Jesús, el jardinero

Recuerdo una sabrosa anécdota que se suele contar en los tribunales de oposiciones. Es el caso de aquel profesor de Biología que, independientemente del tema que le tocase desarrollar en el examen, se las apañaba de tal manera que siempre acababa hablando de las características e importancia del cocodrilo. Como es natural siempre suspendía ante su asombro.

En mi caso, ya sea el título que elija o se me asigne, terminaré hablando, como nuestro reiterativo y entrañable opositor, de lo mismo, aunque en esta ocasión no hay miedo a suspender, pues difícilmente uno puede dejar para septiembre sus propios sentimientos —y no digamos las ideas— si éstos han servido para hacer las tirantas de sujetarse en el devenir de la vida.

 

Y es que yo quiero hablar de don Jesús como albañil o carpintero o, lo que es mejor, como jardinero. Estas adjudicaciones no son nada gratuitas —como se verá— y menos la de jardinero, ya que él fue Maestre de esta singular Orden a la que tuve el mérito de pertenecer siguiendo —que no aventajando— al ínclito Márquez y al singular Malpesa (q.e.p.d.).
Una de las notas que distinguen a las profesiones citadas es que no se aprenden en la Universidad y aún hoy cuesta promocionarlas en los actuales Ciclos Formativos de Formación Profesional. Al respecto, bien es sabido que don Jesús llegó a la carrera/oposición de Magisterio ya maduro y “cuajao”, lo cual le ubica, a mi entender, en las profesiones citadas y no en sus correlativas doctorandas como serían arquitecto, ingeniero de montes o agrónomo.
Como a don Jesús no se le conoce por sus destellos deportivos y nosotros “los jardineros” lo que nos acercaba a la tierra era que en lugar de jugar a deportes lo que hacíamos era un campo de ídem a pico y pala y con el sudor no sólo de la frente, la cuestión por dilucidar es si don Jesús verdaderamente tenía y tiene relación con la jardinería o simplemente era un inspector de la Segunda División y que, además, impartía la Preceptiva Literaria, del renombrado autor padre Rey SJ.
Don Jesús, que es muy proclive a ningunearse sus dotes pedagógicas, no podrá discutir, sin embargo, una habilidad que, sin ser exclusiva, sí es propia de los buenos jardineros. Consiste en la capacidad de saber echar un vistazo sobre el terreno.
El desarrollo de esta cualidad no es cuestión baladí. El conjunto de operaciones que requiere es variado y complejo. Y esta afirmación se deriva del hecho de tener que mirar. Mirar es harto difícil. Mirar significa discriminar, ver lo pequeño junto a lo voluminoso, distinguir el verde que está junto al rojo o lo liviano al lado de lo macizo… Mirar es ver, al mismo tiempo, múltiples universos, todos distintos, pero igual de hermosos en su singularidad, en sus detalles, en su potencial. Mirar significa descubrir a esa plantita que se cobija temerosa junto al tonante árbol. Mirar es percibir la humilde existencia de un trébol en el marco de una frondosa pradera. Mirar, en definitiva, es fabricar existencia. Cuando miramos hacemos que un ejército de mónadas levante la mano diciendo: “¡Eh!, estoy aquí. Soy así”. Mirar, en última instancia es descubrir a Wally (¿Os acordáis del juego “¿Dónde está Wally?”).
Un buen día en uno de aquellos largos y tediosos estudios colectivos de la Escuela de Magisterio don Jesús me descubrió. Yo era Wally en ese momento, pero lo asombroso fue cuando constaté, posteriormente, que éramos muchos los que nos vestíamos con camiseta a rayas, pompón y gafotas. Don Jesús se mostró como un experto descubridor de personajes camuflados en aquellos enormes y funcionales pupitres repletos de enseres escolares y de un variado santoral mariano que oficiaba de protector. Y eso que era tan sólo “echando un vistazo sobre el terreno…”.
El bueno de don Jesús, el nonato jardinero, sin querer “se estaba metiendo en un jardín”. Una vez descubiertas a ojo todas las plantas del jardín —una a una, sin exclusión— asumía una grave responsabilidad. Si se hubiera estado quieto —como otros— y no hubiese “echado un vistazo”, la cuestión no habría pasado a mayores. Pero es que en esta operación le habían salido contratos. Cada plantita quería vivir, cada plantita quería crecer en el proceloso acontecer del jardín. Y todos los wallies decían con energía:
—“Y ahora, ¿qué?”.
La vida a don Jesús se le complicó. El que —como se dice— es un aficionado, tuvo que ponerle nombre a las plantas y a los wallies para distinguirlas, para diferenciarlos. En mi caso pasó —como de las musas al teatro— de la química orgánica a la esdrujulación de mi apellido con retoques en “o”. Y de cada nombre —deformado o no— se planteó un proyecto de vida. Un proyecto a corto y medio plazo porque no era pretencioso y, aunque es un Bergson con el verbo, sin embargo ataba corto las posibilidades de cada uno de los habitantes del jardín.
