme al alma de los jóvenes… Y, como en un nido calentito, les dejaría en el corazón el germen sagrado y escocido de un ideal, de su ideal. Ajustado a cada quien. ¡Curioso, alarmante! Para todo, ropa, calzado, anillos… hay tallas apropiadas. El ideal, como si no fuera algo tan personal como un destino, se expende a granel. Sin pruebas, medidas ni marcas. Yo se lo hubiera enseñado… Y, elegido, se lo hubiera arropado de entusiasmo y ambiciones. ¡Qué de maravillas pueden eclosionar al calor de un gran ideal! Afán de lucha, crecimiento… Y la gran epopeya humana. Desarrollar, “plenificar” la capacidad de ser auténtico… La felicidad, el amor, los hijos… Dios.
Ya decrépito, senescente ‑piernas de trapo, ojos nublados, trementes las manos‑, mucho me hubiera gustado ser guía de senderismo. Y por trochas, cañadas y ramales llevar a mis encomendados a dar con la salida del sol… Y arrodillarles para bendecir la dulce, rosada aurora de cada día… Y rastrear y batir el terreno hasta dar con el camino real de la Verdad…
Y hoy ya, ochentón, tullido y sin fuelle… Cuando disertar, sermonear o cotorrear me exceden, literario o escribidor me hubiera ido bien. Que no es poca maravilla hacer del vocabulario una farmacopea, un “curalotodo”. A punto siempre la palabra viva, eficaz para cada dolor, rasguño, duda, alegría o éxtasis del vivir… Pero quién, ya envenenado en la lidia juvenil, ¿quién, por ajustar versos, renunciaba a desbravar mozos de tanto trapío…? ¿Me equivocaría yo?
Valladolid, 13-02-05.

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Publicado en: 2005-05-09 (300 Lecturas).

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