Un puñado de nubes, 11

23-02-2011.
León había llegado al bar de la cita con Amalia con casi quince minutos de retraso. Los que tardó en desviarse a una floristería para comprar un ramo de claveles. Cuando entró en el ensombrecido bar y no vio más que a dos risueñas parejas besuqueándose y a dos viejos taciturnos tomando café, pensó darse la vuelta y colocar las flores en el paragüero con la misma devoción que lo hiciera sobre una sepultura. En el fondo de sí mismo sintió como un flujo liberador que le hizo encogerse de hombros. Miró hacia la mesa en donde solía sentarse con su amigo Alfonso y lamentó que no estuviese allá.
Llevaba ya varios días sin verlo y estaba seguro de que se hubiera divertido al contarle aquella fallida “aventura amorosa”, si es que así se la podía llamar. Era como si lo estuviera oyendo:

—Pero hombre, Leo: ¡cuántas veces te he dicho que no hay que fiarse de las mujeres! Y, a nuestra edad, menos. Que hay mucha zorra suelta por este mundo en busca de una pensión y de una casa como la nuestra.
Alfonso era así: sanguíneo, impulsivo, hipersensible. Era un hombre sin matices, con esa inteligencia pragmática del sí o del no, del todo o de la nada que, de golpe, podía vaciar su corazón en una blanda torrentera o endurecerlo sin retorno como piedra de granito.
Desde que allá por los años sesenta, cuando estando aún en el internado de Úbeda, encajó su primera frustración amorosa, Alfonso juró, llorando con exacerbada rabia juvenil, que jamás volvería a manifestar un mínimo sentimiento hacia una mujer; y que, incluso, estaba dispuesto a renunciar a la menor amistad con el sexo femenino.
Su amor, por aquella bellísima adolescente con piel de lirio y ojos verdes, había sido un sentimiento sólo construido en el silencio de las miradas. Se cruzaron un domingo en la bajada del Real y, en sus ojos, notó brotar todo el resplandor de la creación. Un amor profundo y enmudecido iba creciendo en la hoguera silenciosa de aquel volcán adolescente. «Pídele las cosas Dios», y a Dios le pedía, como aconsejaban los curas del internado, que le permitiera quedarse para siempre junto a ese cutis de lirio, junto a esos ojos de esmeralda. Pero una inesperada turbulencia lo hundió de golpe en el abismo de la desesperación. El rival, sin saberlo, fue su amigo León, por aquel tiempo espigado muchacho, cuya fama de prometedor poeta había trascendido los muros del internado. Alfonso los sorprendió, una tarde de domingo, enlazados por la cintura, bajo la enredada yedra de la iglesia de San Lorenzo. De repente, se le quedó el corazón helado y le embargó una violenta misoginia, cuya erupción destruyó los más elementales reductos de la razón. A punto estuvo de huir del colegio, de ingresar en un monasterio o de afiliarse a la Legión Extranjera. No lo hizo. Pero, tras recapacitar unos meses, decidió descartar de su futuro cualquier tipo de relación afectiva o sentimental con una mujer.
Sumido en el recinto de sus versos y del dulce amor, el buen León no se había percatado de nada.
Después del internado, Alfonso abandonó el país, estudió idiomas en la Universidad de Oxford y en Suiza realizó una brillante carrera en Empresariales, llegando a ser alto directivo de la Nestlé.
Inteligente y trabajador incansable, Alfonso tomaba regularmente pequeñas dosis de cocaína para mantener su elevado nivel profesional. Decidió cronometrar su vida, siempre con la mirada fija en el egocéntrico axioma del «Quiero, puedo y voy a vivirme bien». Rápidamente comprendió y experimentó que, sin tener relaciones comprometidas con una mujer, la vida podía ofrecerle placeres quizás más diversos, exquisitos y refinados.
Sus días libres los pasaba jugando en el Casino de Montreux, relajándose en jacuzzis o en baños termales con sus correspondientes ofertas de delicadezas asiáticas. A menudo, viajaba a Milán, París, Viena o Londres para escuchar las orquestas sinfónicas dirigidas por grandes maestros y saborear en las mejores mesas los deliciosos sushis. A esos conciertos y banquetes solía acudir con algunos colegas de la Nestlé con quienes, en invierno, esquiaba por las nevadas pendientes de los Alpes helvéticos. El tiempo, sin decir nada, también se deslizaba con la misma rapidez.
Si hubiese vivido en España, quizás se hubiera preguntado: «¿Eres feliz?».Pero, viviendo donde vivía, la formulación correcta de la pregunta era: «¿Estás satisfecho?».
Una intempestiva e intensa añoranza teñida de melancolía hizo que Alfonso volviera a España a disfrutar su jubilación. El recuerdo de sus años en el internado de Úbeda desembarcó en su memoria con la alegría y el entusiasmo de una adolescencia recuperada. Valiéndose de internet, buscó a su amigo León por los cuatro ángulos del país. Lo encontró en Sevilla y reverdeció con inusitada entereza la lejana y adormecida amistad. León, el amigo Leo, ya viudo y jubilado, le procuró un precioso chalé en las cercanías del Nervión. Cada día, con pocas excepciones, tomaban café en un pequeño bar y Alfonso se derramaba en anécdotas de los años juveniles, que casi siempre terminaban con algún enquistado puntazo a las mujeres.
—Yo, por entonces, también hacía versos, Leo. No tan buenos como los tuyos, claro. ¿Recuerdas aquellos que te leí una vez en la sala de juegos del colegio?… Sí, hombre, decían así:
Mil veces me enamoré;
una, en el amor creí,
¡y en ésa me equivoqué!
A todo eso, León presentía que a Alfonso no le habían ido muy bien sus relaciones con mujeres en el extranjero. «De ahí su empecinada soltería —pensaba— y esa constante y envenenada inquina cuando se refiere a ellas».
Por eso, no le decía cuánto le costaba sobrellevar la insondable soledad en que vivía su corazón y que, por eso, estaba buscando a una compañera. Como tampoco le dijo que, gracias a un programa de Canal Sur, se había puesto en contacto con una tal Amalia. Con qué placer le hubiera dicho:
—Alfonso: el jueves a las cinco tengo cita en “nuestro” bar con una señora. Se llama Amalia. Si te apetece, te la presento y tomamos café, juntos.
Pero como de antemano conocía la malhumorada respuesta de Alfonso: «A mí déjame de garambainas mujeriles», León decidió ir solo a la cita.
Cuando León se disponía a colocar el ramo de claveles en el paragüero, le detuvo la voz de Indalecio, el camarero.
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