“Barcos de papel” – Capítulo 27 e

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- El fraude.

Cuando le expliqué el plan con todos los detalles le pareció muy interesante. Asentía con la cabeza y, de cuando en cuando, me pedía alguna aclaración hasta que deduje por su pregunta, que había mordido el anzuelo.

—Y, en caso de estar interesado, ¿cuál sería el importe de las participaciones?

Sentí un cosquilleo como cuando te tomas dos copas de cava con el estómago vacío. Me eché a reír, procuré adoptar un aire distendido, y respondí en un tono amigable y generoso.

—Como puede ver, estas participaciones tienen unas condiciones mucho más atractivas que las ofrecidas por los Bancos y Cajas, y no son tan arriesgadas como las inversiones en la Bolsa, cuyo funcionamiento solo está al alcance de unos cuantos. Por otra parte, no tiene que declararlas, porque están exentas del pago de impuestos.

Su cara lo decía todo.

—No hay una empresa con cierta solidez que no haya adquirido un buen paquete de estas acciones. Lástima que desde hace unos días incrementaron considerablemente su valor.

—¿Cómo es eso?

—Nos lo comunicaron el pasado viernes. Solo podemos aceptar pedidos de clientes muy importantes, como estos que acaba de ver.

—Pero hombre, ¿cómo no me lo dijiste antes?

—Porque yo no elijo a los clientes. Cada mañana me entregan las fichas con las visitas que hay programadas para ese día. Además, yo no sabía que le podían interesar. De todas formas, si quiere, podemos hacer un depósito de arras con fecha de la semana pasada y formalizar una opción de compra. ¿Qué le parece? Yo lo presento en la empresa y, si aceptan la propuesta, después de fiestas formalizamos la compra.

No lo pensó. Sacó unos folios del cajón de la mesa, y me pidió que yo mismo redactara el documento. Después de leerlo, lo firmamos, le extendí un recibo por importe que me entregó, y le aseguré que lo llamaría lo antes posible. Antes de despedirme y para estar tranquilo, le dije para ganar algo de tiempo.

—Don Emilio, en caso de que se acepte la propuesta, como espero, le llamaré por teléfono para que haga sus previsiones de tesorería, y dentro de un mes le entregaré el contrato original con el sello de la empresa y la firma del agente de cambio y bolsa. ¿De acuerdo?

Nos estrechamos la mano, y salí a la calle loco de contento. Con la paga del mes, la extraordinaria, y aquel dinero en el bolsillo, tenía suficiente para comprar el anillo, para el viaje y aún me sobraría. Pasadas las fiestas, lo llamaría por teléfono desde Madrid, le diría que aún estaba en estudio su propuesta y, al mes siguiente, ya se me ocurriría alguna solución. En último caso, podía decirle que se había cubierto el cien por cien de la oferta y el dinero quedaba en depósito para una próxima fase, que no tardarían en lanzar al mercado. Pero, para entonces, Olga y yo estaríamos muy lejos.

Solo me preocupaba que desde la desgraciada experiencia del Clínico, nuestra relación se deterioraba día tras día: Olga bebía cada vez más, y lo que era peor, en un absurdo intento de ayudarla, yo la acompañaba. Habíamos perdido la alegría, discutíamos por cualquier insignificancia y, aunque intenté convencerla para que nos fuéramos lo antes posible, no logré convencerla. Se empeñó en esperar a cobrar la paga extraordinaria y la liquidación.

—¿Crees que, después de lo que me ha hecho ese sinvergüenza, le voy a regalar un dinero que es mío?

Cuanto más me hacía sufrir, más loco me volvía por ella. No me importaba robar; estaba dispuesto a asumir cualquier riesgo para estar a su lado. Solo me daba miedo que un día me dejara de querer. Presentía que jamás sería del todo mía, que el día menos pensado me daría la espalda y se iría con el primero que se cruzara en su camino; pero me atraía con una fuerza tan irresistible que no podía apartarla de mi imaginación. Era como un veneno, como una droga. Parece un sacrilegio lo que voy a decir, pero hubiera sido capaz de renunciar a mi vida por estar a su lado. He leído en algún sitio que a las personas que nos arrastran al infierno nunca las olvidamos.

A medida que se acercaba la fecha de la fuga, más me preocupaba que Roser pudiera odiarme el resto de su vida. ¡Qué terrible paradoja! Roser era una chica buena, buenísima; a su lado, mi vida podía discurrir plácida y feliz, pero no le prestaba demasiada atención. En cambio, Olga era más frívola y podía arruinar mi existencia, pero hubiera dado la sangre por ella. No la podía alejar del pensamiento: la necesitaba para vivir, para pensar, para rezar. Me atraía con una fuerza mágica, muy distinta la plácida relación que mantenía con Roser. Qué injusta es la vida en ocasiones. Cuando se trata de elegir una alternativa en cuestiones de amor, no atendemos a razones: solo escuchamos la voz del instinto, pensando en el placer que nos aguarda.

Algo se removía dentro de mí, algo que subía por mi garganta y me gritaba que no le hiciera aquella canallada. Después del desamparo que sufrió por la muerte de Jordi, no quería pensar en la amargura que sentiría si la abandonaba. Yo me fugaba con la ilusión de vivir una nueva vida, pero ella, además de sufrir mi traición, tendría que soportar las constantes impertinencias de su padre. No era justo. Estaba desconcertado por el paso que íbamos a dar, pero tenía tantas ganas de resolver aquella situación que, si de mí hubiera dependido, nos habríamos marchado en aquel momento. También pensaba en la reacción de Santamaría, aunque no me preocupaba: sabía que no armaría demasiado revuelo, que no se atrevería a mover un dedo, porque tenía que perder mucho más que nosotros.

roan82@gmail.com

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