Huelga general, 1

07-05-2011.

En julio del año 1936, el clima político estaba llegando a cotas muy altas. En la segunda decena del mes, los barómetros políticos ascendieron a lo más alto. La derecha culpó a la izquierda de la muerte de Calvo Sotelo. La izquierda culpó a la derecha de la muerte del Teniente Castillo. La mitad de España se enfrentó a la otra mitad. Un mismo pueblo, una misma familia, hermanos contra hermanos se enfrentaron despiadadamente, argumentando todos que tenían razón. Unos, los poseedores legítimos, otros usurpadores, todos con razones de libertad y bienestar. El resultado fue la patria ensangrentada y mutilada; la tierra, esa tie­rra que antaño era hoyada por el arado y regada con el sudor del que la labraba, se abrió de nuevo para acoger en su seno los cuerpos sin vida de un millón de españoles, de hermanos, la flor de la juventud, dejando en la más profunda pena a madres, a huérfanos, a familias enteras deshechas y a un sinfín de mutilados. Si ese es el saldo que dejan las guerras, ¡malditas sean las guerras!

Voy a intentar recordar algunas escenas que viví y palpé en esos calurosos días de julio, sin ánimo de ofender a nadie, sin culpar a nadie; sólo quiero reflejar la verdad y, como decimos usualmente, «al santo que se merezca una vela que se le ponga; y al que no, que se le deje sin poner».

Cuando acontecieron estos funestos hechos que quiero narrar, yo había dejado mi puesto de monaguillo en la iglesia de El Salvador de Úbeda. Llevaba ocho meses trabajando en Casa Biedma y, a decir verdad, estaba a gusto, aunque fuera el último de todos. La juventud en todos los tiempos quiere trabajar, quiere aprender y saber, ser útil a la sociedad, saber que sirve para algo. En los mandados que a diario hacía, obtenía propinas o algún que otro regalo. Las señoras amas siempre me daban, unas veces, la merienda; otras, el desayuno; siempre pillaba algo. Sí, yo me prestaba y los mandados que me pedían los hacía con agrado y diligencia; y palpaba que a ellas no les desagradaba.

Un día llegué, como de costumbre, acompañado de mi hermano Juan, sobre los ocho de la mañana; hora solar, pues entonces esa moda o necesidad que hoy hay de adelantar o atrasar la hora no existía. La puerta de la tienda permanecía cerrada. Algunos trabajadores estaban en los portalillos, haciendo corrillos y comentando que en Madrid había revolución. Los militares de Canarias se ha­bían levantado en armas contra la República. Había huelga general. Todo eran comentarios, todo el mundo tenía ganas de saber lo que pasaba. Se escuchaba cualquier noticia y, sin analizarla, ya la creían cierta y la narraban aumentándole detalles que no habían ni existido. Todo era una confusión total. Pasaban grupos de gente vociferando «¡Viva la libertad!», cantando canciones con una grosería extrema alusiva a la Iglesia, a los curas, a Dios. A mí, en mi fuero interno, nada de aquello me gustaba, ni me agradaba; y sufría cuando escuchaba esas blasfemias que algunos hombres, que parecían borrachos, con aparente alegría vomitaban por sus bocas.

Mi cometido en esos momentos era como se dice: «Ver, oír y callar». En los portalillos estábamos casi la totalidad de los que trabajábamos en el taller:

Pedro Blanco Vera, “el Mayor” o “el Pobre”, como guasonamente algunos le decían, pues tenía un hermano menor con su mismo nombre a quien algunos le atribuían que tenía más dinero que él.

Sebastián Expósito Moreno, otro buen hombre trabajador que, en sus ratos de ocio, se dedicaba a su afición favorita: el teatro. ¡En cuántas obras había intervenido durante las representaciones patrocinadas por el Socorro Rojo, los evacuados o la radio comunista! Me acuerdo que, en Malvaloca, hacía él de campanero y, dado que no era muy elocuente al hablar, ese papel le salió de maravilla debido a su voz temblorosa.

Su tío Pepe, “el Espartero”, otro trabajador del grupo y que era el director del cuadro artístico. Su hermano Hilario era el apuntador, un hombre callado y sencillo, un hombre de los que con su bondad y buen hacer a diario se labran el cielo.

Otro miembro del grupo allí presente, Eduardo García Doncel, un hombre muy trabajador, de poca estatura, pero muy prolífico y constante en el trabajo. Con qué respeto y cariño nos trataba a los aprendices. De él yo recibía mucho apoyo, por lo menos así me lo parecía. Unas fechas antes de lo que estoy narrando, se casó con Guadalupe Biedma Campos, hermana de nuestros jefes, José y Fernando.

En el grupo que formábamos todos los trabajadores sobresalía, por su altura y delgadez, “el Carbonero”, Juan de la Cruz Gómez Vizcaíno, otro hombre trabajador enjuto, con cara de niño sin barba, pues desde que lo conocí carecía de pelo y, como es natural, de barba.

Más componen­tes del grupo, varios jóvenes: Luis Sevilla, Domingo Reyes Martínez, Antonio “el Churri”, Felipe Montoro Lorente, mi hermano Juan y varios aprendices, entre ellos yo. Todos, a excepción de Domingo Reyes y el que esto escribe, han fallecido. “El Churri” fue fusilado de los primeros, siendo ajusticiado al perder la guerra el gobierno de la República, pues idealmente se había manifestado muchas veces. Otros, como Luis y Domingo soportaron varios años de prisión por los rígidos tribunales y juicios que se celebraban en el Ayuntamiento.

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