Cambios

Como me he decidido a ser políticamente incorrecto y sigo mi tendencia de ir contra corriente, me dedicaré en las líneas siguientes a despotricar contra lo que de moda está y de lo que más se grita.

Aquí nos inventamos o sacamos de la manga, de vez en cuando, lo que se nos viene a nuestras privilegiadas (o manipuladas) cabezas y allá que nos vamos pá lante sin encomendarnos ni a dios ni a diablo alguno, meramente y como único razonamiento el que es la hora de…, o que ya toca.

Derecho a decidir, ¡magnífico invento! Razonable e impecable como concepto básico de nuestro ser humano que debe ser ejercido, cierto que lo es. Mas la cuestión estriba en el qué, el cómo y el cuándo (y, desde luego, el porqué). Y ahí que nos andamos en ello desde que nuestros queridos catalanes lo han puesto de moda, aunque ya desde los movimientos de indignación se intuía que a ello se llegaría apelando de uno u otro modo.

Como hemos estado tantos años, décadas, en los que el poder de decisión era confinado al ejercicio de unos muy pocos o, luego, ejercido vicariamente en supuesto nombre de los demás, del denominado pueblo, pues que con certeza que se echaba de menos la oportunidad de ejercerlo con más asiduidad, más amplitud y más frecuentemente.

Alguien me dirá que eso no es verdad, que se ha ejercido de una u otra forma mediante los recursos naturales, como son reuniones, convenciones, asambleas diversas… Puede…; pero cierto es que, en general, esos medios siempre han estado o muy restringidos o muy controlados. No seamos simples. ¿Es que alguien se cree que esas asambleas que se proponen como medicinas que todo lo curan, democráticamente hablando, no son manipuladas y controladas por sus convocantes…? La Historia nos ha dado demasiados ejemplos de ello en otras épocas y yo afirmo que también en las actuales. ¿Debo creerme, como un papanatas, que esas que se producen en Marinaleda no están férreamente dirigidas? Yo, en mi modesto acontecer, he asistido a asambleas (no en el citado pueblo), en las que los elementos que las reclamaban se conducían con una estrategia calculada, hasta en el detalle de situarse en los lugares perfectos del local, donde se celebrasen, para así ir bombardeando con sus intervenciones a los reunidos e incluso poder neutralizar a los que fuesen disidentes (e identificarlos). Indefectiblemente, la asamblea, que así era conducida, votaba lo que se tenía preparado y previsto, aunque a veces saltase a la vista que lo decidido podía ser perjudicial para la mayoría. Así de borregos nos conducimos, cuando los pastores son hábiles en meternos en el redil.

Ahora, queremos que todo se vuelva asambleario. Todo, en aras del susodicho derecho a decidir, en el ejercicio de nuestra libertad para opinar sobre todo lo que nos concierne. Queremos, podemos… Bueno es; pero… ¿qué queremos?, ¿qué podemos?

Perdidos conceptualmente, no sabemos ya si antes fue el huevo o la gallina; si transición o ruptura (viejo dilema); si monarquía o república (viejísimo); o si tirarnos al metro o a la taquillera (bueno, esto último ya es difícil, no quedan taquilleras, pues no hay taquillas ya en el metro). El derecho a decidir de los periféricos (sutil forma de definir a los catalanes y vascos, e incluimos ya a los gallegos) es únicamente derecho a dejarlos hacer los que les venga en gana, sin contar con el nuestro. Que hay derechos de uso para unos; y para otros, no.

Referendos al alimón, ahora para esto y mañana para lo otro, ¿por qué no? ¡Ya puestos…!

No se ocurre pensar que hay que tener muy claritas las ideas, las posibilidades de llevarlas a cabo, las fuerzas con las que se puede contar y el beneficio que de ellas se deriven, una vez aplicadas, para irse a plantearlas, proponerlas al pueblo y explicárselas, no mediante asambleas más o menos precarias, más o menos numerosas, más o menos tumultuarias, sino haciendo una labor incómoda de propaganda, difusión y pedagogía, algo alargada en el tiempo. De la noche a la mañana, no se pierden unas banderas para sustituirlas por otras; y quienes ello creen, ya viven en una burbuja alejada de la cierta realidad.

La realidad es la que se vive y no la que se sueña.

Los cambios, muy necesarios y necesariamente radicales, han de llegar de la mano de las mayorías ideológicas y ciudadanas. Quienes laboren, por ellos, deben trabajar para llegar a esa mayoría y desde ahí trazarlos y aplicarlos. Los votos (ya puse, «Una persona, un voto secreto») dan el poder y la legitimidad de su ejercicio, siempre que sea acorde con lo que se prometió para alcanzarlo. Y ese es el camino. Andarlo, aunque nos guste poco; pero, en el mismo y desde ahí arreglarlo, no quedarnos sin camino. No vayamos a lo del diecinueve, con más constituciones que años, todas apenas funcionaron. Tenemos una, ya obsoleta, a la que podemos cambiarle piezas o cambiarla entera, según las ganas y la fuerza para ello; lo que no se puede hacer es dejar que el camino, como las carreteras españolas, como las calles de mi pueblo, se haga polvo e intransitable por no echarle un remiendo. «Dios proveerá», dice el Evangelio. Hasta ahí llegamos.

Se abalanzan oportunidades inmejorables para iniciar los cambios. Empecemos.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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