Barraquer y la bolsa negra, 3

Desperté por la mañana en Barcelona. El desgraciado episodio de la bolsa negra ya pertenecía al pasado. Era tiempo de afrontar con todo optimismo y alegría las próximas jornadas. El hecho no me iba a amargar el encuentro con mis amigos y conocidos de la clínica Barraquer; ni con mis amigas del hostal, donde suelo alojarme, tan amables y cariñosas que hacen sentirme como en casa.

La revisión del ojo, rutinaria y sin más trascendencia, transcurrió según lo previsto: un recorrido de consulta en consulta de varios especialistas, hasta que al final afrontas la del doctor Barraquer, quien dictamina el plan que seguir a la vista de los informes recibidos de los especialistas anteriores y de su propia exploración. Todo ello en un ambiente exquisitamente amable y servicial, un dechado de limpieza y pulcritud, con una ornamentación y decoración que denota el buen gusto y donde destacan muy discretamente figuras de orden histórico‑mitológico de la cultura grecorromana.

Causa cierta sensación de pasmo y solemnidad la entrevista con Rafael Ignacio Barraquer. Más acusada en los momentos que preceden a ésta, en una sala de espera de forma oval: es la biblioteca de la clínica, generosamente dotada, ocupando dos pisos repletos de volúmenes. La parte inferior, a nivel de suelo, está formada por vitrinas donde se exponen fotografías con dedicatoria de personajes mundialmente conocidos ‑pacientes de Barraquer‑, pertenecientes al mundo de la ciencia, las artes y la política. Próximos a los focos de la elipse se encuentran sendos despachos donde pasan consulta, respectivamente, don Rafael y don Joaquín Barraquer, si bien la asistencia de éste último la hace de forma más esporádica debido a su edad ya octogenaria. Llama la atención la apertura y cierre automática de las puertas de los despachos, magníficamente ejecutadas en madera de caoba.

En un viaje a Barcelona se me hace imprescindible una pequeña gira por las Ramblas y las callejuelas del Barrio Gótico, Colón… y aledaños, recordando vivencias de aquellos tiempos de la década de los sesenta, cuando tenía mi residencia en Cataluña.

La reunión familiar con mis hijas tuvo lugar en Reus, bonita ciudad ‑cuna de Gaudí y del general Prim‑ que también me trae muy buenos recuerdos de aquella época, de cuando trabajaba en las centrales hidroeléctricas de Riba Roja de Ebro y Mequinenza y, más tarde, en las nucleares de Vandellós y Ascó. Entonces, en ocasiones, visitábamos conocidos restaurantes de esta bella ciudad tarraconense. En esta ocasión, con mi familia, he vuelto a rememorar vivencias pasadas, visitado los mismos restaurantes, actualmente remodelados y con caras nuevas.

Siempre me llamó la atención la plaza del General Prim, marqués de los Castillejos, presidente que fue del Consejo de Ministros en aquella España convulsa (¿cuándo no lo ha sido?) de 1870, restaurador de la Monarquía tras la I República, asesinado el 27 de diciembre de 1870, precisamente, el mismo día que el nuevo monarca, Amadeo I de Saboya, pisaba tierra española. Recientes autopsias han demostrado que, tras el tiroteo recibido por Prim, fue estrangulado.

En el centro de la plaza, se levanta una llamativa estatua ecuestre del General; y en algunos balcones, cuelgan, actualmente, banderas independentistas catalanas. ¡Si Prim levantara la cabeza!

Finalmente, y dado por zanjado, satisfactoriamente, el incidente de la “bolsa negra” ‑del que aún me queda la duda de si mis hijas se llegaron a creer la versión dada‑, se impone el regreso a Úbeda.

El mismo sistema que el viaje de llegada, pero a la inversa; es decir: coger el “catalán” ‑rememorando la antigua denominación‑ que marcha con dirección a Andalucía, con llegada a la estación de Linares‑Baeza sobre las siete de la mañana.

Toda la noche en la estancia adjudicada, no quise visitar la cafetería por temor a que surgiera un nuevo percance que me amargara el trayecto. Y, como siempre, con los tapones de cera puestos en los oídos, esperé a que el revisor me diera el aviso de llegada.

almagromanuel@gmail.com

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