Crónicas de la soledad, 06

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

Apenas unas farolas de esas de yodo de luz mortecina alumbraban, o lo trataban, aquella plaza del centro; porque había otras que o no funcionaban o estaban fuera de servicio por haber padecido severos fusilamientos durante años.

Así que la plaza se adormecía entre sombras inquietantes y discontinuas, espesas en algunos ángulos, sutiles cuando invadían y trataban de ganarle la batalla a la luz. Por las tres bocacalles que desembocaban por allí, solo discurría un torrente de oscuridad. Casi mágicamente, como cosa de milagro, el centro del recinto defendía su farola iluminada, que le conferían aspecto de escenario teatral, barrido por el haz de un cañón direccional.

La plaza había sido la plaza por antonomasia de aquel pueblo con ínfulas de ciudad. La plaza donde se concentraban todos los eventos habidos hasta hacía unos pocos años. La historia de la villa era la historia de la plaza. Lo bueno y lo malo allí había pasado, allí se había padecido, celebrado, vivido…

Por el centro, pasearon a los que luego hubieron de morir en los diversos enfrentamientos civiles, que no faltaron. Unos lo pasaron desfilando, orgullosos y desafiantes, y otros humillados y maltratados. Hijos del pueblo y forasteros. Pasaron también los rosarios de la aurora y las misiones con frecuencia; pasaron obispos ansiosos de salvar almas y haciendas, próceres que ahí lanzaban sus soflamas al paisano duro de cerviz, niños en traje de comunión, los del circo que llegaban por ferias y sus animales arrastrados por cadenas…

En la plaza, se lanzaron cohetes y se explotaron castillos de fuegos artificiales y tremendas mascletás que removían los cimientos de todas las casas del pueblo. La banda de música, que amenizaba las mañanas o tardes de los festivos, subida al quiosco de factura decimonónica que allí estuvo alojado.

Y había una fuente de cuatro caños dirigidos a los cuatro puntos cardinales, que eran orientados en su cúspide por una estrella de los vientos de bronce. ¡Y esa fuente llegó a manar vino con motivo de efemérides reales!

Por el Medievo, y después se lancearon toros, pero ello se terminó cuando el Consistorio decidió construir una plaza de toros como ya tenían localidades vecinas. También se terminaron los castigos, amputaciones o exposiciones en el cepo o en la picota de delincuentes más o menos convictos. Y las ejecuciones en la horca.

En la plaza, se reunían los braceros del lugar o los que acudían para campañas agrícolas, a la espera del capataz o del patrón que los podía colocar. Y los señoritos que buscaban al limpiabotas, para lustrar su calzado antes de ir a misa a la iglesia cercana.

Y los niños que jugaban… Todas las tardes de primavera o verano, del otoño, las mañanas también de los festivos. Y las madres, las chachas o abuelos que los vigilaban, no a todos ciertamente, que otros acudían por su propia iniciativa o instinto desde la periferia. Los niños, las golondrinas, las palomas, llenaban de ruido y vida su recinto.

Curioso, en el centro estaba la fuente de la Rosa de los Vientos, pero no había ni un pedestal, ni un monolito, ni una estatua, evocadores o testigos del recuerdo de algunas gentes del pueblo, de su historia. Tal vez la sabiduría popular la había preservado de la contaminación fanática de los opuestos.

El tráfico moderno no era compatible con ella. Los planes urbanísticos la empezaron a dejar de lado. Las vías principales de acceso o salida a la urbe se desplazaron de la zona, convirtiendo lo que había sido centro en mera periferia. A su vez, la habitabilidad de las calles colindantes se fue deteriorando. Desaparecieron los niños, desaparecieron las golondrinas, desaparecieron los jornaleros y los señoritos. Quedaron los viejos, pero pocos, que ya ni ánimos tenían para echar miguitas a las palomas o a los gorriones. Los adoquines los fueron arrancando y la fuente de la Rosa de los Vientos no solo perdió el agua de sus cuatro caños, sino hasta los mismísimos caños de bronce por los que salía. Quedó ciega.

Ciega la fuente, ciega la plaza. Mudas fuente y plaza. Silencio truncado por el quejido de un borracho o la pelea de unos yonquis. No le quedaba ni el consuelo de los versos de algún poeta, como aquellos…

En la plaza hay una casa,

la casa tiene un balcón,

en el balcón una dama,

la dama tiene una flor…

El ligero viento movía con tristeza las ramas de los árboles que marcaban el perímetro. Sin fuerzas. Más que un rumor parecía un rezo monótono o un llanto desfallecido, de quien únicamente espera ya, perdida toda esperanza, la muerte.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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