“Barcos de papel” – Capítulo 20 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.-Asesor de inversiones.

Vender en Borrás Asociados S.A., era mucho más fácil. Llamabas por teléfono, te presentabas como asesor de inversiones, y concertabas una entrevista con el gerente de la empresa. Una vez allí, abrías el dossier, le mostrabas las fotos de unos edificios de apartamentos en primera línea de mar, le decías que el dinero en el banco no daba nada ‑cosa en la que todo el mundo estaba de acuerdo‑, y te ponías a hablar de la necesidad de rentabilizar los ahorros comprando propiedades sólidas y de futuro. O sea, apartamentos en la Costa del Sol con una rentabilidad excepcional que triplicaba el porcentaje que ofrecían Bancos y Cajas de Ahorros en las imposiciones a plazo fijo. Tenías garantizado el doce por ciento por la renta de los inmuebles, y además te aseguraban una plusvalía entre un quince y un veinte por ciento anual. Con absoluta seguridad, se podía estimar una rentabilidad de un treinta por ciento anual garantizado.

Pero lo mejor era que no era necesario comprar un apartamento. Para evitar preocupaciones al inversionista, podían adquirir pólizas de treinta mil pesetas, primadas con el doce por ciento de rentabilidad, aunque sin plusvalía, naturalmente. Pero se podían comprar centenares de pólizas con la misma rentabilidad. A la seguridad que proporcionaba el nombre de un bufete tan prestigioso, como el nuestro, se añadía la solvencia económica y moral del Consejo de Administración de Grupincoes (Grupo inmobiliario de las costas de España), formado por militares del más alto rango y personas cercanas al gobierno y al Jefe del Estado. ¡Cómo cambió mi vida desde entonces! Me pagaban un uno por ciento por los títulos vendidos y tenía premios según una escala de resultados. ¡Había días que ganaba mil pesetas! Con aquel trabajo podía pagar el coche y me sobraría dinero.

Cuando “El Colilla” me entregó las llaves del Seiscientos, fuimos a dar una vuelta al circuito de Montjuic para demostrarme que el automóvil estaba en perfecto estado ‑como solía repetir con insistencia‑. Aquel día no me hubiera cambiado por nadie en el mundo. No se podía ser más feliz y lo hubiera seguido siendo durante mucho tiempo, si no se me hubiera dejado enredar, una vez más, por los caprichos de aquella chiquilla que, cuando se enteró de que ya tenía coche, se le metió en la cabeza que quería aprender a conducir.

—Vale. Pero primero tienes que ir a una autoescuela.

—No; que el profesor se pasará la clase queriendo ligar conmigo.

—Oye, que no eres ninguna estrella de cine.

—Pero a ti te gusto más que todas ellas. Berto, tú me quieres mucho, ¿verdad?

No hay nada que un hombre pueda negarle a una mujer, si le mira como Olga me miraba. Uno de aquellos días llamé a Roser, le dije que tenía visita de empresa y me fui a esperar a Olga a la salida de la clínica. Tomamos la autovía de Castelldefels, nos paramos al lado de la playa, y pasamos un buen rato jugueteando con el coche por los caminos de tierra que hay alrededor del Torreón.

El cielo estaba limpio, la tarde empezaba a decaer, y una luna muy pálida aparecía por el horizonte. Me sentía como el protagonista de “Un hombre y una mujer”, corriendo con el coche al borde de la playa. Pero aparte de algunos intentos por mi parte, y algunos besos de compromiso, no hubo nada más.

—¡Qué te pasa! ¿En qué estás pensando? ¿Cuándo empiezo a conducir?

Le expliqué que antes de arrancar se asegurara de que el coche estaba en punto muerto; que luego pisara a fondo el pedal del embrague, con el pie izquierdo, y lo fuera soltando, poco a poco, mientras con el derecho presionaba el acelerador. No se tomaba nada en serio; se reía de cada palabra que yo decía, soltaba el embrague de repente, el coche daba un salto, se calaba y ella se moría de la risa. Yo no sabía qué hacer. De cuando en cuando, me hubiera gustado que se olvidara del coche y pasáramos a una escena más romántica, como las que salían en la película francesa.

—Quita, quita que nos vamos a matar. Hemos venido a conducir. ¿Vale?

Me apartaba la mano, arrancaba el coche, cogía el volante y yo no sabía por dónde abordarla. En cuatro o cinco clases, como profesor de autoescuela, solo conseguí que fuera capaz de recorrer unos doscientos metros. El Seiscientossaltaba como una cabra loca tirando aceite, yo rezaba en silencio por miedo a que se parara definitivamente, y ella seguía tan divertida, sin dejar de reír.

roan82@gmail.com

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