Pero un proyecto no es nada fácil. Había que hacerlo a medida, respetando la singularidad y tomando el pulso al potencial de cada alerce. Su tiempo era una oficina de proyectos:
—“Deberías salir con…”
—“Vas a salir en la obra de teatro “Los Aparecidos”, eso sí de Vecino 2.º. No te olvides de ensayar…”
—“Dirigirás mañana una clase de…”
—“Te vas a encargar de…”
Y así, cada día, atinando, en aquellas largas, duras, frías y hermosas jornadas, fue poniendo, como sin querer, el entramado y los tutores necesarios para que las plantas del jardín crecieran… solas. Era un trabajo complicado, costoso y agotador ir poniendo tanta espaldera reticular que permitiera ascender con cierta facilidad a aquellos seres que, como yo, andábamos perdidos entre jaramagos y cardenchas y siempre con el pellizco cogido ante la incertidumbre del mañana.
Don Jesús no sabía —él machaconamente lo dice una y otra vez—, pero lo hizo. ¿Por qué? ¿Por qué se amarró a la tierra? Porque, seguramente sin saberlo, él era jardinero y había visto el jardín y el estado de las plantas y no pudo mirar hacia otro lado para olvidar. Con este compromiso, con su honestidad y con “las alas mojadas” que le impedían volar fue consumiendo su tiempo y su vida con la suave esperanza de ver crecer sus plantas al sol.
Por eso, el que dice que no sabe, no sólo proyectó sino que, además, aventuró —no siempre con acierto— un presupuesto. No sé si le fue la hacienda en ello, pero en cuanto a él concierne puso su vida y sus noches encima del tapete. Pujó fuerte, pero no de farol. Empeñó su tiempo personal, su intimidad, alguna que otra novia y su futuro. Y todo este alto presupuesto porque le habían salido unos contratos en firme cuando un día, yendo de paso, se le ocurrió echar un vistazo a un jardín.
Como era el tiempo abonó y regó. Sin prisa y sin agobio. Sobre todo con la palabra. Con palabras sinceras, con hermosas palabras que salpicaban el suelo y deshacían el sutil abono arrastrándolo hasta la profundidad de las raíces. Palabras nuevas, sonoras, luminosas, aventureras, espléndidas y repletas de entusiasmo que encendían luces de colores en las ánimas de todos nosotros. Palabras sinceras, trasgresoras, amistosas, serenas que prometían y cumplían.
También podó. Podar no se le daba bien. Temía dañar las plantas. Más bien se dedicó a cortar algunas hojuelas que de forma muy visible parecían estorbar. Poca cosa, la verdad.
Después de estas labores y cuidados aquellas plantas crecieron cada una a su manera, como las olas del mar. El jardín estaba enhiesto y todas las plantas levantaban la cabeza en busca del sol. Los troncos se habían fortalecido, las hojas estaban tersas, impolutas y verdes. Había como un vibrar sonoro en el silencio del jardín.
El que no sabía de jardinería ni de nada se quedó mirando aquel quieto bullicio. Observó con los ojos del alma una a una las plantas del viejo jardín y descubrió su belleza en su individualidad.
Suspiró.
Con tristeza y, a la vez, con satisfacción fue quitando despacio —para no dañar— el enrejado y las matrices que sujetaban a cada planta. Ya no era necesario. Podían valerse por sí.
Después de unos momentos de estupor la mayoría se agarraron con fuerza a sus raíces y a los tejidos de sus tallos para mantener la esbeltez. Cuando aún los tembleques y las dudas no se habían disipado en nosotros, miró con emoción a su jardín y entonces se marchó. O, mejor, lo echaron. Le dieron por respuesta múltiples excusas. Da igual, se marchó. Y allí quedó prendida y sin resolver la duda de aquel que nada sabía, del que se movía por intuición.
Con una mochila llena de recuerdos y las buchacas vacías de realidad se metió en la vida, en la vida que existía fuera del jardín.
Con frecuencia se preguntaba por aquellas plantas que se habían alimentado de sí, dejándolo anémico y con peligro de anímica muerte.
¿Qué será de aquel durillo, de aquel romero, de aquel almez?
¿Qué será de…? Y así fue bordando en el telar de los años el brocado sin destejer de homérica memoria.
¿Qué habrá sido del jardinero?
¿Quién escribirá con verdegris savia las obras de su ignorancia?
¿Quién lo recordará en sus posteriores generaciones sin hijos?
¿Quién hablará y amará al viejo jardinero, aquel que hablaba con dulces palabras a las suaves hojas hasta hacerlas vibrar?
Nosotros.

 

29-03-10.
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