Un puñado de nubes, 08

16-02-2011.
Aquel jueves de la cita se alumbró el cielo con un sol bobo, bermejo, áspero como polvo de ladrillo y cuarteado por densos nubarrones que anunciaban la inminente borrasca.
Amalia había tomado el autobús que la habría de dejar a pocos metros del café en donde conocería a León y a donde llegaría dentro de unos veinte minutos.
—Ojalá sea puntual —se dijo—, porque no estoy dispuesta a esperar sola mucho tiempo y menos en un bar.
Con la mirada perdida, contemplaba a través de la ventana cómo la gente, huyendo de la mojada ventolera, caminaba deprisa por las aceras hasta desaparecer tras el umbral de una casa o de una tienda. Las calles parecían resbaladizas y blandas como jabón derretido.

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