Yo estaba en deuda con él

 

Apenas han pasado cuarenta años, y ahora, en puertas de mi jubilación, me encuentro con esta gran oportunidad de saldar una vieja deuda.
Gracias Dionisio, gracias a todos vosotros, queridos compañeros, que estuvisteis el día 20 de septiembre en nuestra Safa de Úbeda, por haber tenido esta idea tan feliz: editar de nuevo Tanteos en su época tercera.

 

 

Permitidme que me sumerja en lo más profundo de mi alma, extraiga mis vivencias y deje revolotear mi mente por los felices recuerdos de finales de infancia, adolescencia y principios de juventud, todos ellos transcurridos en nuestra Safa.
Por caprichos del destino, me marché muy pronto de la Safa: un curso en Baena y seis cursos en Montellano. Me fui con el remordimiento y el temor de haber hecho algo malo; mi conciencia me acusaba continuamente de haber roto ese contrato moral, ese compromiso obligado que tan profundamente nos habían inculcado con y para la Safa.
Era septiembre de 1971 cuando llegaba a un poblado del INI (Instituto Nacional de Colonización) recién inaugurado, Maribáñez, situado en el Bajo Guadalquivir, a la vera de Los Palacios y Villafranca, en el camino que va de Sevilla a Cádiz.
Allí llegaron colonos, emigrantes forzosos, desde los más distintos puntos de nuestra geografía andaluza; allí recibían casa, tierra, maquinaria agrícola… Y en aquella tierra de promisión, yo también estrenaba casa y escuela.
¡¡Todo por hacer!! Una escuela, un pueblo. Desde el primer día, aquello para mí fue la Safa; hice lo que ella me enseñó y yo aprendí a hacer, entregarme a los demás, poner al servicio de la comunidad todos mis pobres talentos, no regatear esfuerzos, tal como dice nuestro himno: por la «conquista del Campo Andaluz», intentando siempre tremolar ese «pendón ideal de Ciencia y de Virtud».
Lo que en principio era una escuela con cuatro unidades, poco a poco se fue transformando en lo que es hoy actualmente, un Colegio Público de una línea de Infantil, Primaria y Primer ciclo de Secundaria. Treinta y un años de Director en este centro, estrenando ilusión cada día; si no lo he hecho mejor, ha sido por no saber; nunca por no querer.
Al dejar la Safa, perdí lazos de comunicación con mis compañeros, hermanos de curso, con los profesores, educadores; con todo lo que era la institución. Cada vez era mayor la distancia.
Fue a finales de los años setenta, en verano, aprovechando un viaje a Granada. Me acerqué a Úbeda, a la Safa. Tenía enormes deseos de enseñar a mis hijos el colegio donde me habían educado, donde me habían formado. Enseñarles ese lugar donde había sido muy feliz desde los doce años hasta los veintiuno.
Al llegar al colegio, casualmente encontré a don Isaac: un emocionante momento. Amable y cariñosamente, don Isaac nos acompañó en la visita a todo el colegio y, mientras mis hijos flipaban con admiración y gozo escuchando sus explicaciones y comentarios, mi pensamiento volaba imaginando a mis compañeros de curso, a tantas y tantas personas que se habían preocupado por mi formación y educación: don Antonio Domínguez, filigrana del fútbol y “duro” con sus exámenes de Castellano; don Julián Sánchez Hermosilla, atlético jovial; padre Galofré, iniciador de culebrones que nos hacía llorar con «¡Ay, mi pescadito, no llores tú más! ¡Ay, mi pescadito, deja de llorar!», su cámara fotográfica siempre al cuello, sus campamentos llenos de vida y alegría. Ellos dirigían nuestro final de infancia.
Profesores a los que queríamos y respetábamos: don Juan Pasquau diciendo «borra la pizarra y siéntate», después de haber señalado en el mapa los ríos de España; don Juan Fuentes, serio, al que nunca logré sacarle más de un 5´5 en caligrafía; don Benjamín, con su do si do si do la sol…, famosa pastorela memorizada para poder aprobar la música. Recordaba la “guantá” que me dio (única que me dieron en el colegio) al sorprenderme junto con dos compañeros, fumando en la cripta de la iglesia. Nunca me enteré si fue por fumar o por estar en la cripta; quizás por las dos cosas. Más tarde fuimos compañeros en Montellano, él de Director. Esas clases de Dibujo con don Francisco Ocaña, con su acento ubetense, «¡neneeee!», y su marcado olor a no sé que clase de colonia; don Eduardo Navarro, “Guoche”, nos explicaba que era así de chato porque había sido boxeador. Su dedo índice empujaba hacia arriba las gafas. Siempre dinámico con nosotros, nos demostraba cómo se encestaba el balón con un estilo peculiar: lanzaba a canasta como el albañil lanza ladrillos a lo alto del andamio. ¡Singular! De todos ellos solo recibíamos atención y cariño.
