De cómo mi vida se creció con la muerte

En el año 2001 no hubo eclipses. Pero aquel mediodía centelleante de junio yo no sentí daño alguno en mis ojos desprotegidos… E inevitablemente sentí que la lobreguez me sumía el cuerpo y el alma. ¡Zas! Tantos proyectos e ilusiones, así, tan de repente ¡ceniza al viento! Triste fue. Angustioso… Pero sin esperarlo se estiró mi tiempo. Y de nuevo el sol me iluminó la vida. Y yo percibía que esa vida, tan en préstamo a corto plazo, me era rentable. Me estaba afilando la sensibilidad… Precisamente en las premuras brutales de la aleve guadañera… La vida, siempre generosa y creativa, apurando mi “muerte anunciada», me expandía el vivir. Me estaba regalando una cosmovisión profunda de mi mundo…

¡Cuántos perfiles, matices…! i Cuántas sutilezas, embrujos! Y hasta el mejor candeal del corazón humano, por cotidianidad se me habían ido decolorando. Gracias a esta sensibilidad receptiva, seres, situaciones y personas tocadas de habitud e indiferencia, se abrían y me dejaban profundizar en su belleza existencial, ontológica… La vida, siempre madraza, se me crecía con la muerte a la zaga. Y, a partir de ahí no hubo árbol en mis paseos, pájaro, insecto o piedra del camino que no cantase para mí su poema secreto. Ni saludo o sonrisa de conocidos o transeúntes que no fuera repique de campanas en mi interior.
La crecida de gozos me llegó de Andalucía… ¿De dónde si no? La vida en un columpio dejó al desnudo mi ruina. iCuántas riadas de emoción y de lágrimas…! Me atoraban… A punto estuve de bendecir a la muerte… Aunque yo bien me sabía que no era ella la causa de tanto consuelo. Que era el temple de vuestro ánimo el que tonificaba el mío, frágil, inestable y titubeante.
¡Qué corazonadas hube de leer y escuchar…!
“D. Jesús, Vd. no se muere. No le dejamos nosotros. Vd. es nuestro… Y haremos protesta a los cielos, con los puños crispados, en alto…”.
Otro: “Cuando Berzosa nos comunicó lo tuyo… Lo tuyo no, lo nuestro… Porque todo lo tuyo es nuestro, de cuantos te queremos… Me importa un pito lo que sea… Porque no te vamos a consentir que te vayas…”.
Otro, a quien se lo adelanté un día antes de recibir el libro, me exprimió la vida en consuelo, emoción y lágrimas…: “D. Jesús, Vd. me conoce bien. Y sabe que siento más que expreso… Dígame qué tengo que hacer para aliviar su mal… ¿Adónde ir? Aunque sea al fin del mundo. Aunque haya de robar…”. Me lo decía con la voz conmovida. Y yo no pude contestarle.
No voy a decir que gracias a la muerte… La vida ajustada me subraya con esplendor las maravillas del inabarcable museo del cosmos. Todo, como siempre me subyugaba… Pero el corazón humano me avasallaba, me rendía… Dicha, regalo, consuelo… Pozo sin fondo, abisal océano… Y además, mensaje divino.
Más paradojas, cara y cruz de la terca realidad. Que apenas esa visión profunda, divina y humana de los seres… de la amistad, del amor, recién descubiertos, sin apurarlos… duele infinito tenerlos que abandonar…
A pesar de todo, mientras me quede “aire”, no quiero dedicar mi tiempo a la muerte, por más que la sienta cosida a mi espalda. Siento que se me viene encima como una montaña. Y ¡ojalá, tras engullirme, me llegue la luz celestial! Pero en tanto me llega he de ser fiel a mi destino. Rastreando, cantando y predicando vida he vivido. Y así deseo morir.
Si el dolor me ciega y enloquece, y suspiro por la muerte, sabedlo, ese no soy yo.
Valladolid, 20-02-05.
 
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Publicado en: 2005-05-20 (50 Lecturas).

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