Adiós, “Jaén”. Hola, “Jaén”

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

En este artículo, Ramón Quesada vive con cierto desasosiego el futuro del periódico Jaén, como consecuencia de una de sus habituales faltas de recursos económicos. Hace una loa a la labor que viene desarrollando, desde hace casi cincuenta años, y no oculta su premonición de que, como otras veces, saldrá del atolladero, aunque sea invocando la memoria de los directores y otros benefactores que, por el rotativo provincial, han desfilado dejando jirones de su buen hacer.

El día veintiuno de este mismo mes de febrero, el Diario Jaén, el mismo que hoy también me regala a mano abierta una parte de sus páginas para que usted me lea, va a cumplir la sentencia impuesta por un histórico decreto ley: su subasta, su venta pública, después de un honesto casi medio siglo capoteando tempestades, marejadas y escarceos que no pudieron hacerle naufragar. Sobrevivió a los elementos, por ser fruto de una tripulación de hombres expertos que, a sabiendas de que su mascarón de proa enfilaba con frecuencia la interrogante y la duda, supieron, con un medio de posibilidades limitadas, realizar una perfecta travesía y dejar una estela con olor a tinta en el mar abierto de la noticia y de la colaboración literaria seleccionada.

¿Está Jaén pues, entre la vida y la muerte? Me duele decirlo, pero el futuro de Jaén es ya incierto. Su personal, línea recta de directora conserje, cuando muera, el día que cito, tendrá que buscar un puesto de trabajo en otro sitio; lejos, apartado y distinto a las mesas de redacción y a los talleres donde cada día se gestaba un nuevo nacimiento, una nueva ilusión conseguida con sudor y veteranía.

El Diario Jaén ha sido para estas tierras de historia y arte un fiel amigo. Cordón umbilical que unió a los pueblos por medio de su lectura, de su espíritu de comunicación. Hizo tradición. Esparció la palabra. Ofreció en resumen lo que tenía y lo que podía. Con la puntualidad de la salida del sol de cada mañana, y la constancia de la madre que cría a sus hijos, llegó y llevó a todos los pueblos la última noticia, la información del momento; y, como periódico serio, avezado, no escatimó esfuerzo para superarse, a pesar de la atadura que suponía ser un medio de comunicación social supeditado al Estado: a sus directrices. Su línea, su “forma de ser” y su ideal, puestos a disposición de un auditorio distinguido, le dieron presteza y lustre; esencial a la hora de saber de todo, incluso de nosotros mismos, los hombres de esta provincia única y sufrida.

Sin embargo, y pese a que Jaén no ha tenido las dimensiones, la altura de la montaña, tampoco tuvo las profundidades soterradas de la sima. Fue nada más y nada menos que colina, eminencia desde la cual creó un programa de aciertos, sin envidiar a los grandes “monstruos” repletos de dividendos y seguidores. He aquí su mérito y, de todo esto, su éxito. Labró su tierra y cuidó su propia imagen para atracar, luego, en el destino impuesto por las circunstancias. Conquistó la meta, pero sólo la que estaba colocada a mitad de carrera, que no le permitió opción al oro, a la victoria de aquellos que compiten con tesón. Por eso Jaén, desde hace tiempo, estaba abocado al silencio más severo, a la mudez más incomprendida.

Algo así como seis lustros hace que, desde José Chamorro Lozano a Luis Martínez Martínez, pasando por Pedro Morales Gómez‑Caminero en la dirección de Jaén, y en la redacción, a partir de Tomás Moreno Bravo, de mi paisano José Manuel Fernández Ruiz, con eje en Manuel Ruiz de Adana, conociera por vez primera el dulce regusto de que mis indigentes colaboraciones fueran aceptadas y difundidas. A continuación de esto, me sentí en gratitud y en deuda con todos. Y con Rafael Alcalá, veterana llave maestra que me hizo franquear la puerta, a la luz de mis inquietudes literarias. Y con redactores, con personal de imprenta, con corresponsales y hasta con vendedores, porque ellos ofrecieron mi nombre, estaré, mientras viva, dispuesto a estrechar sus manos para terminar con un emotivo abrazo de amistad.

No. Jaén no puede, como algo sin fondo, sin historia, dejar dispersos para siempre los plácemes que durante su existencia recibió. Ni los que pueden esperarle, si es continuador de unas preferencias que el ciudadano exige. Tengo, particularmente, plena confianza en que surgió una persona ‑o personas‑, una entidad o sociedad anónima, que se harán cargo de la prolongación de nuestro diario para que sus hojas no queden mudas, inanimadas, sin expresión. Apuesto por que, después del día 21, de pronto, las silentes soledades de la madrugada tendrán susurros de planchas de rotativas y traerán una nueva alborada para Jaén. Y, como creo que así será, no me despido. No fijo el final. Abro un inciso. Pongo, ilusionado, puntos…

(17‑02‑1984)

 

almagromanuel@gmail.com

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