Padres. Jiménez Aranda, mi primer director espiritual. Lara, más de una bronca con él; al final siempre hacíamos las paces. Casares, ¡cuántas noches de tertulia y café en nuestros cuartos! Lupiáñez, siempre con frío y algunos sabañones. Navarrete, de Coín (Málaga). Teotonio, a quien siempre le cambiábamos el indicador de su puerta; sacábamos el “pinganillo” de “capilla” o “biblioteca” y lo metíamos en la granja. Veía al padre Sánchez por todos los pasillos, manos ocultas entre las mangas. Le recordaba en el rostro una breve sonrisa (si el Sevilla había ganado) diciéndome: «Ballestilla, hemos ganado, dos puntos más». El padre Gómez, al anochecer dando vueltas por el claustro del patio central rezaba el breviario, te regalaba una sonrisa, un gesto, mirándote por encima de las gafas al pasar por su lado. Mendoza, inolvidable viaje a Roma con él: padre Lara, Pepe Campos, Vera (el de los sombreros) y yo. Nuestro rector, padre Bermudo, volando (en un “carabell”, como el decía) a Madrid. Esa noche tocaba «Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío»… y siempre ocurría el milagro.
Al llegar al edificio al que llamábamos nuevo, en el salón de actos acudían a mi mente aquellas solemnes “clases públicas”… «Quousque tandem Catilina….» recitaba Poyatos con voz engolada; ¡Cuantos ensayos del coro con don Isaac, cigarrillo ideal en la comisura de los labios!, (nos seguía acompañando y reía al comentar con él, pues todavía seguía fumando ideales).
Don Eduardo Cueto, de quien siempre pensé que le pasaba algo raro en las piernas hasta que descubrí que su forma de andar era para evitar pisar las cruces que formaban las baldosas colocadas en el suelo. Don Lisardo Torres, todo un carácter, verdadera admiración. Veía las islas pintadas en la pizarra por don Doroteo para intentar que entendiéramos que los electrones, protones y neutrones hacían no sé que cosa de atraerse y repelerse y, como siempre, se le había olvidado abrocharse los botones de la bragueta. ¡Genial, único!
Aquél buen hombre, que según él, había conocido la ley seca en Chicago, teniendo que tirarse al suelo para evitar los tiroteos en algunas ocasiones, don Luis Becerra, a quien nuestras endiabladas travesuras le impedían en muchas ocasiones dar una clase completa. Don Diego, mi tortura y mi tormento: un 4’8 en Química «para que te bañes menos este verano en Mazagón». En septiembre, un 8. ¡Divino Calvo! Don Jesús, su manojo de llaves, siempre en las manos delataban su llegada… pensaba que estaba en deuda con él.
Y así pasé aquella mañana, con la satisfacción de haber enseñado a mis hijos la Safa, el colegio donde me enseñaron y educaron, donde aprendí todo aquello que yo ahora les proporcionaba a ellos en su educación. Mis hijos contentos y felices se despedían de don Isaac; yo le daba un abrazo con el corazón lleno de nostalgia.
Pasaba el tiempo y yo seguía incomunicado con todo aquello que había sido mi vida estudiantil.
Feliz mes de enero de 1989 en el que recibo una carta firmada por José María Berzosa y Paco Herrera. Me comunican la idea de celebrar nuestras bodas de plata. Veinticinco años habían pasado sin tener noticias de ellos, de mis compañeros —hermanos de curso—. Sin dudarlo ni un momento me metí de lleno en la organización, revolví el baúl, busqué fotografías, agendas de direcciones (la mayoría había cambiado); escribí cartas a todos los compañeros, acompañadas de la foto final de carrera, llamadas telefónicas… ¡Casi nada!, volvernos a encontrar después de veinticinco años. Recibí cartas preciosas de Jesús Santabárbara, de Pedro Ruiz (Ñoño), de Eladio Garzón…, me encontraba nervioso como un niño en vísperas de su primera comunión, deseando que llegaran esos días, 29, 30 y 1 de abril y mayo.
Llegó la fecha, y allí nos encontramos dieciséis de los veinticuatro alumnos que terminamos la carrera, con esposas e hijos: tres días inolvidables. Para mí fue una catarsis. Pude pedir públicamente perdón por mi deserción de la Safa; pude decir a los allí presentes: padre Bermudo, padre Mendoza, don Isaac, que todos sus esfuerzos desvelos, sacrificios y entrega para con nosotros habían merecido la pena; sus semillas habían preñado la tierra y estaban dando fruto. Pude abrazar de nuevo a mis hermanos de curso.
