3, y 6

22-06-2012.

Llegando a San Pedro de la Cueva, Patrocinio Juárez se encontró con dos arrieros: uno iba delante con una reata de dos mulos y un burro, y otro, detrás, tiraba de una mula cobriza cargada de telas y cacharros. El camino era estrecho y se despedía a la izquierda en un hondón que llegaba al fondo de una garganta. Se colocó a la par del último. Era un hombre oscuro, espingardo y con ojos tartamudos. Cruzaron pocas palabras, pero al arriero no se le fue la vista a otro lugar que al cinto de los calzones del muchacho y adivinó que entre las faldas de la camisa escondía un cuchillo.

—Eh, muchacho, agarra —le dijo el arriero después de andar un trecho en silencio, y le tendió la mano que encerraba varios pesos—.

—¿A qué tú me regalas? —quiso saber Patrocinio Juárez—.
—Es paga, no regalo —concretó—.

El arriero le señaló con un gesto de la cabeza al compañero que arrumbaba delante y luego le tentó por fuera el cuchillo.

—No vale mi cuchillo estos dineros —replicó Patrocinio—.

—Nomás me jalas a ese —volvió a señalar, con la barbilla, al primer arriero del que solo se veían su espalda estrecha y sus piernas fuertes—.

Fue la primera vez que hundió su cuchillo en el cuerpo de un hombre. Dio una sola cuchillada. La hoja entró suavemente entre las costillas y sintió en su puño, que insistía en enterrarla más, un borbotón de sangre. El hombre se dobló, soltó el ronzal que guiaba a la reata y cayó. Patrocinio Juárez sacó el chuchillo casi limpio. No le vio la cara. No sintió miedo.

Llegó hasta allí el arriero, que desde atrás había seguido el ataque, y le puso a Patrocinio la mano en el hombro, lo palmeó en reconocimiento del buen trabajo y, a patadas, llevó el cuerpo vencido del acuchillado hasta el borde de la hondonada y lo arrojó. Los dos lo oyeron caer tronchando con su peso algunos matorrales.

Patrocinio limpió sus manos en las ramas de un arbusto, se guardó los pesos y ocultó su cuchillo. El arriero siguió adelante con la carga y las bestias, y él volvió sobre sus pasos. Aguardó a que se hiciera noche cerrada. Buscó un regato, lavó sus manos, su camisa y la hoja del cuchillo. Oculto en el hueco de unas rocas, hizo una fogata para calentarse, secar la ropa y ahuyentar las alimañas. Después de aquello, no sintió culpa alguna y anduvo dos días y dos noches erradío por caminos escarpados y ocultos. Su corazón se endureció un poco más. Definitivamente, había llegado demasiado pronto a ser un hombre. No, no fue por las noches con la viuda doña Purita: fue en el momento en que hundió su cuchillo en el costado de aquel arriero del que ni vio su rostro ni supo su nombre. Tampoco el de su pagador. Le pareció que siempre habría en alguna parte alguien que, con un puñado de pesos, señalara con el dedo y dijera: «A ese»; y alguien que, agarrando el dinero con una mano, con un cuchillo en la otra cumpliera la orden.

Hasta otros cinco hombres mandó ante Dios Patrocinio Juárez, antes de cumplir los diecisiete años. A unos por encargo y a otros por cuenta propia, para salvar su propio pellejo. Al único que mató por la espalda fue al arriero. A los otros, él no les hundió el cuchillo nomás por nomás. Él los miraba a la cara para ver de qué tamaño era su miedo. Solo aquel, a las afueras de Cholita, se le revolvió y lo ensartó por el costado hasta el sobaco. No entró muy dentro la hoja, pero lo tuvo en tientos de morir. Fue el único que le dejó un recuerdo.

Un cuchillero no podía permitirse ser impresionable, nervioso o inseguro. No debía parecer ofuscado ni irritable. Afortunadamente, los acuchillados no podían hacerle preguntas: se morían dentro del silencio rojo de su sangre.

Comprendió que algunos acuchillaban por el placer de rajar, de sentir cómo la hoja entra hasta el puño en las partes blandas de la barriga o se cuela entre las costillas y mana la sangre gorda y corre entre los dedos y se cuela por las uñas hasta que se seca; otros lo hacen porque en algún momento les nace en la cabeza un nublo oscuro y los sesos se les quedan como una corchera, se le desorienta la razón entre los nubarrones y entonces los ojos se les cubren de sangre, las manos no obedecen a la voluntad del hombre y el cuchillo no conoce razón, pero sí desatino. Él conoció a cuchilleros que se deleitaban al ver al otro doblarse como una brazada de avena con la mano puesta en la boca de la herida para tapar la puerta a la muerte, clavar la rodilla en el suelo y caer, por fin, de plomo, con los ojos vidriados y vueltos al vacío. Y luego, sin más, el cuchillero vuelve a su ser, siente cómo arde el matorral de su pecho y con parsimonia limpia la sangre áspera, que queda en la hoja del cuchillo y en el faldón de su camisa.

Hay acuchillados que, a pesar de la herida, se mantienen en pie y, por orgullo o coraje, se alejan para morir ocultos a los ojos del matón.

Tuvo tratos con cuchilleros que repartían la muerte como quien da cartas en una partida.

A Patrocinio Juárez le chafaron la nariz en una cantina de Villa Hidalgo, adonde había ido a tomar con Berenguela Expósito, la “Guapa”, en la fiesta de san Pedro y san Pablo. Uno más arriba, uno más abajo, Patrocinio Juárez vendría ya a tener cumplidos los veinte años. Se llegó un hombre grande y compuesto, con los zapatos negros bien lustrosos, a cortejar a la “Guapa”. Patrocinio Juárez echó mano al cuchillo, que llevaba escondido dentro de la camisa y apretado por el cinto, y se enfrentó:

—Arrebátame el aire y te despellejo —dijo nomás al soplón que quería levantarle a la “Guapa”—.

Pero el puño de aquel hombre se estrelló como una roca contra su cara. Patrocinio Juárez sintió cómo le bailaban los huesos de la nariz molidos por aquel puño y vio cómo le manaba una sangre tan abundante que le manchó de pleno la pechera de su camisa blanca. Berenguela Expósito, la “Guapa”, se alejó del brazo del hombre de los zapatos lustrados.

A partir de ese día, todos dieron en llamarle el chato Patrocinio. Y muchas noches, entre reyertas, borracheras, puñadas y lances de cuchillos, acababa extenuado en cualquier rincón, establo o tejavana; con la cabeza llena de alfileres que le agujereaban las sienes. Era el comienzo de un camino angustiado: el de los sueños vacíos que le producía la migraña. A los dolores y los terrores se unían las pesadillas, en las que siempre había un cuchillo con la hoja violenta y el filo ensangrentado, un muerto sin rostro, un pecho de monja, sajado como una manzana del paraíso, que manaba leche de durazno, una cabeza rapada con una corona de espinas y unos zapatos negros bien lustrados.

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