Un puñado de nubes, 48

27-05-2011.

Amalia, sin embargo, tras las dos breves conversaciones telefónicas con León, no se quedó tranquila. Su intuición le hacía sospechar que algo grave le estaba ocurriendo a aquel hombre, al que había conocido hacía poco y por el que sentía, al menos, cierta simpatía; de modo que, en uno de esos arranques a los que ella era muy dada, se plantó en La Luna al día siguiente de hablar con León.

—Ha entrado el sol por estas puertas y se ha producido un eclipse de luna —bromeó barroco, Indalecio, cuando la vio entrar. Amalia sonrió ante la verborrea del camarero—.

Había llegado a la hora en la que, según ella, solían tomar café Alfonso y León. Miró a su alrededor y comprobó que las escasas mesas estaban vacías, salvo una en la que jugaban al tute cuatro hombres ya de edad, que la miraron con indiferencia y siguieron en la partida, mientras alguno sorbía escandalosamente los restos del café, ya frío, que quedaba en su taza.

—Si busca a los tenorios no los encontrará. Hace unos días que no aparecen por aquí, y ya es raro. Aunque en los últimos tiempos andaban muy misteriosos. Secreteaban —le advirtió Indalecio—. Pero, bueno, siéntese. La casa invita. ¿Qué quiere tomar?

Amalia se sentía, una vez más, ridícula. ¿Quién le mandaba a ella meterse en camisa de once varas?

—Un descafeinado de sobre, con leche templada, por favor —pidió Amalia y se sentó en la misma mesa en la que solían sentarse los dos amigos—.

Indalecio le puso el café y se lo llevó a la mesa.

—¿Puedo…? —solicitó, el camarero, sentarse junto a ella. Amalia hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. Gracias.

Los dos guardaron unos instantes de embarazoso silencio.

—Soy tonta de remate —dijo al fin Amalia—. He quedado como una chiquilla, con lo vieja que ya soy…

—¿Vieja usted? Si es un capullo de alhelí.
—Ahórrese el esfuerzo. ¿No me ve ridícula?
—La veo… la veo… espléndida.
Amalia sonrió y dijo:
—Otro que tal baila.
 

—Con usted bailaría el tango y el bolero. No sé en qué piensan esos dos energúmenos —dijo, refiriéndose a Alfonso y León—. Ufff, la de pisotones que se llevaría. Tendría que llevar los zapatos al zapatero. Sabe usted… No sé desde cuándo no me he sentado con una mujer a charlar. He perdido la cuenta.

—¿No está casado?

—Estoy separado. En trámites de divorcio. Ahora vivo con mi madre; me tiene acogido. No están los tiempos para mantener dos pisos.

—Lo siento, perdone.

—No hay nada que sentir y, menos, que perdonar. Uno apuesta por una cosa y la vida luego mueve la bolita de un lado a otro y te arruina —Indalecio se tornó serio y triste—.

No quiso contar a Amalia que su matrimonio se fue a pique, cuando cerraron la fábrica de tapones en la que trabajaba desde chiquillo. Con el dinero del despido él quiso pagar el traspaso de La Luna, pero su mujer quería abrir una mercería en el barrio, que ella llevaría, mientras él procuraba encontrar trabajo en cualquier otra parte. Ya no eran los días del jijí, jajá del amor. El amor se había ido a hacer puñetas. Y como no tenían hijos, lo mejor era tirar cada uno por su lado. La madre de Indalecio le reprochó su poco aguante. «Hoy día, no sois capaces los jóvenes de soportar nada. Tose uno y se muere el perro de una pulmonía. Yo a tu padre…».

Amalia decidió regresar a su pueblo antes de que se hiciera más tarde.

—Puede venir por aquí cuando quiera. Estén los tenorios o no. En La Luna siempre será bien recibida una dama como usted.

Indalecio la acompañó, hasta la puerta, ceremonioso; se restregó las manos en el mandil sucio y estrechó la de Amalia. Los jugadores de tute ni se inmutaron.

***

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