“Barcos de papel” – Capítulo 10 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3. Olga y el doctor Santamaría.

Aceleré el paso y el Mercedes me pasó tan cerca que tuve que pegarme a la pared para que no me salpicara con los charcos de la calle. Era el mismo hombre que salió de la cafetería la mañana que la acompañé en el tranvía. No me había olvidado de él; era moreno, enjuto y maduro; lucía una ostentosa calva y unas greñas de ligón de discoteca que le caían sobre el cuello de la camisa. Apreté el paso y, en la escalera, alcancé a Olga. Al oír mis pasos, se giró y me saludó muy sonriente.

—Hola Alberto. ¿He vuelto a desvelarte? Si alguna noche te molesto, dímelo; yo, antes de dormir, necesito oír música; me relaja mucho, aunque me parece que a ti no te ocurre igual. ¿Verdad?

Me miró con aquellos ojos tan alegres, y se echó a reír. Aquellos días me levantaba a las seis de la mañana, fumaba dos paquetes de Celtas cortos, y la mayoría de las noches me iba a dormir con un montón de cafés y un perrito caliente en el estómago. Debió de parecerle que tenía muy mala cara y me preguntó.

—¿Duermes bien?

Contesté a su pregunta con otra.

—¿De dónde vienes tan arreglada?

—De un concierto. Oye, a ver cuándo me invitas otra vez al cine.

No tuve que pensar la respuesta; le contesté como por impulso.

—Cuando tú quieras. Y, ¿quién es ese señor tan calvo y tan elegante, con el que has llegado en el Mercedes?

Se echó a reír.

—¿Te parece calvo? Él dice que son entradas.

—¡Pues vaya entradas! Bueno, pero, ¿quién es?

—Es mi jefe, el doctor Santamaría.

—Pero Santamaría, además, es tío tuyo. ¿No?

—Bueno, eso quiere que diga, pero no es verdad. Es algo más que eso: paga mi pensión y me hace regalos. Esta mañana me pidió quele acompañara al concierto. Me trata muy bien y dice que soy muy inteligente.

En aquella época, yo era increíblemente ingenuo en asuntos de amoríos; por muchos esfuerzos que hubiera hecho, nunca habría imaginado que un médico fuera capaz de seducir con regalos a una muchacha.

—¿Sabes que yo también tengo un regalo para ti?

—¿De verdad? Eres un sol. ¿Qué es?

—Está en mi habitación. A ver si lo encuentras.

Subió corriendo la escalera, entró a la habitación delante de mí, abrió el armario, rebuscó entre los libros y, al final, encontró el disco en el cajón de la mesita. Lo cogió y me preguntó.

—¿Es para mí?

Al verme reír, se puso a saltar como una niña, luego levantó los brazos, me los echó alrededor del cuello y así me tuvo un buen rato.

—¿Subimos a escucharlo?

Sin dejarme responder, se llevó el dedo índice a los labios, me cogió de la mano andando de puntillas y tapándose la boca; riendo y pidiendo silencio como si jugáramos al escondite. Subimos a su habitación y cerró la puerta con cuidado.

—Estás loca. ¿Sabes qué hora es?

Me tapó la boca con las manos y me dijo al oído:

—Cállate, Berto. Desde ahora te llamaré Berto. ¿Me dejas?

Y se puso a reír, encantada del sobrenombre con el que me acababa de bautizar.

—Berto es muy bonito. ¿Te gusta? ¡Hola, Berto! ¿Verdad que suena bien? ¡Berto! ¡Ay, qué nombre tan guapo! ¿Cómo llevas los estudios? ¿Y el trabajo?

Para darme importancia, le hablé del examen de Mercantil del día siguiente y le dije una verdad a medias: que me habían subido el sueldo y que me ascenderían a principios de año.

—¿Sí? Eso es estupendo. A ver si te conviertes en un hombre importante.

—Y tú, ¿qué has hecho?

—Pues con mi jefe todo el día. Ya puedes imaginártelo.

Estaba tan contenta que, al sonreír, se le marcaban los hoyitos de las mejillas. Se peinó la melena con los dedos, se quitó las botas y el abrigo, colocó el disco en el aparato, se sentó en la cama, y dijo con resignación.

—Es una buena persona, aunque algunas veces, como aquella mañana que me llamó por teléfono, me hace llorar.

Empecé a sentir una profunda aversión por Santamaría. Me había bastado verle unos instantes para saber que era un cincuentón presumido, egoísta y amargado. Un miserable que manipulaba a una criatura en plena adolescencia. Cogí la mano de Olga y comprendí que empezaba a perder la cabeza por ella. Después de lo que acababa de decir, guardó silencio unos momentos, como si lamentara haberme hecho aquella confidencia, y yo tampoco me atreví a hacer ningún comentario. La naturaleza de los secretos es tan delicada que no conviene demostrar ansiedad por conocerlos, si no queremos violentarlos y quedarnos sin conocer la verdad. Luego se echó a reír y me dijo como si quisiera cambiar de conversación.

—¿Escuchamos el disco?

 

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