19. Noches trágicas

Y llegó el 10 de agosto en que, gracias a que me encontraba mejor, pude levantarme ‑aunque tambaleante y sin apenas poder mantenerme en pie…‑. Como acudía mucha gente al hospital (de visita o a curarse), en cuanto nos veían no hacían más que proferirnos insultos o amenazas; por lo que tomamos la determinación de dormir de día y levantarnos de noche, siempre acompañados del guardia miliciano, más suavizado por entonces.

Nuestras conversaciones versaban sobre temas tristes de nuestra ciudad, que llegaban a nosotros con todo detalle: a quién le habían dado el “paseo” la noche anterior (los rojos sacaban, nocturnamente en sus coches, a inocentes víctimas para matarlos a las afueras de Úbeda…); a por quiénes irían esa noche o a quiénes estarían rematando… Se nos llenaba el alma de pena y los ojos de lágrimas al mirar a la Luna y pensar en otras regiones del mundo donde no se estaba produciendo la realidad sangrienta que estábamos viviendo en nuestro entorno. ¡Qué tristes noches…!

Como los “paseos” iban en aumento, temimos que en cualquier momento viniesen a por nosotros, que ese era el plan de ellos. En uno de aquellos paseos nocturnos, observamos que Alejandro Moraga conversaba quedamente con la Superiora y que se callaban cuando nos acercábamos; por lo que presentimos que estaban hablando de nosotros. Este socialista nos fue tomando mucha voluntad y, como se había enterado de que cualquier noche irían a darnos el “paseíto”, quería evitarlo… Por eso se marchó a la una de la madrugada, prometiéndonos volver en una hora; pero tardó más. Ignoramos si salió para no estar presente o para poner los medios oportunos para que aquél no se produjese… Él nos dijo que había estado solamente acompañando al alcalde. Lo cierto es que aquella noche, al ser tarde, ya no pudieron ‑los criminales‑ ir a darnos el “paseíto” y pensaron dejarlo para la noche siguiente; pero, al enterarse, el comandante militar de la plaza ordenó que no se abriera el hospital a nadie sin que él estuviese presente.

Así, esa segunda noche, a las dos, llamaron a la puerta y, habiendo llamado telefónicamente al comandante para que nos comprobase que se trataba de un enfermo urgente ‑al que operaron de una hernia‑, pudo entrar. Gracias a estas estrictas órdenes, pudimos pasar las noches más tranquilos, hasta que nos cambiaron el guardia conocido por otros de turno, que nos amargaron las conversaciones y paseos con sus disparates y amenazas. Una noche, al acostarme más temprano que otras veces, fui testigo de una cobarde y sacrílega hazaña: dos bandidos (un miliciano y un enfermero) cogieron la imagen de la Virgen Milagrosa que presidía la sala y la arrojaron desde los corredores al patio… Después, entraron nuevamente para comprobar si alguien los había visto. Yo hice como que me despertaba en ese momento y ellos se retiraron murmurando… Ya no pude conciliar el sueño en toda la noche; la pasé rezando y con tristeza, albergando funestos pensamientos… ¡Cuántas veces pensé que lo mismo podía hacer con nosotros este bárbaro miliciano…! Pero parece que se asustó y lo que hizo fue hacer desaparecer los restos de la Virgen Milagrosa. Solamente se pudo encontrar una mano. ¡Insensatos y sacrílegos cobardes!, ¿por qué queréis destruir su bendita imagen…?

Úbeda, 9 de febrero de 2013.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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