Espejito, espejito…

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

A Ramón Quesada parece haberle tocado la fibra sensible uno de esos que él llama “politiquillos” y que los pone a caer de un burro, a raíz de una entrevista que le hacen en televisión a ese tal individuo sobre el más famoso y destacado escultor que ha tenido Úbeda. El enojo de Ramón es más que comprensible, máxime cuando tachan al escultor de «tener inclinación a la simonía».

Nuestro articulista, aunque da suficientes datos para desvelar la identidad de dicho imaginero, no nos da su nombre. Algo que a la inmensa mayoría de los lectores no les preocupa, porque ya lo habrá adivinado. Pero para quienes no lo han descubierto, al final del artículo se revela su identificación.

Ya hace que entramos en tiempos de criticar hasta al lucero del alba y hay cientos de personajillos por ahí que así disfrutan cuando quieren. Y, cuando se miran al espejo, no saben siquiera si lo que ven son ellos o unas figuras de garrulos que todo lo critican: a un político que se empeña en comer del presupuesto del pueblo. A un prometedor de proposiciones que no cumple. A uno que anda por aquí y por allí, mostrando su marfil blanqueado a cepillo y que baila al son que le tocan y es gorrón de guateques, tiralevitas y chupa eso. A un parásito que de todo sabe y se mete en los charcos. A uno que habla hasta por los codos y que, al contrario de lo que promete, desarregla lo arreglado… En definitiva, cómicos en la era de la democracia como escogidos de las obras de Voltaire para, con sátiras, chulerías y mentiras, asomarse a la prensa y a la pequeña pantalla con aires de héroes de la nueva ola, consentidos y mimados. «Ahora veo que, en general, el sarcasmo es el lenguaje del demonio», diría Thomas Carlyle. Y viene esto a colación porque, el otro día, uno de estos alambicados esnobs apareció de pronto en mi televisor para decir que la obra de un determinado escultor, malagueño y ubetense por adopción, no tenía más mérito que la inclinación a la simonía. O sea, a la venta de imágenes espirituales para el propio beneficio. Así, como lo oyen. Pero, el interlocutor, como nos señala Pasquau, estaba en «un agujero negro». Su frase le definía, entre todas las mezquindades mundanas, como un Zadig volteriano o, al menos, esto es lo que cree mi buen amigo maese Gumer, pues el escultor a que se refiere el personajillo en cuestión fue todo lo contrario, ya que muchas de sus valiosas obras de Jesús y de María, o fueron por él regaladas, o no se las pagaron. Y no cito casos ni cofradías, porque entonces sería yo uno más de esos que se asoman al espejo y no se ven. Por si es poco, hasta el imaginero nos donó su cuerpo un final de diciembre. El alma no, porque esta era de Dios. Por lo que, visto esto sobre el escultor que entre nosotros vivió muchos años, el esnobista que se atrevió a juzgarle con irresponsabilidad al decir lo que no sabía, si se hubiese mirado a la lámina azogada, probablemente, tampoco se apreciaría en su forma física, sino que se vería en un mundo al envés y, sobre este, unas manos tallando un Cristo que, seguramente, no perdonaría su vacuidad y desconcierto. Así que, permítaseme no poner el punto final sin hacer mención al extenso patrimonio artístico que no voy a enumerar, por razones obvias, y que a Úbeda legó y cuyo nombre ya habrán adivinado y que no menciono para evitarme un sofoco y humedecer el pañuelo con su recuerdo y amistad perdida.

(01‑07‑2007)

Nota:

Se trata del escultor Francisco Palma Burgos. Para obtener más datos de su vida y obra, os recomiendo leer el artículo “Úbeda y Francisco Palma Burgos”, en “Escritos”, “Atalaya”, de nuestra página web.

almagromanuel@gmail.com

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