“Barcos de papel” – Capítulo 05 e

5.- Un espermatozoide juguetón.

Salí al lavabo y, cuando regresé, “El Colilla” ya estaba con otro asunto. Le decía, muy serio, a Joaquín, el de la Caixa.

—Pero hombre, Joaquín, ¿cómo has estado? Que eso le pase a otro…; pero a ti…

—Porque soy un gilipollas, Emilio. ¡Un perfecto gilipollas!

“El Colilla” intentaba poner cara de circunstancias; pero, de vez en cuando, se le escapaba una carcajada.

—No puede ser; si cada semana te pasabas por la farmacia y te llevabas una cajita. A ver si va a resultar que tu novia hace horas extraordinarias…

—Que no Emilio, que no. Yo creo que sé lo que pasó: el condón me lo puse como siempre; pero tengo la mala costumbre de romper la funda con los dientes. Debí de hacerle un agujero, sin querer; y, en el momento clave, la Manoli empezó a agitarse como si estuviera trastornada. O sea, que entre el ajetreo y el acaloro, se escaparían dos o tres espermatozoides y los muy hijos de puta encontraron el camino.

A los otros se les saltaban las lágrimas de la risa.

—Tú dile que repase bien las cuentas —insistía “El Colilla”—. A ver si se ha equivocado y te tiene con el alma en vilo. A lo mejor, le ha venido la regla y no se ha dado cuenta; que eso pasa a veces.

—Sí, hombre; ni que fuera tonta.

—También puede ser cosa del estrés. ¿No la encuentras más borde últimamente?

—Emilio, no te lo tomes a coña. Habla con tu jefa, a ver si en la farmacia tiene alguna cosa para solucionar el problema.

—No te preocupes; mañana mismo le pregunto; algo tendrá la vieja para evitar el percance. Y, la próxima vez, sujeta a la Manoli.

Mucho más tranquilo, Joaquín dijo que era tarde, y todos se levantaron de la mesa. Al quedarnos solos, me echó la mano por el hombro y empezó a decir que me quería como a un hermano, y que haría cualquier cosa por mí.

—¿Otra ronda? —preguntó tan campante—.

—Muchas gracias; yo también me voy.

—Como quieras.

No percibió mi enfado. Fue al lavabo, salió sacudiéndose la bragueta sin disimulos, y volvió a preguntarme.

—En serio, ¿no te tomarías otra cervecita?

No pude reprimir el ataque de cólera y, sin sentarme, le contesté hecho una furia, dispuesto a marcharme del local.

—Emilio, ¿a ti no te jode que te engañen? Pues a mí, sí.

—¿Qué yo te he engañado? A ver, en qué.

—¿Cómo que en qué? Eres un miserable, además de un mentiroso. Por qué no me dices en qué trabajas. ¿Eh? Jefe de ventas de Lamder SA. Valiente fantasma. De auxiliar de farmacia con una vieja. ¿No te da vergüenza?

—¡Ah! Es eso. No te preocupes —dijo riendo a carcajadas—. Eso tiene solución.

Como un relámpago, pasaron por mi mente las ilusiones que había depositado en aquel trabajo y la risa de “El Colilla” me cegó de ira.

—No te rías, gilipollas.

De un empujón, lo lance contra la máquina del millón, cayó hacia atrás, se quejó del golpe en la espalda, pero no se defendió y me dijo sin perder la sonrisa.

—Tranquilo, “Mosquito”, no te pongas así.

Lo cogí por el cuello y le dije lleno de rabia.

—Debería matarte. No sabes el daño que me has hecho.

—Pégame, “Mosquito”. Anda, pégame. No me haces daño —decía sin dejar de reír—.

—¡No vuelvas a llamarme “Mosquito”! Me llamo Alberto. ¿Te enteras?

Bajó la cabeza y guardó silencio como un niño pillado en falta. Dejó su aire de superioridad y adoptó una postura más modesta. Yo estaba preocupado y el mundo se me venía encima.Allí se acababan mis esperanzas de empezar a trabajar de inmediato. No me podía creer lo que estaba pasando, pero esa era la verdad.

—¡Cómo se puede ser tan irresponsable! ¿Aquel rollo de que te llamara de usted y señor Soto? ¿Y la fotocopia del carné de identidad para adelantar el papeleo? Más mentiras. ¿No te da vergüenza?

—Vale —puso cara de no haber roto un plato y me dijo como si hablara con un niño—: ¿Te vas a enfadar como cuando tenías siete años? No me seas cataplasma. Si te hubiera dicho que vendía aspirinas, lo mismo no vienes y hubieras perdido la gran oportunidad de tu vida.

—No te preocupes por mí; no te necesito. Saldré adelante, sin tu ayuda. Pero, después de esto, por favor, no vuelvas a mirarme a la cara.

Volví a la pensión, decidido a buscar trabajo desde el día siguiente. En Barcelona, se valoraba a los jóvenes con carácter, y yo había demostrado voluntad y espíritu de sacrificio suficientes para volar por mi cuenta. No podía fracasar. Tenía que ser capaz de soportar la soledad, encontrar un trabajo, cuanto antes, y habituarme a estudiar en la habitación. No podía olvidar el objetivo que me había traído hasta aquí.

 

roan82@gmail.com

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