Cristo, pueblo, arte…

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

No es fácil encontrar un ubetense que no se enorgullezca de su Semana Santa. He aquí a Ramón Quesada, a quien la Pasión le mueven los más profundos sentimientos, que le hacen traspasar los límites acotados de las manifestaciones más o menos populares y bullangueras para llegar hasta el origen donde se fundamente su fe por el Misterio, convirtiéndose más en un exégeta que en un penitente practicante con capirote.

El drama de la Pasión de Cristo atrae a los pueblos. Es ingénito en las gentes porque es una de sus autenticidades más íntimas. Es una emoción que fluye del alma para hacerlas protagonistas, dado el estado de ánimo en estas fechas, de una simbiosis espiritual tremenda; extrañan, de emocional fortaleza. Les preocupa a los pueblos, a las ciudades y a los más humildes burgos la “Tragedia del Verbo”, que atormenta la sensibilidad humana en piadoso intento de comprender plenamente la extensión, el significado del suceso. La entrega de Cristo, su triunfo luego del caos hirsuto de los oídos, produce escalofríos al pensar en “la traidora voz” que originó el trance. En la nolición de Pedro, en la flaqueza de Pilato, en el desprecio de Gestas, en la probabilidad de Dimas, en la lanzada de Longinos, en la Cruz y en toda la grandeza del acto que acaba en estertor de muerte, están el preludio y la conclusión, la base y la cúspide del “acendrado catolicismo” de gran parte de las generaciones contemporáneas. Está el enardecer que remueve todos los rescoldos ancestrales del pueblo que siente, sufre y vive la Semana Santa. Existe toda una exégesis para penetrar en el simbolismo del derrame de dolor de Jesús por la apacibilidad de los hombres que, no obstante, se odian, pelean y exterminan con desprecio cismático. Cristo nos eximió del todo de culpa, pero la resistencia humana es tan ofuscada, que se engaña ante la verdad absoluta.

La Semana de Pasión pone ante los ojos la perspectiva del dolor en la sensibilidad artística de las imágenes, que induce a sentimientos y meditación. Hay una cara humilde, iluminada, en Aquel que monta en la asna. Hay un gesto doliente en el suspiro postrero. Hay una eclosión de claridad al tercer día. Hay toda una imaginería para “ver” a Jesús en su proceso. Hay un todo en cada día de la Pasión del Crucificado. Basta sólo con saber mirar, estar preparado para sentir, predisponerse para resistir la emoción del peso de la Cruz.

La Semana Santa es una manifestación inanimada donde el arte religioso queda plasmado, con toda la belleza dolorida de Cristo y María, en la “galería” de tradiciones y devociones canalizadas por el pueblo a la inmortalidad. Son imágenes “quietas” que cada año sorprenden por el acierto con el que fueron concebidas. No hay aquí ‑en la representación del drama‑ nada rebuscado; todo es un traslado de fechas, de dos mil fechas vividas como una sola. El significado de los azotes, de las burlas, de las llagas y de la Cruz es siempre el mismo; no cambian nada más que los hombres y sus sutilezas. Nada es variable en cuanto a la Pasión de Jesús. Nada es cambiante; todo es estable. No existe un Dios para cada día, para cada pueblo, para cada artista, para cada estilo, para cada época, para cada… hombre. Sólo es un Dios‑Único en inefable Misterio. Es sólo una palabra entre las palabras, entre todas las palabras. Una gracia que se hace semilla para la siembra, que nacerá hasta las bóvedas del cielo.

El arte que representa a Jesús, que nos lo hace “estable”, puede cambiar las técnicas según las tendencias, creencias y carácter del artista. Se admiten y se valoran, porque hay una mente libre, una devoción sorprendente motivada por nuevas concepciones, no distintos conceptos; por los años y por las formas interpretativas que se imponen. Se imita todo lo divino a la manera del autor, pero éste no puede crear más de lo creado por Dios, ni siquiera embellecerlo más de lo que Él lo hizo.

En las obras de los grandes maestros de la pintura universal religiosa, se caracterizan, por las diversas influencias recibidas en la formación del autor, las tendencias más heterogéneas en cuanto al estilo y composición; se diría que en ellas se refleja su estado y su fe. Motivo de cotejo son por ejemplo el siciliano Antonello de Messina, que nos ofrece una “Piedad” coronada por querubes, mientras Rubens, representante plástico de la apoteosis del Barroco, nos muestra otra “Piedad” diferente. Cristo, sanguinolento y con la expresión marcada de la muerte, está rodeado de figuras angustiadas en cuyos ojos el sufrimiento vivido queda realizado magistralmente. Dentro de la escultura igualmente dedicada a Jesús, Miguel Ángel nos lega “La Piedad” de la Basílica de San Pedro, en la que en esa maravillosa composición de ropas y carne exánime, al formidable florentino le bastan sólo dos figuras para mostrar la grandeza de una obra única, colosal y humanista por excelencia. Alonso de Berruguete, con influencias de Miguel Ángel y del manierismo, dedicado exclusivamente casi a la escultura, tiende también a la “aglomeración” de personas en sus tallas más importantes, como es el caso del soberbio retablo del altar mayor de la capilla del Salvador de Úbeda, en el que, en excepcional armonía de conjunto, realiza hasta seis figuras de grandes proporciones, dignas de ser comparadas con las obras más logradas del arte escultórico de sus antecesores y contemporáneos.

Así pues, la figura de Cristo, en toda la pléyade de artistas católicos, está invariablemente presente. No importan el tiempo ni el estilo de cada uno, ni su naturaleza ni su estado, sino la realidad coincidente de hacerle diferente, siendo el mismo; constantemente superado en técnica, eternamente mostrado y conocido. Y es que la fe vuelve, del hombre y del mundo, hacia Dios. A costa de ser sólo un instante, el hombre, alguna vez, por lo que quiera que sea, se reconcilia con Dios. Le busca después de un prolongado olvido, cuando ha agotado la esperanza en todo, cuando sus fuerzas son incapaces de abrir las puertas más volubles o más fornidas. Por eso, la Semana Santa es para pensar; se presta a ello, nos atrae a la meditación. O, simplemente, la ocasión para ponernos bien con Él. Entonces, ya es cosa del corazón como la mejor influencia para llegar al Supremo.

(28‑03‑1991)

 

almagromanuel@gmail.com

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