Le eché de menos —don Jesús no estaba allí—; yo seguía en deuda con él.
Es a partir de este reencuentro cuando ya no perdemos contacto bastantes compañeros: Bejarano, Berzosa, Bermúdez, Cabrerizo, Campos, Garzón, Haro, Herrera, Molino, Moreno Cortés, Juan Vera…, cartas, teléfono, encuentros, bastante frecuentes, cualquier motivo es bueno para reunirnos.
Yo seguía teniendo mi pellizco, hasta que un día, ya cansado de remar sin timón sobre la arena, decidí dar el paso. Hablé con José M.ª Berzosa; le pregunté por don Jesús, por nuestro don Jesús M.ª Burgos. «¿Qué era de él? ¿Cómo estaba? ¿Dónde estaba…?». Hablamos José M.ª y yo largo rato. ¡Qué suerte, José M.ª! ¡Cuántas cosas sabía de don Jesús! Sentí envidia, sana por supuesto; me dio su teléfono.
Con algo de nervios y bastante expectación marqué su número:
—¿Diga?
Yo pregunté:
—¿Es tiempo de perdón?
—¿Quién eres?
—Soy Ballesta, Manolo Ballesta.
—¡Hombre!
Y, sin hacer caso a mi pregunta, comenzó con tono jovial, sonriente y alegre a contarme mi vida, mis aventuras y desventuras. Hablaba de mí, de mi trabajo, de mis hijos…, tantas y tantas cosas me iba contando que casi no lo podía creer, me dejaba mudo. Tenía la sensación de estar hablando con un padre al que se le hubiera marchado un hijo de su casa y le hubiera estado siguiendo la pista, esperando su vuelta algún día. Si en ese momento hubiese estado delante de él, me hubiera echado en sus brazos como el hijo pródigo y le hubiera pedido perdón; perdón por haber perdido tanto tiempo en no hacer uso de la parte de herencia que me tenía reservada: su cariño y su amistad.
¡Qué banquete aquella noche! Sus palabras, salidas del corazón, llegaban a través del teléfono como agua fresca a la garganta del sediento. Después, sus cartas, las que voy guardando como un tesoro, por su belleza en forma y contenido, las que leo una y otra vez porque tienen y dan vida.
Yo estaba en deuda contigo. Nunca te di las gracias; nunca te dije todo lo que me enseñaste, querido maestro. Me enseñaste a ser yo mismo.
Con tus clases de Literatura, Preceptiva Literaria, aquellas obras de teatro, guiones radiofónicos, ensayos, versificaciones, tus conferencias, charlas, tu estilo, forma de ver y enfocar las cosas…, contigo, don Jesús, aprendí a cultivar «la rosa blanca», a no dejar hueco en el corazón para «cardos y ortigas»; tú me enseñaste a no dar las espaldas al público en el cotidiano teatro de la vida; a mirar a los ojos cuando hablo, para que puedan leer que el corazón no miente; tú eres culpable de que yo crea que es preferible ser Quijote en la vida; contigo entendí que muchas veces, para producir algo bello, es necesario clavarse espinas en el corazón, igual que el ruiseñor, y a no tener miedo a tantos y continuos “buenos jueces” si tengo a mi lado al «mejor testigo».
Gracias a esa constancia tuya, esa machaconería, a tus desvelos, a ese afán de cultivarnos, soy capaz de gozar placenteramente al contemplar una gota de rocío en el pétalo de una flor, pararme a escuchar la caída de una hoja del árbol o extasiarme ante una puesta de sol.
En mi adolescencia caminaste a mi lado; te bastaba mirarme para adivinar mi alma inquieta, revuelta, llena de dudas… Y como buen padre amigo, sin yo solicitarlo y casi sin darme cuenta, tú, don Jesús, sabías con la mayor delicadeza volverme a la calma, a la serenidad; siempre tenías el gesto adecuado, las palabras oportunas para ello.
Y tantas y tantas cosas… No quiero en ningún momento ir en busca del tiempo perdido, pero sí deseo con toda mi alma aprovechar el tiempo que nos quede por delante.
Por eso cuando planeamos mis hermanos: Eladio, José M.ª, Paco Haro, Paco Herrera, Bermúdez, Cabrerizo, Moreno Cortés, Juan Vera y yo sorprenderte en Valladolid, acompañados de nuestras esposas, no dudé en ningún momento en hacerlo. Para mí era la mejor ocasión de darte un abrazo y dos besos. Y lo mismo que les digo ahora a mis hijos y antes a mi padre y a mi madre, te lo digo a ti, don Jesús: te quiero.
12-12-02.
(99 lecturas).

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *