La actitud de Cervantes ante la expulsión de los moriscos, 04a

4. El cautivo cristiano.

Vamos, ahora, a conocer el entorno social e ideológico de los personajes que aparecen en la Historia del cautivo, narración corta integrada en la Primera Parte del Quijote.

El capítulo 37 nos presenta al capitán y a su prometida Zoraida en una venta manchega:

«Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco más de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba muy bien puesta; en resolución, él mostraba en su apostura que si estuviera bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida» (37, I).

Como solicitó habitación y no había en la venta para ellos, ya que se habían juntado numerosos personajes del magnífico entramado cervantino, Dorotea intentó solucionar el problema ofreciéndole a Zoraida compartir una habitación con ella y Luscinda:

«No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de donde sentado se había, y puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho, inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por su silencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora, y que no sabía hablar cristiano» (37, I).

Efectivamente, Zoraida, una argelina, hija única de un moro riquísimo, que venía a España aconsejada por su antigua ama ‑una esclava cristiana‑, apenas entendía el español (o cristiano, según la metonimia de Cervantes). El Cautivo agradeció la generosidad de las mujeres y, ante la pregunta de Dorotea de «si esta señora es cristiana o mora», respondió:

«—Mora es en el traje y en el cuerpo; pero en el alma es muy grande cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo» (37, I).

Y lo confirma la reacción de la bellísima joven, cuando don Fernando preguntó al Cautivo cómo se llamaba la mora y éste respondió que «Lela [señora] Zoraida»:

«[] y, así como esto oyó, ella entendió lo que le habían preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y donaire:

—¡No, no Zoraida: María, María! —dando a entender que se llamaba María y no Zoraida—.

Estas palabras y el grande afecto con que la mora las dijo hicieron derramar más de una lágrima a algunos de los que la escucharon, especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas. Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:

—Sí, sí, María, María.

A lo cual respondió la mora:

—¡Sí, sí: María; Zoraida macange! —que quiere decir no [del árabe norteafricano mā kānh∂bb,‘no quiero’]—» (37, I).

Esta situación de afecto y convivencia sirve de excusa al autor para hacer su famoso discurso sobre las armas y las letras que, en cierto modo, avala la evolución ideológica del Cervantes guerrero, frente al Cervantes escritor. ¿Merece la pena luchar contra otras ideologías, como la cristiana frente a la turca; o es mejor convivir, respetándonos mutuamente? Don Quijote se convierte en el transmisor del pensamiento cervantino sobre materia tan viva, entonces; y tan actual, ahora:

«Esta paz es el verdadero fin de la guerra; que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a los del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores» (37, I).

Y prosigue:

«[] dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas» (38, I).

Continúa don Quijote sus razonamientos y termina afirmando lo siguiente:

«Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención» (38, I).

En la batalla de Lepanto, Cervantes recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda, que le quedó inútil para el resto de su vida.

Podemos afirmar que, a partir de entonces, Cervantes es un auténtico defensor de la paz. Tal vez por eso tome el tratamiento irónico para su protagonista: don Quijote es un defensor del angustiado, él mismo incluido, al que produce más inconvenientes que ventajas.

Desde la presentación del Cautivo y su enamorada, el narrador omnisciente no pierde detalle de maneras, vestidos con apropiados nombres de otras latitudes (ya hemos citado los términos acicate, albornoz, aljuba, almalafa, marlota, turbante, zaragüelles, y las expresiones a la jineta, alfanje morisco, bonetillo de brocado, borceguíes datilados, etc.), así como el uso del árabe en relación directa con el texto castellano (en concreto, el término macange).

La narración, hoy lo sabemos, es abundante en personajes reales de fácil localización histórica: Zoraida fue hija del renegado Hajji Murad, alcalde de Argel, y se casó con el sultán de Marruecos, Abd‑el‑Malik.

«Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había sabido que en aquella casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que se llamaba Agi Morato, riquísimo por todo estremo, el cual tenía una sola hija, heredera de toda su hacienda, y que era común opinión en toda la ciudad ser la más hermosa mujer de la Berbería; y que muchos de los virreyes que allí venían la habían pedido por mujer, y que ella nunca se había querido casar; y que también supo que tuvo una cristiana cautiva, que ya se había muerto; todo lo cual concertaba con lo que venía en el papel» (40, I).

Si Cervantes llama Zahara a uno de los personajes de Los baños de Argel, aquí lo transforma en Zoraida, ahora enamorada de un Cautivo español, voluntariosa en su empeño por convertirse al cristianismo. “Cae” pues Cervantes en el marco del tema y escenario morisco ‑con mucho placer podíamos añadir‑, que como ya hemos comentado era de fuerte tradición literaria; pero no solo eso. La Historia del cautivo es de una importancia documental sin límites, de la agitadísima ciudad de Argel, en una época en la que cada vez más el diálogo Cristiandad‑Islam se iba diluyendo por la presencia de los colosos español y turco, empeñados en destrozarse el uno al otro. La España islámica saldrá perjudicada de este enfrentamiento entre civilizaciones, que ya se había acelerado en 1492. La ceguera y sordera habían, pues, comenzado hace un siglo y la brecha no cesaba de agrandarse.

Nuestra dama, Zoraida, no es un personaje convencional. Es la lucha de su yo contra su pasado y anterior educación; contra su propia moral. Y ese yo lo aplicará con toda su dureza y frialdad contra su padre, Agi Morato.

«“—¿Es verdad lo que éste dice, hija?”, dijo el moro. “—Así es”, respondió Zoraida. “—¿Que, en efeto”, replicó el viejo, “tú eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus enemigos?”. A lo cual respondió Zoraida: “—La que es cristiana, yo soy; pero no la que te ha puesto en este punto; porque nunca mi deseo se estendió a dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a mí bien”. “—Y ¿qué bien es el que te has hecho, hija?”. “—Eso”, respondió ella, “pregúntaselo tú a Lela Marién; que ella te lo sabrá decir mejor que no yo”» (41, I).

berzosa43@gmail.com

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