Un puñado de nubes, 36

29-04-2011.

Las manos de Teresa temblaban al liberar de las gomillas las esquinas de la carpeta azul. Allí dormían los recuerdos íntimos de sus padres. Había una carta que su padre le escribió a su madre sin sospechar lo que el destino les tenía preparado:

15 de febrero de 1995.

Queridísima: Los días se pasan volando porque te llevo a todas horas en el corazón. El viernes, en cuanto termine en Cajasur, cojo el coche y estoy contigo. Llegaré sobre las tres y media y nos vamos a comer. Te mando un puñao de besos. León.

—El Director me mandó a la sucursal de Mairena del Aljarafe para tratar de solucionar un problema de contabilidad. Estuve una semana.

—Lo recuerdo, papá, porque cumplía mis 18 años y porque me estaba sacando el carné de conducir y estaba impaciente para que me enseñaras a practicar la rampa con el coche en el polígono de San Pablo.

Con las esquinas arrugadas y círculos sepia, Teresa alisó la esquela mortuoria de su madre, mientras leía con el corazón entrecortado a punto de echarse a llorar.

Rogad a Dios en caridad por el alma de doña AMALIA QUESADA LEYVA, que ha fallecido en el día de hoy, a los 45 años de edad, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la bendición de Su Santidad.

D.E.P.

Su esposo LEÓN MARTÍNEZ SERRANO, sus hijos MARÍA TERESA y JUAN, sus padres, demás familiares y amigos suplican una oración por el eterno descanso de su alma y la asistencia al funeral que será oficiado en la iglesia del Colegio Porta Coeli, a las 11 de la mañana, por cuyo favor le estarán eternamente agradecidos.

Sevilla, domingo día del Señor, 20 de marzo de 1995.

Dos lágrimas rodaron por las mejillas de Teresa mientras León salía al balcón. Su hija lo siguió y ambos se estrecharon en un hondo y prolongado abrazo.

—Tu madre era guapa; guapa como la Virgen guapa de Sevilla.

Teresa recordaba a su padre en aquellos días. Era un autómata, al que llevaban y traían sin saber lo que hacía. Se quedó seco, sin una lágrima, como un muñeco, sostenido del brazo por sus hijos, uno a cada lado. No se daba cuenta de nada… Luego, bien que la lloró, en los quince años de viudo, todos los días. Siempre le sonarían en los oídos, aquel Domingo de Ramos, los gritos de los chiquillos con sus ramas de olivo en la procesión por la avenida, mientras enterraban para siempre a la mejor madre del mundo, tan llena de vida una semana antes. Te fuiste como quien va a la plaza a las diez y veinte, con el tiempo justo. Cómo nos consolaba la Virgen de la Macarena, sin hablar.

El certificado médico apuntaba la causa de la muerte: bronconeumonía aguda.

En aquella excursión con los compañeros de Cajasur al río Guadalquivir, a su paso por Los Sotos de la Albolafia (Córdoba), aprovechando que el día era realmente primaveral, Amalia y otros atrevidos se bañaron en el río, jugando con el agua. Por la tarde, al llegar a casa, León notó que Amalia tosía frecuentemente y respiraba con dificultad. El termómetro apuntaba fiebre. Por la noche, fueron a Urgencias del hospital universitario Virgen del Rocío, donde quedó ingresada. Le hicieron análisis y pruebas de todo tipo, pero la respiración seguía siendo agitada.

—Tiene los pulmones inflamados y convulsiones, todo indica que es una infección producida por gérmenes —les dijo la doctora Lara—. ¿Es fumadora? ¿Tiene antecedentes de diabetes?

La noche la pasó con débiles quejidos al respirar. Por momentos, su piel se ponía morada y el decaimiento general era evidente. Hasta que alguien cortó el volumen del sonido de la habitación y del corazón de León y en el mundo sólo se oía el silencio.

Todavía, después de ida, se la ve con sus geranios.
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