Un puñado de nubes, 13

28-02-2011.
De todas aquellas noches primeras de soledad en su dormitorio, con los recuerdos tan palpables que se hacían casi físicos, hay una que no se le ha borrado a León del pensamiento: la primera. Ni el Valium 10 ni la tila doble bien caliente evitaron, pese a la relajación que le produjeron, que pudiera conciliar fácilmente el sueño. Tenía el paladar acorchado y una pesadez en los párpados que parecía que se le iban a desprender como hojas secas. Y cuando se le cerraron los ojos, la imagen que se le apareció en el entresueño no era la de su mujer ni viva ni muerta, sino la de una jovencita casi adolescente a la que tenía enlazada por la cintura bajo una brillante y abundosa yedra trepadora. No podía poner en pie en qué lugar ni cuándo. ¿Qué hacía allí en su subconsciente aquella muchacha? ¿Por qué la tenía tan cerca que podía escuchar el latido de su corazón a través de su blusa? ¿De qué se reía con aquella boca carnosa; acaso de él, de lo que le había dicho? Igualmente le resultaba extraño verse, siendo ya viejo, acercando sus labios a los de ella. ¿Qué hacían allí? ¿Se escondían? Los pájaros amparados en la yedra asilvestrada que trepaba por un muro ‑¿acaso de una iglesia?‑ no dejaban de piar. Algunos, momentáneos, abandonaban el escondite con un crujir de ala y hojas para emprender un corto vuelo y regresar de inmediato. La muchacha le ofrecía su boca para el beso. Y él, con el corazón sobresaltado, la aceptó. Pero aquel beso no sabía a fruta, ni tenía el calor de la vida. Aquellos labios tenían el color de la ceniza y un aliento a humedad de osario.

León despertó sobrecogido por aquella desconcertante visión. «Nena, ¿estás ahí?», preguntó con palabras pastosas por los efectos del tranquilizante. Tocó el otro lado de la cama y buscó la respuesta en un cuerpo, el de su mujer, que desde aquella noche estaría para siempre ausente. Acercó la parte de la almohada donde solía ella reposar la cabeza, la olió, reconoció su perfume clásico y la besó varias veces entre lágrimas.
Nunca contó a nadie aquellos primeros terrores de la soledad. Mucho menos a su hija.
El tiempo es el gran cómplice del consuelo. Como decía su mujer y reconocía León: «El tiempo todo lo cura; no hay dolor que cien años dure». Ah, León, te lo digo muy en serio: si yo me fuera antes ‑presentía‑, ni se te ocurra ponerte luto por mí. Y tus hijos menos; eso está trasnochado; ya lo dice la copla:
El luto que es bien sentío
se lleva en el corazón;
no en color del
vestío.
Y el tiempo acabó dándole la razón a la mujer de León. El alma se le fue apaciguando aunque, de vez en vez, le repuntaba un pinchazo en el costado que le hacía detener la respiración y aguardar a que ocurriera algo. Su hija lo sorprendió alguna vez así: detenido de pronto, escuchándose por dentro, como si alguien le hablara o como si otro alguien le cortara los tejidos de los pulmones con una sutil delicadeza y le hiciera sangrar tan dulcemente que le pareciera entrar en un ámbito esponjoso.
Y fue entonces cuando volvió a abrir otro cuaderno y se puso a escribir ya sin testigos. El primer poema que completó en esos días fue uno que comenzaba así:
El aire ha detenido su cuchillo
y ha escrito con su frío desconsuelo:
muerte, seguido de tu nombre. Donde
yo puse
amor
, el aire corrigió
mi letra con un trazo de ceniza…
***

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