El pequeño cofre

CUENTO DE NAVIDAD
El viejo sultán regresó a palacio después de un largo y agotador viaje. Venía enfermo y fatigado. Sintiendo que estaba a punto de morir, llamó a sus tres hijos para hablarles por última vez.
‑Hijos míos, sé que mi hora final está cercana, pero muero con la alegría de entregaros el fruto de mi vida, llena de sacrificios y de esfuerzo. Si hacéis buen uso de los bienes que hoy recibís, seréis felices, ricos y poderosos. No lo olvidéis. A Ratah, mi hijo mayor, le dejo el palacio con todas sus riquezas, para que gobierne con prudencia buscando siempre la paz y el bien de nuestro pueblo. A Filah le dejo mi carroza de oro y los ocho mejores alazanes que pastan en el valle. Podrá visitar lejanos países, escalar montañas, y vivir en armonía con la tierra y el cielo. Y a ti, querido Alí, te dejo esta llave que abre el pequeño cofre de madera de cedro, que está sobre la mesa de mi alcoba. Esa es mi voluntad, aceptadla con gozo y recibid mi bendición.

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Los virus también están en el Paraíso

Premio nacional 1999 de la editorial Phytoma
Ilustraciones de Diego del Moral Martínez.
 
Prólogo, para mis amigos ajenos a la fitopatología, de un cuento sobre virus, santos y viñas
El desarrollo de un patógeno (hongos, bacterias, virus o nematodos) sobre un vegetal determina una relación biológica de parasitismo del primero sobre el segundo –enfermedad‑, que puede conducir al vegetal a la muerte. Cuando esa enfermedad, por su extensión, tiene una importancia económica grande, se define como “plaga”. Las enfermedades de los vegetales son fenómenos “ordinarios”, mientras que las plagas son “extraordinarios”, inducidos por causas excepcionales, como las climáticas, o, la mayoría de las veces, por una agricultura inadecuada.

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Siempre es Navidad

Se respiraba cierto nerviosismo en la clase. Las vacaciones se acercaban, las ventanas habían sido adornadas con motivos navideños y se ensayaban unos villancicos.
—¡Fernando! ¿Qué celebramos en la Navidad? —preguntó el maestro.
—¿En Navidad? —contestó Fernando en voz baja, mientras intentaba ocultar, bajo la mesa, las pegatinas del dulce que acababa de abrir.
Una docena de manos se alzaron rápidamente indicando que sabían la respuesta.

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Culpable inocencia

25-09-06.
Que Ricardín no era precisamente un angelito del cielo lo sabía hasta el tonto del pueblo. Bueno, ese, si he de decir la verdad, lo sabía mejor que nadie. El Jefe de la Policía Local, que también estaba al corriente de su buena conducta, creía, con absoluta certeza, que la vocación del muchacho era la de domador de piedras.
—El niño está empeñado en enseñar a volar a todas las piedras del pueblo —le dijo un día a su madre.

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El juguete de mi niño

(Un relato de Navidad, que no un cuento navideño)
Tenía que comprarle a mi nieto los juguetes antes de que se echara encima la Navidad. Se han puesto los tiempos de tal modo que, con las prisas de algunos por garantizarse que los Reyes Magos van a traerles el pedido solicitado, antes de que te des cuenta se han agotado todos los juguetes punteros.
Con el fin de conocer las ofertas destacadas de este año, mi nieto y yo disfrutamos como enanos días pasados viendo la publicidad de los juguetes más novedosos de la temporada. Monstruos de diversas y horrorosas formas y colores amenazaban desde la pequeña pantalla despertando en nosotros antiguas emociones vividas en las más espeluznantes películas de terror de los últimos años.

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