Comisariado

Por Mariano Valcárcel González.

Dicen que, en estos años muy últimos, el número de asesores de nuestros gobernantes ha aumentado significativamente.

Eso, ya de principio, significa que también ha aumentado el gasto y me temo que de forma palpable, pues creo que estos asesores se cobran bastante bien sus trabajos; mejor pagados desde luego que la pléyade de funcionarios que pudiera hacerlos. O sea, que ‑de la cantada y recomendada hasta el hartazgo‑ austeridad esa, nada de nada en estos terrenos privilegiados. Cosas incomprensibles para nuestras cándidas almas, o desinformadas.

Oigo en una emisora que esos asesores son muy necesarios. Puede ser, en efecto. Otra cosa es si todos los nombrados, a divino dedo ‑desde luego‑, lo son o están cualificados para ejercer su labor. Porque sus nombramientos lo son sólo por afinidades políticas (más bien por adhesiones aparentemente inquebrantables a los que mandan algo), o por amistades muchas veces peligrosas y muy interesadas. Otra forma de selección, vieja como el mundo, es la mera pertenencia a la familia (y entiéndase esto como se quiera). Espero que algunos estén debidamente cualificados y sean bastante útiles a la finalidad para la que se les recluta, porque al menos se podrán ganar el sueldo con honradez.

Les cuento, para que no se crean que soy un mal sujeto (siempre buscándoles a estos actuales buenos y perfectos gobernantes falsas acciones). Hace años se produjeron cambios en el gobierno andaluz y bailaron consejerías y delegaciones… Le pregunté a la nueva delegada provincial de Turismo si iba a mantener de segundo a un funcionario (que yo conocía) y que era un excelente trabajador; la respuesta que me llevé fue esta: «Claro que no lo dejaré; que este es un puesto de confianza…». O sea, que ‑aunque fuese un magnífico funcionario‑ había que defenestrarlo sin mayores consideraciones, en aras de colocar a alguno de la misma cuerda. Lamentable.

De todos estos polvos, tenemos ahora, en tantos lugares, tanto barro.

En su libro Todo lo que nos era sólido, el escritor Muñoz Molina argumentaba como clave del mal la pertinaz y constante faena de deterioro sistemático del sistema funcionarial en cualquier administración. Lo que implicaba, por fuerza, montar otro sistema adecuado a los intereses partidistas y personales. Esto lo ha repetido en entrevistas. Y, en general, es cierto.

Idealizar al estamento funcionarial no está en mi intención, que de sobra se saben las luces y sombras; pero es cierto que se ha tratado (y logrado) puentear ‑si no totalmente eliminar‑ los niveles de gestión especializada y control. Ahí el motivo de allegarse una corte de aduladores y conseguidores de cualquier cosa y por cualquier modo, con tal de que las finalidades se consigan.

Pero, a la vista de los resultados, estos asesores tan numerosos son en general unos inútiles o son unos aprovechados por encima de todas otras consideraciones. Ahí tenemos a algunos hijos y parientes de gerifaltes significados, verdaderamente carentes de experiencia alguna, colocados en eso dado en llamar “gabinetes” de tal o cual cargo político de cierto nivel. Ahí tenemos a ese insigne enviado a Cuba que, después de su gestión tan fructífera, ha vuelto a ser recolocado para que no se quede con una mano delante y otra detrás… Ahí tenemos al jovencísimo e insigne “espía” y conseguidor de empresarios, arrimado a concejales, directores generales y demás gentes de la cuadra política que ha campado como Pedro por su casa, protegido por su aura de “Chico bien de nuestra escuela de mandos”, que no sólo era una promesa, sino una auténtica realidad (bueno, he de reconocer que aparentemente no pertenecía a ninguno de esos gabinetes existentes).

Porque esa es otra. Cada sujeto con cargo de cierto nivel lleva aparejado, y adherido, un equipo de colaboradores (intimísimos o menos íntimos) que luego conforman el “gabinete”, sanedrín interno de ayuda y consejo al cargo al que sirven. Todos, en general, metidos ahí desde el exterior del ministerio o gobernanza y que, en principio, no conocen ni el funcionamiento del mismo. No siempre es así y sus magníficas excepciones las hay. Abundan, en esos gabinetes, periodistas que se cobran así sus servicios anteriores (y que piensan cobrarse también los posteriores); se puede explicar con lo anterior, en parte, la sumisión y parcialidad del periodismo actual.

Se monta así una estructura paralela o superpuesta que funciona al margen, o canibalizando, a la estructura administrativa profesional. Y es que la costumbre de colocar a miembros del partido (o simpatizantes) hasta en los niveles menores, lo contamina y daña todo. A la vista están los resultados. La profesionalización y especialización funcionarial debe ser tal (porque además esos niveles y grados existen) que posibilite el acceso a los niveles más altos de decisión y gestión públicas, al menos hasta director general (y deseable hasta subsecretario). Se garantizarían la sensatez y la continuidad en el desarrollo de cada ministerio o derivado en el gobierno y en cada nivel, también territorial. El gobierno de turno y sus ejecutores ministros darán las directrices ‑obviamente que pueden ser distintas según quienes manden‑ y exigirán o pedirán consejo para que se pueda ejecutar lo proyectado (y de paso se podría evitar el destrozo sistemático cada vez que se cambia de equipo). Hay gabinetes y gabinetillos hasta en las mínimas alcaldías, lo que es un despilfarro y un sin sentido.

Mas a los partidos les va muy bien la existencia de sus comisarios políticos y esto es una auténtica realidad a la que todos recurren. Y no creo tengan ninguna intención de renunciar a ello. Y el mal seguirá.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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