“Barcos de papel” – Capítulo 21 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Olga se va de viaje.

Era sábado, me había levantado tarde y llegué al comedor cuando todos los huéspedes ya estaban sentados; algunos andaban picoteando migajas de pan, mientras esperaban que Katia sirviera la comida.

—Mamá, que se quema el arroz —dijo desde la puerta de la cocina en un tono que no dejaba dudas de su mal humor—.

—Ya voy, ya voy… —vaya gritos tan “desagerados”—.

Entró en la cocina, sin conceder al asunto la menor importancia y, al poco rato, plantó la paella en el centro de la mesa. El aroma era delicioso. Nunca le he puesto mala cara a una paella; pero aquel día estaba como nunca. La había adornado con tiras de pimiento morrón asado, mejillones en los bordes, unas rodajas de limón, un ramillete de perejil en el centro y aceitunas negras. Los granos de arroz tenían un aspecto suelto y dorado.

No sé si acertaré a contar con detalle lo que ocurrió a continuación, porque, a ciertas edades, la memoria juega malas pasadas y te hace vivir los recuerdos de manera frenética y alterada. Estaba Balastegui terminando el plato que Katia le había servido, cuando entró Olga en el comedor y se produjo un silencio repentino. Catalina fue la primera en saludarla; le preguntó por el doctor Santamaría y, por enésima vez, le dijo que estaba muy agradecida por lo bien que se había portado durante la enfermedad de su marido. Había refrescado y Olga llevaba un abrigo largo de color beis, con botones dorados, una bufanda azul y un gorrito de lana del mismo color.

—Vengo a hacer el equipaje. Esta tarde nos vamos a un congreso de médicos. ¿Queréis que os traiga alguna cosa? Cogemos el avión a las ocho y media; a eso de las diez, llegamos a Milán y estaremos fuera hasta el sábado próximo.

En la mano, llevaba una jaula con un hámster de pelo blanco; y, al ver que todos nos fijábamos en él, levantó la jaula para que contempláramos al animalillo. Se le saltaban las lágrimas de tanto reír. Tomó de la mesa una hoja de lechuga y la metió entre los alambres. Todo en ella era risa y alegría; le brotaba del pecho como una cascada.

—Y ¿qué animal es ese? Parece una rata —preguntó Catalina—.

—Es un hámster —respondió Olga—. Un animal muy bueno y afectuoso.

—Y ¿qué comen los gánster? —se interesó Catalina—.

—Lechuga y pipas de girasol.

—¿Cómo se llama?

—Le he puesto de nombre Pajarito. ¿Qué os parece?

—¿Pajarito? —pregunté con cara de sorpresa— ¡Vaya imaginación!

—Le he puesto Pajarito porque vive en una jaula, como los pájaros. Berto, ¿querrás cuidar del hámster mientras esté de viaje?

—¿Y no muerde? —preguntó Catalina—.

Pajarito, al oírla, puso cara de inspector de Hacienda, porque los hámsteres son unos animalitos muy sensibles y reflexivos, que parecen comprender los comentarios que se hacen en su presencia.

—No muerde, Catalina; ya te digo que es muy bueno y cariñoso. Discurre más que muchas personas.

El ratoncillo parecía inquieto y asustado, olfateaba la hoja de lechuga, la cogía con las patitas delanteras y la olisqueaba con su hociquillo sonrosado. Katia no apartaba los ojos de Balastegui, que estaba embelesado, mirando a Olga.

—Si quieres, yo te lo cuido hasta que vuelvas —se ofreció el muchacho—. A mí me gustan mucho los animales.

—Tú te callas —cortó Katia con energía—, que ya me tienes harta. ¿Cuándo se ha visto que un “periquito” pueda cuidar de un hámster? ¿Eh? Lo que tienes que hacer es entrenar, a ver si pronto te ponen de titular. No seas tan delicado, ni te intereses tanto por la decoración y los animales. ¿Lo entiendes? Y a ver si no te peinas tanto y cambias de colonia de una vez.

—¿Qué le pasa a mi colonia?

—Que huele demasiado… y es sospechosa. ¡Como tú! Por cierto, ¿cuándo te renuevan el contrato? ¿Eh?

Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y dijo dirigiéndose a Olga.

—Perdona, Olga; tiene buena voluntad, pero no puede —dijo interrogando al muchacho con la mirada—. ¿Verdad?

Balastegui bajó la cabeza y no contestó.

—¿Lo ves? Ya se ha terminado la conversación.

roan82@gmail.com

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